A 3000 quilómetros, Ucrania

Así fue el periplo de una familia ucraniana que llega a Barcelona huyendo de la guerra con Rusia

Arina Kiryichuk, de ocho años, aprendía a tocar el himno ucraniano a piano cuando las bombas rusas sobrevolaron Chernyakhiv, un pueblecito de Zhitomir de escasos 10.000 habitantes, a 164 kilómetros al sur de Kiev. Así llegaron los días de humo y ceniza. Ahora el piano descansa en su casa, un neonato reluciente privado de su sinfonía. Si cierra los ojos, Arina puede verlo, a tan solo unos metros de su habitación. Pero cuando los vuelve a abrir, y la estela de la guerra se hace visible tras sus pasos, desaparece el espejismo, y no es su padre desde el sofá de casa quién le devuelve la mirada, sino la recepcionista del Gran Hotel Verdi, de Sabadell.

Al menos la tercera y la cuarta planta —explica la familia de la pequeña— están ocupadas por ucranianos que como ellos tuvieron que huir del ataque ruso. Allí tienen comida y cama, pero no saben hasta cuándo. Paladean el nombre del nuevo refugio —Sabadell— con la acidez de quien sabe que no le queda otra que tragárselo. Mientras la familia esté incompleta y el conflicto escale, Barcelona es un oasis no deseado, un limbo entre su vida de antes y su vida futura.

Arina toca el piano en su casa

Barcelona, ciudad refugio

Hay 3000 quilómetros entre Chernyakhiv y Barcelona. 3000 quilómetros de distancia entre Arina (2014), su hermano Yurii (2008), su madre Vita (1987) y su padre Volodymyr. 3000 quilómetros entre Olena Kasianenko (1965) —madre de Vita Kiryichuk, Anastasiia Maliarchuk y Snizhana Ruban— y el patriarca, Mykola. 3000 quilómetros entre la prima de Arina, Anastasiia Prokopchuk (2003), y su padre Ruslan. Volodymyr, Mykola y Ruslan se han quedado atrás, protegiendo el poblado, según manda la ley que prohíbe a los hombres de entre 18 y 60 años salir del país. Vita no sabe si les han dado armas, pero espera que así sea: “Han de poder defenderse”.

Olena recuerda los bombardeos, el detonante de su partida: “Cuando caían las bombas, cogíamos lo importante y bajábamos al sótano”. Todos sabían lo que tenían que hacer. “Días antes del estallido de la guerra, los maestros enseñaron a los niños que tenían que coger una mesa y ponerla delante de las ventanas —explica Vita—. “Al principio lloraban”, recuerda. El 24 de enero recibió un mensaje de la maestra de Yurii y Arina, que avisaba que la escuela cerraba temporalmente.

Imágenes de la destrucción del depósito de petróleo de Chernyakhiv

Mes y medio más tarde, Arina pisa España por primera vez, a diferencia de su tia Anastasiia Maliarchuk, que hace cinco años llegó a tierras españolas, y hace dos que se adapta a la vida barcelonesa. Ella es su único contacto en Europa, y la razón por la que los demás se encaminaron hacia Barcelona, al contrario de tantas otras familias que se refugian en Polonia a la espera de que el conflicto afloje. “Nadie se va muy lejos porque todo el mundo quiere creer que volverá pronto”, dice Anastasiia.

Punto de encuentro: Chelm

“Cuando vi a Arina el primer día, llevaba un peluche enorme en cada brazo”, rememora Steven Hind, un inglés jubilado y de voz pausada que lleva cuarenta y cinco años en la Ciudad Condal. Cuando estalló la guerra, decidió marchar a la frontera a echar una mano. Acudió al consulado ucraniano, relata, pero estaban desbordados y se cansó de esperar una llamada. Después de dar voces, un día le llamó el Anastasiia. “Hablé con una persona que traía gente desde la frontera, pero él solo podía trasladar a tres personas, así que me pasó el número de Steven”, narra ella.

Cuando estaba ya todo dispuesto, la noche del 7 de marzo, Steven puso rumbo a Chelm, el punto de encuentro con la familia de la Anastasiia. Lo hacía con la furgoneta hasta arriba, y es que aprovechando el viaje, llevó 300 quilos de comida y medicamentos recogidos por la Escuela Ucraniana MRIYA, hasta Trzciana —a cuatro horas de Chelm—, desde donde se distribuirían. Un viaje de 22 horas de ida y de vuelta, 5.000 kilómetros en menos de tres días. A pesar de que el gobierno y las instituciones recomiendan hacer donaciones económicas a ONG que ya se encuentren sobre el terreno, Steven cree que también hay espacio para este tipo de iniciativas.

