Kirby Hall, Día 8

Crónicas de New Jersey, Prosa

En Rutherford hay castores. Puede parecer un detalle absurdo, pero después de ver ardillas, conejos, insectos del tamaño del dedo gordo de mi padre (y os aseguro que lo tiene muy muy gordo, como dos del mío), me he quedado mirando a ese bicho peludo y paticorto cruzar la carretera que separa el campus del cementerio, hasta que me he girado hacia una pobre chica que no conocía de nada, con cara de susto, para soltar un nada ingenioso ‘What’s that?’, a lo que ella me ha mirado como si me hubiera salido una antena y ha contestado ‘It’s a beaver’. Después se ha dado la vuelta y se ha marchado como si en Nueva Jersey habláramos de castores todos los días.

No ha sido la primera en mirarme así. En mi defensa diré que el día ha empezado raro. He dado más vueltas que una peonza para llegar al aula Kirby 229 para mi supuesta clase de Screenwriting I. Una señora simpatiquísima me ha llevado al edificio Kirby y otras dos me han mirado como si me faltara un tornillo cuando les he dicho que no existía el aula 229. El pasillo acababa en la 227, y al final solo había una escalera de incendios. He recordado cuando Txabo dijo que esto le recordaba a los edificios que aparecen en Resident Evil, y me he quedado un rato mirando ceñuda el letrero rojo de EXIT, intentando decidir si debía arriesgarme a que un zombie mugriento se zampara mis sesos. Si hay algún sitio donde debería haber zombies, es en esas escaleras de Kirby Hall.

No he tenido que pensarlo demasiado. Una chica también simpatiquísima ( ya os dije que aquí son muy risueños, por lo de los billetes escondidos en las macetas y eso) iba al mismo sitio y estaba preguntando a las dos mujeres (las que me habían mirado como yo al castor). Al final hemos encontrado la que ha resultado ser la clase de Organic Chemistry. Así que me he sentado, a pesar de los números raros del papel que me ha dado el profesor, a pensar en qué había hecho mal para que el día se torciera tanto y acabara escuchando a un hombre con boina hablar muy rápido sobre vete tú a saber qué de Química Orgánica (¿es que hay orgánica y no orgánica?). En ese momento, mi cerebro bien podría haber sido objeto de estudio.

Por suerte, el profesor me ha echado cuando se ha dado cuenta de que mi nombre no figuraba en la lista. He mirado a la chica simpatiquísima con pena al marchar. Y vuelta a empezar.

La profesora de Screenwriting I es joven y desentona con las paredes pálidas del aula Obal 205. Se pasea mucho, por lo que cada dos por tres he de estirar el cuello para verla por encima del cacharro que tienen por ordenador, uno delante de cada alumno. He probado de quedarme quieta y mirar las instrucciones que había proyectado, pero me gusta cómo mueve las manos, como si espantara moscas.

Por la tarde, mientras paseaba por la estación Grand Central de Nueva York, he pensado en ese castor solitario que se dirigía al cementerio, y me he acordado de la estatua de Alicia en el País de las Maravillas que vimos en Central Park el primer día que visitamos la ciudad. Aquí hay una frontera muy sutil que separa la realidad de la locura, y ese castor bien podría haberse tomado el té con el Gato de Chesire.

Para ti, Quim Félix, para que lo recuerdes cuando me eches de menos: “Me he visto obligado a matar al tiempo mientras esperaba tu regreso. En fin, el tiempo se ofendió y se paró del todo. Ya no hace ni un tic.” No dejes que tu reloj se pare estos meses, mi Sombrerero Loco. Te quiero en Nueva York, en el castillo de la Reina Roja y en el palacio de los sueños.

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