Capital erótico. El poder de fascinar a los demás

Título: Capital erótico: El poder de fascinar a los demás

Autor: Catherine Hakim. Doctora en Sociología y profesora en la London School of Economics. Como experta internacional en empleo femenino y políticas sociales y familiares, colabora con frecuencia en distintos medios de comunicación. Ha publicado más de cien artículos académicos y varios manuales.

Editorial: Debate

Año de publicación: 2012

Número de páginas: 360

Hay libros que despiertan ternura en las almas más rocosas, los hay que nos roban sonrisas e incluso alguna carcajada. Luego hay otros que nos hacen temblar de terror y nos obligan a encender la luz para asegurarnos de que ese abrigo que cuelgas detrás de la puerta no se ha convertido de repente en un espantapájaros asesino. También los hay que revelan esa faceta sensible que provoca que se nos hinchen los ojos como presas a punto de reventar, que nuestra piel tome un color rojizo y que nos sorbamos los mocos de una manera ciertamente poco atractiva.

Pero luego hay libros realmente mágicos que te redescubren una porción del mundo, como si antes lo hubieras estado observando a través de un cristal fragmentado y ahora vieras un reflejo más fiel a la realidad. Nos hacen sentir como si estuviéramos en poder de un recipiente de sabiduría y conocimiento ancestral. Es el caso de Capital erótico. Cuando lo leí despertó en mí un ansia irrefrenable de saber más. Es lo que sucede con los libros controvertidos. Si os interesa ahondar en una temática que suelen rehuir muchas facciones feministas, este es vuestro libro.

La guerra de sexos se libra parcialmente en terreno sexual y también, por lo tanto, en el capital erótico —que aúna belleza, elegancia física, estilo al vestir, gracia y encanto—, y el valor que le asignan ellos y ellas. Ni los hombres patriarcales ni las feministas se cansan de presentar, cuestionar y debatir reglas para regular la explotación de dicho capital, sin llegar nunca a conclusiones claras y abundando las tergiversaciones y los discursos ilógicos, ya que, como apunta Catherine Hakim, “no existe un equilibrio entre los intereses masculino y femenino en cuestiones de capital erótico y sexualidad”

La autora brinda una perspectiva que arroja luz sobre todos los aspectos de las relaciones. El punto de partida es que el capital erótico, mayor en las mujeres, supone una ventaja para el colectivo femenino que, reforzada por el déficit sexual masculino, de ser explotada, facilitaría el éxito de la mujer tanto en la esfera privada como en la pública. 

Es innegable que la belleza y el atractivo predisponen positivamente, y este capital erótico es, según Hakim, junto con el capital económico, el capital cultural y el capital social, un cuarto activo personal que debería valorarse. El atractivo sexual, especialmente la belleza femenina, es una creación, un arte que es posible aprender y que aporta muchos beneficios. Sin embargo, aunque el atractivo sexual y la belleza son ventajosos, no son esenciales cuando se dispone de carisma, y es que este se alimenta de la personalidad, la habilidad social, la vitalidad y la imagen pública, elementos del capital erótico. El atractivo es, por lo tanto, una baza suplementaria.

La autora afirma que el sexo puramente hedonista es practicado por muy pocas mujeres, mientras que sigue figurando entre las preferencias de una parte considerable de la población masculina y, al contrario de las proclamas feministas, no tiene tanto que ver con una imposición social del patriarcado como con un mercado heterosexual dominado por niveles desiguales de deseo. De hecho, una de las causas de la demanda masculina permanente de ocio erótico es que las mujeres tienen una libido más baja que los hombres. Para el sector femenino, generalmente, el sexo no reviste tanta importancia. 

Hakim sostiene que tanto científicos sociales como teóricos e intelectuales han ignorado dicho capital a lo largo de la historia porque, en resumidas cuentas, la mayoría de ellos eran hombres, por lo que les conviene menospreciar e ignorar un capital que está principalmente en manos femeninas. Esto demuestra que el sesgo patriarcal de las ciencias sociales es una prolongación de la hegemonía masculina en el conjunto de la sociedad. Al final, el arma más potente y eficaz a la que han recurrido los hombres para limitar el uso femenino del capital erótico es la estigmatización de las mujeres que venden servicios sexuales. 

Lo cierto es, contradice Hakim, que la monogamia y la exclusividad sexual no tienen nada de naturales, pues imponen la democracia sexual. Gran parte de la cultura, de los valores y de las costumbres sociales giran en torno al objetivo de garantizar el acceso sexual de los hombres a las mujeres en términos favorables a ellos. La pornografia, por lo general, está hecha por y para los hombres, y representa un mundo utópico en el que las mujeres disfrutan tanto el sexo como ellos, y son, además de predispuestas, jóvenes, sexys y atractivas. 

De esta manera, la ventaja negociadora de las mujeres ha sido suprimida por el colectivo masculino, al etiquetar el bajo deseo sexual femenino como una disfunción sexual y un problema médico. Así, el problema pasa de los hombres a las mujeres. El gremio de terapeutas sexuales, aunque formado también por mujeres, somete al colectivo femenino a una nueva presión para que se adecue a las preferencias masculinas. El resultado: las mujeres convertidas en chivos expiatorios del déficit sexual masculino. 

Hakim sostiene que el fracaso de la teoría feminista radica en que se ha mostrado incapaz de desligarse de la perspectiva patriarcal, estableciendo una dicotomía falsa que se extiende a los valores capitalistas meritocráticos del mundo occidental: o se valora a las mujeres por su capital humano o por su capital erótico. El máximo error del movimiento ha sido, en cierto modo, decir a las mujeres que carecen de poder y que son víctimas, inevitablemente y a perpetuidad, de la dominación masculina, lo cual no tarda en convertirse en una profecía autocumplida que incita a las mujeres jóvenes a creer que la partida está cantada y que no hay posibilidad de ganarla. La autora, por su parte, alienta a las mujeres a entender que la sexualidad y el capital erótico pueden ser fuentes de poder femenino.

Parece probable que alguna parte de esa brecha salarial entre hombres y mujeres que aún no ha sido explicada se deba a no saber recompensar el capital erótico de las mujeres en el mismo grado que el de los hombres. Lejos de ilegalizar cualquier reconocimiento y compensación  del atractivo, Hakim incide en que lo injusto es la falta de compensación equivalente para las mujeres. Consecuencia lógica de esto sería la despenalización y desestigmatización del comercio sexual y de todos los tipos de ocio erótico. 

En suma, la autora dice que ya va siendo hora de prescindir de la moralidad patriarcal y puritana que hay bajo esas leyes y políticas sexuales que siempre parecen inhibir las actividades femeninas, a la vez que dan libertad a los hombres para maximizar sus beneficios y fomentar sus intereses. Las mujeres tienen que aprender a pedir mejores condiciones, tanto en la vida pública como en la privada. Reconocer el capital social y económico del capital erótico puede desempeñar un gran papel en estas renegociaciones. 

Con una prosa ágil libre de redundancias, Hakim teje un discurso innovador y de poderosa argumentación que no dejará indiferente al lector.

5/5

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