José Manuel Ferrater, base y vanguardia de la fotografía de moda en España

Reportaje

De la rompedora década de los setenta a la era millenial, el genio creativo subyugado a las restricciones editoriales en boga

Blanca López Fiñaga

9 DIC 2020

“Jamás me he considerado un artista, sino un trabajador de la industria de la moda”. Así nos lo advierte José Manuel Ferrater (1948, Barcelona), antes de rebobinar hasta la década de los 50 para dar inicio a la historia de su vida. Historia que cuando responde a nuestra llamada está plasmando sobre el papel en un escrito autobiográfico, con Casablanca de fondo y cigarro en mano. Ha visto la película cantidad de veces, pero este icono septuagenario es, además de uno de los faros de la fotografía de moda en España, un amante del cine y la literatura. 

Creador poliédrico, ha compaginado su actividad fotográfica y de director de fashion films con la de pintor, poeta y escultor. Durante su niñez y su adolescencia, Ferrater pasó largas temporadas de soledad y retiro en el bosque, refugiándose en la libertad del monte. “Yo era un niño bastante perdido pero siempre he sido un buscador nato, un adicto a sentir”, incide. A lo largo de su juventud, se nutrió del imaginario de los libros. ‘El corazón de las tinieblas’, de Joseph Conrad, le adentró en la gran literatura y marcó una etapa de descubrimiento personal. A estas influencias tempranas se añade su etapa formativa en Eina (Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona), que coincidió con la revolución contracultural. Este movimiento tiñó esos años de un profundo sentido libertario del que, según el fotógrafo, solo quedan cenizas. Ese alejamiento de los convencionalismos de la época se unió a una actitud desafiante y quebrantadora que José Manuel Ferrater imprimió en su obra. “Era un rebelde, pero un rebelde pausado”, explica. Al mismo tiempo, era un dandi, un fashion victim

“En el año 68 cambié la escopeta por la cámara. Había una persecución, un arma que era la cámara, una óptica; apuntaba, disparaba y había una víctima. Me gustaba que la fotografía de moda fuera un arte aplicado que muere cuando se publica”. Esa visión dio lugar a una fotografía transgresora, oscura, irónica y sensual que le hizo despuntar en la década de los ochenta en una sociedad acostumbrada a “chicas con pamela y vestido blanco corriendo por campos de amapolas”. José Manuel Ferrater narra como Stephanie Huber, directora de moda junto al diseñador francés Claude Montana, reaccionó al ver sus fotos: “Me acarició la frente, me dibujó una cruz, me preguntó de dónde había salido y me dijo que eran acojonantes”. 

Sin embargo, el salto providencial que le permitió convertirse en un baluarte atemporal de la fotografía de moda se dio cuando conoció al matrimonio formado por Gisella Borioli y Flavio Lucchini, dueños de Donna y Mondo Uomo. En un contexto en el que la moda en París había quedado apolillada por completo, Milán se erigía como la nueva cuna de la moda con el resurgir de diseñadores como Armani, Versace o Gianfranco Ferrer; un renacer de la industria en Italia que propició el éxito de las dos revistas dirigidas por la pareja. 

José Manuel Ferrater ofrecía una conferencia en la universidad de Bellas Artes cuando un amigo le hizo salir y le ordenó lo siguiente: ‘Di que se te ha muerto el perro, tu madre, el canario, lo que sea, pero vete a casa y coge tu book. Tienes una cita en una hora con la mujer más importante de la moda en estos momentos’. José Manuel hizo lo propio. Cogió una caja Kodak amarilla que contenía cuarenta fotos y se dirigió al Salón Rosa, uno de los establecimientos más elegantes de Paseo de Gracia hasta que se convirtió en un fantasma más de la Ciudad Condal en 1974. En el corazón del restaurante le esperaba Gisella Borioli.

