De la cúpula de Franco a la farándula de París: la increíble vida de Manuel de Lámbarri

Reportaje

El incomprendido pintor vasco fue el primer dibujante de Vogue París

Manuel de Lámbarri es uno de tantos grandes creadores del siglo XX cuya obra fue ensombrecida e incomprendida por sus coetáneos. Una personalidad poliédrica y por encima de todo creativa, que no fue reconocida en su justa medida por no seguir las tendencias artísticas de la época. A este esbozo del artista se le añade un vínculo estrecho con Francisco Franco, a quien sirvió como Jefe del Servicio de Prensa Extranjera, aunque Lámbarri nunca estuvo interesado en el arte de la guerra.

El ambiguo pintor nació en Burgos el 6 de enero de 1891, aunque su apellido procede de la más pura estirpe vasca, de los Lámbarri del vizcaíno valle de Gordejuela. Se podría aplicar al artista lo que el historiador y crítico de arte Manuel Llano Gorostiza dijo en el Museo San Telmo de San Sebastián, en 1972, al introducir la exposición 50 años de pintura vasca: “aunque los pintores vascos no llegaron a formar escuela, al menos se destacaron por vivir, en su mayoría, al margen de la pintura oficial de su época, con su quehacer mucho más cercano a los talleres parisienses que al arbitrario juego escalafonal de las primeras, segundas y terceras medallas, tan característico en la pintura de la capital de España”.

Fotografía de Lámbarri. Cedida por José Manuel Ferrater.

El aislamiento del pintor

Esta peculiar forma de ser explica muchas cosas, como su formación parisina y su ausencia del mundo oficial del arte. En París entabló amistad con muchos españoles que después serían famosos, como Buñuel, Solana, Salvador Dalí o Miró, entre otros. Sin embargo, el artista pronto se desmarcó de esta quinta, haciendo que su obra no alcanzase tanta difusión. 

A pesar de ser alabado por la crítica, su carácter solitario y su fuerte temperamento le cosecharían con el tiempo la enemistad de los críticos. Esto le sucedería con Manuel Sánchez Camargo, a quien escribiría una carta llena de reproche que terminaría así: “Creo que lo que hay en mis cuadros de pasión, poesía y densidad, no ha sido recibido por ninguno. No le culpo a Ud. ni culpo a nadie, es la eterna historia de los juicios de arte; es ley de vida”.

El crítico de arte Ramón Torres Martín escribió que “la obra de Lámbarri es un reflejo de su alma entristecida y apartada del mundo”. Describió al artista como “un ser que, a parte de su familia, encontró la razón fundamental de su vida en la gran aventura de la creación artística”. Torres, que también es Miembro correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la Asociación Española de Críticos de Arte, es autor del volumen ‘La pintura de Lámbarri’, donde se recoge gran parte de la vida del pintor. Conoció a Lámbarri al final de su vida, cuando su salud ya se resintía. “Su mente, no obstante, era clara y brillante, y su corazón albergaba la gran calidad humana de su ser”, escribe al inicio. 

De Toledo a Zaragoza, sede del ejército de tierra español

José Manuel Ferrater, el nieto del pintor, es la viva imagen de su abuelo, tanto en lo físico como en sus inquietudes artísticas. Este prestigioso fotógrafo de moda a nivel internacional cuenta que la etapa militar de Lámbarri fue circunstancial: “Él nació artista y no le importaba la armada”. 

José Manuel Ferrater en su casa, rodeado de los cuadros de su abuelo.

Lámbarri ingresó en la Academia militar de Toledo en 1910 para, siguiendo la tradición familiar y en gran parte por imposición paterna, abrazar la carrera de las armas. Cuando su padre falleció, él se hizo cargo de sus hermanos. Así partió a las Islas Chafarinas, situadas frente a la costa de Marruecos. “Al irse fuera de la península cobraba un sueldo mejor y podía alimentar a sus hermanos; tenía una responsabilidad, pero en cuanto pudo dejó el ejército”, explica Ferrater.

