Hoboken, Día 7

Poesía

Hoboken tiene tantos letreros brillantes de colores que con un par de copas ya ves arcoíris bailando al son de ‘Gimme, gimme, gimme a man after midnight’, y con un par de chupitos más, los colores hasta te hablan de chicos que se dejan la cartera en el Uber. Solo que eso no me lo dijo ningún arcoíris parlante. Raúl tiene una sonrisa bonita y un agujero en el bolsillo, aunque él se lo toma con filosofía. Al conductor del Uber, un tal Farrouko, le ha tocado la lotería. Carlitos tiene un acento canario graciosísimo y Txabo parece pausado hasta que baila. Ayer de vuelta, en un arranque de sinceridad (de esas que me dan de tanto en tanto, cuando es de noche y me sube la sensiblería) le dije que me conformaba con llevarme de aquí una amistad de verdad, de las que no terminan. Será que tiene la mirada transparente. Me gustan las personas así.

Me imagino siempre a Quim diciéndome que no me fíe tanto de la gente, mi ángel guardián, pero es fácil encariñarse aquí, con vistas al río Hudson y al skyline de Nueva York. Estoy convencida de que ayer, en algún momento entre chupito-cerveza-bailoteo, fuimos invencibles.

Las luces de esta ciudad son infinitas, Quim, pero me pasaría la noche contándolas. ¿Te acuerdas de como se reflejaban las luces en el Sena? Como pinceladas vivas y danzantes. En Nueva York son distintas, más intensas y estáticas, pero me hacen sentir igual. La cima del mundo debe estar en alguno de esos rascacielos.

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