A veces se suceden una concatenación de acontecimientos que marcan el rumbo de nuestra vida y cuando echamos la vista atrás nos cuestionamos si el destino estaba escrito en cada huella, incluso cuando acabábamos de empezar a andar. Esto lo sabe bien José Manuel. Dos días después de su curioso encuentro con Borioli, una llamada de Milán le urgió a enviar sus fotografías, justo cuando el entonces joven fotógrafo se disponía a marchar de vacaciones de Semana Santa. Con esa actitud casi despreocupada que lo caracteriza, le pasó el encargo a su madre y salió por la puerta maleta en mano. “Cuando volví, en el contestador telefónico tenía 15 llamadas. En la primera solo decían que querían verme, en la tercera ya estaban histéricos porque no llamaba y al final me encargaban directamente varios temas editoriales”. No se lo pensó demasiado: José Manuel cogió el coche, porque entonces no tenía a los aviones en gran estima, y partió hacia la capital de Lombardía. Flavio Lucchini le recibió en una enorme sala de juntas, alabó sus fotografías y le encargó cinco reportajes más para Mondo Uomo. Las huellas de José Manuel cada vez se hacían más profundas.

De esta manera, el fotógrafo empezó a viajar de forma regular entre ciudades como Barcelona, Milán, París, Londres, Nueva York y Berlín, publicando sus fotografías en revistas internacionales como Glamour, Harper’s Bazaar, Arena o Vogue. Su prestigio le permitió trabajar con modelos de la talla de Naomi Campbell, Cindy Crawford, Claudia Schiffer, Monica Bellucci o Laetitia Casta, entre otras personalidades de la época. 

José Manuel Ferrater con Naomi Campbell tras un rodaje

De la contracultura al stablishment: La era de la digitalización

“Si volviera a nacer, ahora no sería fotógrafo”, afirma contundente José Manuel Ferrater, que opina que la fotografía de moda es un cadáver en comparación a lo que fue durante sus 52 años de actividad. “Supongo que también es la reacción normal de un viejo”, apunta. No sabremos si el humo del cigarro le nubló el juicio, provocando que si en algún momento hubiera existido algún resquicio de duda, esta se evaporara entre calada y calada, o si el cariz de la conversación y su voz serena al otro lado del teléfono confirieron un tono profético a la sentencia, pero lo cierto es que el José Manuel no es el único que predice una pronta muerte del papel. Coincide en parte el fotógrafo contemporáneo Assiah Alcázar. Este sureño afincado en Madrid relega a las revistas a la categoría de reliquia: “el papel no está muerto, pero sí es algo así como el vinilo; sigue ahí, pero es para unos pocos”.

Una crónica de El País de 2009 dice así: “Lo sabe todo el mundo: el papel está acabado. Ha empezado afectando a la prensa, como todas las cosas malas, pero no se frenará aquí: un día de estos, hasta las servilletas serán digitales, cambiarán el estampado a voluntad y serán autolavables. Esto último aún no está confirmado, pero todo se andará”. Once años después, las servilletas aún no cambian de estampado a voluntad, pero la digitalización se ha extendido a todos los sectores; las redes sociales se han convertido en la mejor plataforma para sobresalir en un mundo donde todo está interconectado. En este contexto, Assiah Alcázar señala que, actualmente, el 90% del trabajo de un fotógrafo es darse a conocer. 

“Antes había pocos fotógrafos que cobraban muy bien y ahora hay miles de millones y lo habitual es publicar gratis”, advierte. Reafirmando estas palabras, Ferrater explica que, en su época, los fotógrafos eran tratados como estrellas del rock: “En Nueva York me obligaban a ir en Concorde para que no llegara cansado. Íbamos a las localizaciones en helicóptero, las limusinas que me enviaban eran de siete metros… Dudo que haya ahora un fotógrafo en España que pueda hacerse un patrimonio de entrada como el mío, que viva como yo he vivido”.

Además, haciendo alusión a la libertad editorial, Ferrater incide en que “ahora la revista tiene unos códigos, un sello particular al que se adaptan los fotógrafos”. Este agitador empedernido recuerda con nostalgia un titular que circulaba en los medios, y que define el espíritu provocador que imperaba en la época: ‘Tú encárgale a Ferrater lo que quieras, que él hará lo que le dé la gana’. 

