Treinta y un años del naufragio del MTS Oceanos

Fugado el capitán y los oficiales superiores, los pasajeros del lujoso crucero se salvaron gracias a una pareja de músicos y un mago

Los primeros días de agosto de 1991, el MTS Oceanos se vestía de gala para una gran celebración. Un acaudalado hombre de negocios había alquilado todo el barco para la despedida de soltero de su hijo y para la posterior boda. El navío se prestaba a un evento fastuoso, y los pagadores no se dejaron de nada: dos sacerdotes y 400 invitados acudieron a la ceremonia, que tiñó el Oceanos de la magia propia de estos festejos. 

Al día siguiente, East London le daba la bienvenida. Era un viernes por la mañana. En el puerto de la ciudad, el único fluvial del país, desembarcaron los invitados a la despedida, y empezaron los preparativos para recibir a los invitados de la boda. Enseguida subió a bordo un pequeño ejército de decoradores, que recorrieron los salones y la zona de la recepción, dejando a su paso un rastro de flores. El guitarrista Moss Hill, que junto a su mujer Tracy, bajista, había actuado la noche anterior, se dirigió a un grupillo de decoradores. 

—Les recomiendo que guarden los arreglos más lujosos —les dijo—. No querrán que se caigan cuando nos hagamos a la mar.

Los decoradores se miraron entre ellos, poco convencidos. El cielo había empezado a oscurecerse la noche anterior, como un mal presagio de lo que estaba por venir, pero aún estaban anclados al muelle, así que el movimiento no era severo. Moss, sin embargo, había vivido suficientes tempestades en alta mar como para saber que navegarían hacia aguas más bien desalentadoras. Al rato, se zarandeaba el paquebote de tal manera que, para alivio de la tripulación, se pospusieron las nupcias y volvieron a la relativa calma del muelle. No entraba eso en los planes de la novia, que a pesar del temporal, se negó a casarse en puerto. 

De nuevo en la tormenta, la ceremonia siguió adelante. En el escenario, Moss, que preparaba el equipo de sonido, movió algunos arreglos florales para que ocultaran a la organista, cuya cabeza gacha no se separaba de un cubo. Al otro lado de los arbustos artificiales que los separaban de la multitud, los pasajeros desprendían glamour. Se balanceaban juntos, de un lado a otro, como si estuvieran en un extraño baile de nupcias. La boda acabó por completarse sin demasiados contratiempos. Mientras regresaban a puerto para continuar allí la fiesta, Moss y Tracy tocaron hasta el amanecer, entre artistas de cabaret y otras personalidades del espectáculo que se turnaban para animar la velada.

Había salido Moss a hacer algunos recados a la ciudad cuando la tormenta descargó toda su furia. Llamó a su madre desde una cabina telefónica y esperó con la esperanza de que arreciara un poco. No sucedió. El viento era tan potente que el guitarrista avanzaba hacia el muelle inclinado en ángulo agudo. 

En el Oceanos, se palpaba la incertidumbre del personal. Todos se preguntaban si zarparían en esas condiciones. Finalmente, tras varios avisos, levaron anclas. Durante la cena, los camareros hacían lo que podían para no chocarse entre sí y que las bandejas acabaran en el suelo. Tuvieron un éxito moderado. Un mal augurio, pensó Moss: “Los camareros no se caen nunca”. El guitarrista observaba cómo los pasajeros, ajenos a la tormenta que se cocía fuera, se afanaban en buscar los mejores asientos en el salón principal para el espectáculo de la noche cuando un estruendo le sobresaltó. Parte del equipo informático se había estrellado contra el suelo, a su lado. 

Empezaba a oscurecer. Moss se dirigía a su cabina cuando a medio camino vio a tres hombres de seguridad corriendo hacia la popa. Les siguió hasta la escalera de tripulación, de donde subían pasajeros de las cubiertas inferiores. Algunos estaban mojados y la mayoría llevaba un chaleco salvavidas. Moss les observó volar a sus cabinas, coger algunos enseres, meterlos a toda prisa en pequeñas bolsas y subir a las cubiertas superiores. Un par de oficiales trataban de calmarlos. Moss corrió a su camarote. 

—Cámbiate los vaqueros y las zapatillas y prepárate para abandonar el barco— apremió a Tracy. 

Volvió entonces al salón principal, donde el equipo de la banda estaba ya desperdigado por el suelo. Los pasajeros, que aguardaban el espectáculo de las diez, empezaron a alarmarse. Sillas, mesas y botellas danzaban por el aire y chocaban entre sí. Las luces se apagaron, dejándoles en penumbra. Las tenues luces de emergencia apenas iluminaban las áreas públicas. 

Moss empezó a tocar la guitarra acústica en un intento de calmar a la masa. Cantó todas las canciones que se sabía. Al poco, se le unió Tracy y Robin Boltman, otro intérprete. El ánimo decaía por momentos. Cuando se les acabó el repertorio, fueron a ver a la directora del crucero. 

—Hay un problema con el motor. Vamos a abandonar el barco— corroboró Lorraine Betts.

Moss la miró incrédulo.

—¿Quieren abandonar el barco en la oscuridad, con esas olas montañosas y tan lejos de la costa? A menos que nos estemos hundiendo, probablemente sería más seguro para los pasajeros quedarse a bordo y esperar un remolcador.