Steven y Volodymir, a izquierda y derecha, con dos voluntarios polacos que los esperaban en un almacén de Trzciana

No empezaba solo su travesía. El asiento del copiloto lo ocupaba Volodymyr Baranetskyi, un ucraniano de 35 años oriundo de un pueblo cerca de Leopolis que lo ayudó con los trámites, y a entenderse con los polacos una vez en Chelm. Esta localidad del sudeste polaco se ha convertido en puerta de entrada de miles de ucranianos que huyen de Kiev, lo que se ha traducido en controles militares de pasaportes y una gran presencia del ejército, según explican. Allí, Polonia organiza la asistencia y el posterior traslado de los recién llegados.

De izquierda a derecha: Steven, Yurii, Anastasiia Prokopchuk, Arina, Olena y Volodymyr Baranetskyi

Antes de que salieran hacia Barcelona, la familia en los asientos traseros, los militares le dijeron al inglés cosas que hacían falta. En la lista de Steven figura lo siguiente: calcetines, sopa en sobre, productos higiénicos como jabón líquido, pasta de dientes y servilletas húmedas, cajas de primeros auxilios, medicamentos y ventas, furgonetas de ambulancia y furgones blindados.

De Chernyakhiv a Barcelona

La familia salía de Chernyakhiv el mediodía del 6 de marzo. Volodymir —padre de Arina y Yurii y marido de Vita— los llevó en coche hasta la frontera de Ucrania. Tardaron cinco horas a llegar. “Son pocas”, comenta Vita. Su hermana Snizhana estuvo conduciendo quince horas. Ella y su marido, que quedó discapacitado en la guerra del Donbass, se dirigían a la frontera, donde los recogerían los padres de él, que viven en Alemania. “Hay muchos puntos de control, y no sabes en quien puedes confiar, porque hay muy ruso infiltrado”, explica Olena.

Polideportivo de Chelm

Anduvieron dos horas hasta travesar la frontera hacia Polonia. Ya en tierras polacas, subieron a un autobús que los llevó a un polideportivo de Chelm. Durmieron allí tres días hasta que llegó Steven. Vita subraya la solidaridad polaca: “Todos los que nos atendieron eran voluntarios polacos, están haciendo un esfuerzo muy grande”. Chelm, de hecho, está desbordado. “Había tanta gente que por no quedarse fuera, a la intemperie, había que dormían a los lavabos”, recuerda. Aquel 8 de marzo, en el suelo frío de una región extraña, Vita cumplía años.

Llegaron a Barcelona el 10 de marzo por la noche, y durmieron todos juntos en la habitación que alquila Anastasiia en San Martín. El día siguiente, la chica se dirigió en la Cruz Roja y estos los derivaron al hotel de Sabadell.

La familia llega a Barcelona y se reencuentra con Anastasiia
La familia con Steven, ya en Barcelona

Un futuro incierto

Olena tiene gesto de soldado curtido. Se le descompone cuando Steven deja caer un fajo de billetes sobre la mesa, y la Anastasiia, con voz temblorosa, le traduce las palabras del inglés: “Recaudamos 2500 euros para el viaje, pero solo hemos gastado 1100. El resto es para vosotros”. Veintitrés personas pusieron dinero en la recaudación. Olena no habla castellano, ni inglés, pero mira a Steven y con voz clara y ojos relucientes pronuncia un ‘gracias’ que resuena entre las paredes del Gran Hotel Verdi.

De izquierda a derecha: Anastasiia Maliarchuk, Yurii, Vita, Arina, Anastasiia Prokopchuk, Olena y Steven, en el recibidor del Gran Hotel Verdi

En Chernyakhiv, los hombres están gastando los pocos ahorros que les quedan. No pueden trabajar porque tienen que proteger el pueblo, así que sus ingresos son nulos, y los gastos, por pocos que sean, se acumulan. Vita apenas acababa de remodelar el piso, y se habían ido de vacaciones a Egipto semanas antes de la guerra.“ Nadie esperaba que una invasión truncara su vida: “Es como vivir en una película”. Tampoco tienen plan ‘b’. “No queremos ni pensar en la posibilidad de no volver pronto”, asevera Olena.

El mundo, como Arina, y Yurii y Vita y Olena y Anastasiia Maliarchuk y su tocaya Prokopchuk, mira hacia Ucrania. Ucrania nos duele. El combustible de Putin, señala Steven, es la distorsión y, sobre todo, la construcción de una dualidad que define nuestros tiempos: ellos y nosotros. Y esta vez, ‘ellos’ es el pueblo ucraniano, ‘ellos’ es Europa.


Esta es la versión en castellano del artículo publicado en el diario digital TOT Barcelona. Si queréis leer la versión en catalán, podéis hacerlo aquí.

2 Comentarios

  1. No pensaba leerte a estas horas; iba a dejarte para mañana, pero me has liao.

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    1. Me alegra leer eso. ¡Espero liarte muchas noches más!

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