Sin embargo, ya no quedan ni los vestigios de la época setentera. Alberto Van Stokkum, con una experiencia sólida a sus espaldas tras haber colaborado con Vogue, Rolling Stone, Desigual o Levi ‘s, comenta que cuando más disfruta es cuando tiene un proyecto personal, “porque no hay ningún tipo de restricción o mandato”. A pesar de ello, este fotógrafo y cineasta mallorquín, que se define partidario del menos es más, se queda in albis cuando le preguntas por algo que deteste de su profesión. En línea a su afirmación anterior también se ha pronunciado Carlos Moreno, en cuya lista de clientes aparece Carolina Herrera, Massimo Dutti, Oysho, Desigual, Vogue, Harper’s Bazaar o Vanidad: “Siempre tenemos que estar en debate entre aquello que queremos hacer nosotros y aquello que exige el cliente. No somos fotógrafos artistas”

“Si yo creo que he podido tener un mínimo éxito es por la cantidad de veces que he dicho que no. Ahora se contrata el talento para doblegarlo”, resume José Manuel Ferrater.

Las redes sociales, un nuevo paradigma

La digitalización ha supuesto un cambio drástico en el estilo de vida de los fotógrafos. “Cuando una fotografía está impresa, se intenta hacer un tipo de imagen que prevalezca durante más tiempo. En el online, al fin y al cabo, cuando estamos mirando Instagram o una página web, vamos haciendo scroll y vemos las imágenes en cuestión de segundos”, explica Carlos Moreno, que declara que el 75% de sus trabajos provienen de las redes sociales. Alberto Van Stokkum agrega que “cada vez se valora menos la calidad del trabajo entregado porque las marcas demandan muchísima cantidad de material para poder surtir todas sus redes y sus seguidores”, y es que se consumen imágenes y vídeos a una velocidad vertiginosa. 

César Segarra, otro fotógrafo de gran repercusión internacional, es consciente de los peligros que entraña Internet y advierte la importancia de ser críticos como creadores pero también como consumidores de imágenes: “Internet está tan integrado en nosotros como individuos que muchas veces nos dejamos llevar por la cultura de los likes y del who is who”. 

Otro aspecto peligroso de la sobreestimulación de la red es que dificulta el desarrollo de la esencia creativa de los creadores de contenido audiovisual, según Adriana Roslin: “Hay procesos experimentales pero son copias constantemente de lo que hacen otros artistas”. Esta joven promesa de talento perseverante acumula más de 55 mil seguidores en Instagram. Con su obra, ha retratado un nuevo paradigma avant-garde a través de personalidades de la escena como J Balvin o Bad Gyal y universos oníricos para firmas como Loewe.

José Manuel Ferrater también nota la pérdida de la capacidad de abstracción que proporciona el libro en el cine y en la música: “Leer es más difícil que mirar. Te obliga a imaginar. Si en algún momento mi fotografía ha tenido algún valor ha sido porque, ya buenas o malas, las fotografías han sido absolutamente mías”. 

Como dice el estilista madrileño Arturo Argüelles, “la moda es como cine mudo”, y cada uno se monta su propia película. Cuando le preguntas al estilista José Juan Rodríguez —o solo José Juan, pues dentro del gremio, comenta, evitan los apellidos— qué es la moda, se acuerda de Carine Roitfeld, antigua redactora jefe de Vogue París, que en un viaje de París a Milán subió al avión vestida con un suéter negro, un pantalón de chándal del mismo color y unas gafas de sol. Cuando llegó a su destino, se metió en el baño, se embutió en una falda de tubo, se calzó unos tacones, se pintó los ojos y se encaminó a una reunión.

El tándem de estilistas José Juan Rodríguez y Paco Casado

Si la moda o la fotografía de moda son un arte o no, también está abierto a discusión. Para terminar con quien nos ha acompañado hasta aquí, dice Ferrater así: “Si mi creación es una obra de arte, que hay un intento, no solamente con mi fotografía sino con la pintura, la escultura y la poesía, es el conjunto de toda esa obra; es indisociable”. “Es incierto por qué alguien hace arte —continúa—. Uno hace lo que quiere, explica cómo se siente o cómo ve el mundo, en todo caso”. Lo decía Cortázar: “Cuando yo escribo, construyo puentes, y no hay nada más desolador que un puente vacío”.


En la noche imaginada 
disparé el retrato de luz enrarecida 
perfil desorientado 
sometido a la presión del aire al que renuncias 
sin escudo 
bajo contraste 
aquel retrato oscuro de lamento y odio 
lleno de paciencia 
castigado por la cuerda 
silueta abandonada en el pasillo 

J. M. Ferrater

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