En 1921, Lámbarri se trasladó a Zaragoza, donde conoció a su mujer, Pilar Pardina, hija de los propietarios del piso que el artista alquiló en el Paseo Sagasta. En cuanto salía del cuartel, Lámbarri solía juntarse en el bar con un grupo de artistas y escritores que, entre argumentos y contraargumentos, bebían una copa tras otra. Ferrater recuerda la historia que su abuela tantas veces le contó: “Ella iba todos los domingos a la misa de las ocho por un hermano suyo que se había suicidado. En la escalera del edificio, él borracho y ella con una carabina, se conocieron y se enamoraron”. Fruto de su matrimonio nacería en 1924 la pequeña May, futura madre de José Manuel y Carlos, su hermano mayor.

Pilar Pardina Pardina, esposa de Lámbarri. Fotografía cedida por José Manuel Ferrater.

Fue Pilar quien guardó toda la obra de Lámbarri, siguiéndole siempre en sus viajes e impulsándole a salir al mundo. “Recuerdo a mi abuela, aparentemente frágil, fumar mentolado sin parar y mirar al infinito en la ventana”, relata Ferrater, que ríe al recordar los ataques de asma que le daban a la mujer. Sigue sonriendo cuando explica que en una de las visitas guiadas que les hizo el director del Louvre por todo el museo, su abuela llegó a decir, señalando un cuadro: ‘Este quítelo, es falso’. “Y acertó. Tenía una gran sensibilidad”, reflexiona el fotógrafo.

También en Zaragoza el pintor conoció a Franco. “Él decía que se había hecho todo lo amigo que se podía ser de Franco, que era poco”, comenta Ferrater, que revela que cuando le preguntaba a su abuelo por el dictador, este rumiaba y decía simplemente que era un hombre “muy gallego”.

Lámbarri, primer dibujante de Vogue París

Tras ganar un concurso de una academia de París, Lámbarri pidió una excedencia de un año en el ejército y, en 1925, se trasladó a la ciudad de la luz para dedicarse a la pintura. París vivía entonces el momento culminante de la creación de entreguerras. Estaba en plena efervescencia el mundo musical de Stravinsky y Prokofiev, así como el de Poulenc y de Manuel de Falla, y resplandecían brillantes las tendencias de Picasso, Braque y Derain.

Resonaban todavía los ecos de la famosa escuela de Gallé, en la que se formarían artistas tan diversos como Daum, Victor Prouvé o Wiener. “Muchos de los artistas acuden a París para conocer el ambiente, pero también para ver talleres de pintura”, explica Gregorio Díaz Ereño, historiador del arte y director de la Fundación-Museo Jorge Oteiza de Navarra.

Ese mismo año se organizó la Exposición de los Artistas Ibéricos, que pretendía reunir a artistas vinculados a las nuevas formas de crear. Sin embargo, Lámbarri nunca participó en grandes exposiciones anuales. “El que no está representado de alguna manera no es reconocido, se mueve en unos círculos mucho más pequeños y eso es un hándicap para los pintores”, puntualiza Gregorio, aunque a Lámbarri ese aspecto nunca pareció quitarle el sueño.

En 1928 el pintor firmó un contrato con la revista Vogue, la más cotizada del mundo entonces. “Le cogieron en el acto y además pagándole con el dólar oro”, apunta Ferrater. Sin embargo, tres años después, este hombre de espíritu proteico e inquieto renunció al contrato y se dedicó a aprender y pintar por Europa. En este sentido, el historiador del arte destaca que esa etapa de aprendizaje libre fue esencial para la obra del pintor: “Lámbarri no es como la mayoría porque no aprendió de una forma académica, sino acudiendo a museos y captando aquello que más le interesaba de cada artista”. Insiste, además, en el arrojo de Lámbarri al pintar siempre como él quería, a pesar de que el mercado rehuía entonces las formas más tradicionales: “Lámbarri consideraba que no tenía por qué someterse a un mercado, sino simplemente a su manera de ver la pintura”. “Este país está lleno de artistas que son totalmente desconocidos porque se negaron a adaptarse”, sostiene Gregorio.

Dibujo de Lámbarri para Vogue.
Fuente: “La pintura de Lámbarri”, de Ramón Torres.

Años después, el pintor continuó su labor de ilustrador dibujando numerosas portadas del diario ABC, así como ilustraciones para la revista Blanco y Negro, lo que le dio mucha popularidad en España. En 1932, el artista trasladó su residencia a Mallorca, a la finca “Villa Pilar”, encima de Cala Mayor, donde en la década de los 50 veranearía José Manuel. “Era un lugar inhóspito, un nido de águilas en lo alto de un acantilado”, rememora.

Los años de la guerra 

En 1936, al estallar la guerra civil, Lámbarri regresó a la península. Al conocer varios idiomas, fue nombrado Jefe de Prensa y Propaganda Extranjera en el bando nacional. Su función era recibir y acompañar al frente a cuantas personalidades y periodistas de habla inglesa y francesa visitaran España. “Nadie de la familia hablaba de la guerra, pero la figura del dictador estaba ahí y hacía imposible el olvido; no recuerdo culpa ni tampoco orgullo”, comenta Ferrater.

Este era un sentimiento común durante la guerra, según el historiador Eduard Martí Fraga: “Era un juego de ajedrez, de supervivencia”. El humanista contextualiza: “Según la coyuntura política, Franco iba cambiando a sus generales pero le interesaba mantener a su lado a intelectuales como Lámbarri o Unamuno porque el discurso franquista necesita una serie de escritores que le alaben y que crean en esa línea teológica”. 

Manuel de Lámbarri, general de Franco.

En cuanto a la obra pictórica de esos años, Gregorio Díaz señala que durante y tras la guerra, las exposiciones tendían a exacerbar el espíritu patria frente a todo lo demás con un carácter religioso, pero sobre todo ideológico. “Durante las siguientes tres décadas, el arte, a nivel internacional, está muy politizado”, apunta. 

A pesar de su vínculo inmediato con el régimen franquista, los cuadros de Lámbarri nunca fueron una oda a la patria, aunque sí tenían un profundo componente religioso. Ramón Faraldo, crítico de arte, escritor de la Generación del 36 y guionista de cine, lo calificaría de “un pintor aparte, un legítimo primitivo, autor de una mística y una pintura”. Intuitivo e individualista como era, lo que realmente le importaba, añade Ferrater, era encontrar y plasmar ‘la fuerza’ en sus lienzos. José Manuel tiene grabada en la memoria la imagen de su abuelo recorriendo la casa mientras susurraba, como si fuera un mantra: “la fuerza, la fuerza, la fuerza”. 

La posguerra en Barcelona

Al terminar la guerra, el pintor se instaló en la Calle Muntaner de Barcelona, que entonces era un hervidero cultural y concentraba gran parte de la creación artística de España. José Manuel recuerda pasar los veranos en casa de su abuelo y colarse en su taller para observarle mientras pintaba con la espátula. Lámbarri vestía un pijama siempre manchado de pintura, que sería casi su única indumentaria. Por las noches se dedicaba a leer a toda clase de autores, cuyos volúmenes atesoraba en la gran biblioteca de su estudio. Algunos días, Ferrater oía a su abuela llamar al pintor a voz en grito. “Entonces, le ayudaban a calzarse las botas, se vestía el uniforme de general encima del pijama, se ponía la gorra y las espuelas y salía corriendo para firmar los papeles que fueran y volver cuanto antes para seguir pintando”, explica el fotógrafo.

Lámbarri buscaba el origen de sus inquietudes, además de en la creación pictórica, en la filosofía y la literatura. Nietzche era una lectura recurrente. Según su hija May, la frase ‘El artista va tomando altura, altura hasta que sube tan alto que llega a encontrarse solo’ le producía gran inquietud. La soledad del artista es tan vieja como el mundo, y fue una constante en la azarosa vida de Lámbarri, que siempre se sintió incomprendido en su faceta artística. En sus últimos años, el pintor dijo lo siguiente a Ramón Torres: “Quien dice Miguel Ángel podría, del mismo modo, decir Rembrant, Mantegna o Tintoretto; ninguno de ellos abandonó este mundo con la convicción absoluta, al terminar la carrera de la vida, de que su pensamiento hubiera sido comprendido en su enorme integridad”. 

El pintor moriría el 17 de febrero de 1973 y gran parte de su obra se perdería. Actualmente, el Museo de Burgos conserva algunas de sus pinturas. José Manuel Ferrater recuerda que cuando la familia fue a Vogue a recuperar los archivos, les dijeron que los nazis los habían quemado, aunque él conserva esmaltes y cuadros de su abuelo. A pesar de que su obra no recibiera el reconocimiento deseado, su creación ha trascendido por su autenticidad y por la pasión con la que el artista forjó un arte propio, libre de las directrices de la época.

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