—El capitán dice que no nos estamos hundiendo, que no ha entrado agua— informó Lorraine.

Moss decidió bajar a las cubiertas inferiores para cerciorarse. No quería ir solo, así que buscó a su amigo, el mago de abordo, Julian Butler —o Julian Russell, como se le conocía en círculos artísticos—. Fueron directos a la sección de popa y atravesaron las áreas de “Solo Tripulación”. Con el barco oscuro y desierto, era difícil negociar con las aceitosas escaleras de acero. Llegaron al fondo de la nave. 

Todo parecía seco, pero siguieron buscando señales de agua. Su avance se detuvo cuando llegaron a un mamparo que había sido sellado con puertas estancas. No parecía haber ninguna fuga.

Cuando volvieron a subir para explicar a Lorraine lo que habían visto, parte de la tripulación había bajado botes salvavidas a la cubierta de embarque y la directora del crucero subía a mujeres y niños. Moss vio, entre los que se sentaban en los botes, a oficiales superiores. 

—No nos estamos hundiendo —insistía el capitán. —Es solo por precaución.

Moss no le creyó. Cogió su cámara de vídeo y bajó por delante de la sala de máquinas. Mientras se acercaba a la cubierta de Dionisio, oyó el sonido del agua fluyendo. Al doblar la esquina en el rellano de la escalera, confirmó sus temores: la cubierta estaba inundada. El MTS Oceanos se hundía. 

Mientras lo filmaba todo, un tripulante se le acercó.

—¡Eh! ¿Qué hace? ¡No puede grabar aquí! —le gritó el hombre. 

Moss apartó la grabadora de su ojo, pero la dejó encendida. El tripulante le agarró del brazo y le instó a subir. 

—¿Ha visto todo el agua? —inquirió Moss.

—No sé de qué me habla. Usted no puede grabar aquí —repitió el tripulante.

Moss corrió a contárselo a los demás para organizar la evacuación. Mientras los artistas Robin Boltman y Terry Lester circulaban entre los pasajeros, calmando a los más inquietos, Tracy, Moss, Lorraine y otros miembros del personal de entretenimiento intentaban bajar los botes salvavidas. No era tarea fácil: al no estar bien asegurados, cuando se bajaban al punto de embarque los botes se balanceaban y chocaban contra el costado del barco. 

A las tres de la mañana, solo faltaba lanzar uno de los botes. Cuando varios oficiales ordenaron bajarlo, Lorraine y Moss alzaron la voz por encima del ruido del viento, las olas y el choque del bote contra el barco.

—¡No pueden bajar ese bote! ¡Caben noventa y nueve personas! ¡Apenas hay cincuenta ahí sentadas!

Los oficiales discutieron con la pareja, que los retrasó lo suficiente como para sentar a veinte personas más en el bote antes de que los tripulantes lo bajaran. En la oscuridad del barco, aún permanecían doscientas veinte personas a la intemperie.

Moss fue al comedor para ver cuánto había avanzado el agua. Bandejas, sillas y plantas flotaban sobre un metro de agua. Los muebles no eran más que escombros. No quedaba nada de los adornos de vidrio que tintineaban con gracia el día anterior. La entrada principal, resistente al fuego y al agua, estaba abierta de par en par. Moss trató de cruzar la habitación para cerrarla y ralentizar el flujo del agua, pero desistió cuando advirtió que lo más probable era que acabara aplastado por los muebles, que rodaban de un lado a otro de la sala. La mayor parte de la nave estaba inundada. 

Volvió a la cubierta superior intentando disimular su preocupación. Los pasajeros le interrogaban sobre su progreso, pero él se abstuvo de mencionar que solo un nivel les separaba del agua fría del Atlántico.

—Disculpe, hemos de bajar al piso inferior— le interrumpió un hombre. Tres personas detrás de él miraban al guitarrista con expresión suplicante. 

—Lo siento, pero nadie puede bajar. Es por seguridad —respondió Moss con suavidad.

—No hemos visto a nuestra Louise desde que empezó la evacuación —insistió el señor—. Somos su familia. Por favor, déjenos bajar. Puede que aún esté en su camarote.

Moss le miró durante unos segundos. El hombre, de mediana edad, le devolvió la mirada sin pestañear. No iba a desistir. 

—Bajaré a ver. No se muevan de aquí.

Al llegar a la cabina de Louise, Moss llamó a la puerta. Una voz respondió al otro lado.

—¿Louise? Soy Moss Hill, del personal de entretenimiento. Tu familia me ha enviado a buscarte. ¿Me abres la puerta? 

Una chica de unos veinte años entreabrió la puerta. Estaba sola. Vestía ropa de noche y miraba a Moss con desconfianza. 

—Ha habido un problema. Debes ponerte el chaleco salvavidas. Venga, vamos. Te llevaré con tu familia. 

De vuelta a la cubierta superior, Lorraine se acercó a Moss. 

—No hemos encontrado a nadie en la sala de mando. 

—¿Y el capitán?

—Desaparecido. Hemos de pedir ayuda, Moss. 

Moss asintió y siguió a Lorraine al puente de mando. Intentaron establecer contacto. 

Mayday, mayday. El MTS Oceanos se hunde. Necesitamos ayuda —repetía Lorraine por el teléfono de radio.

Se turnaron para pedir socorro hasta que alguien les contestó. La recepción de radio era clara, y Lorraine y Moss se miraron esperanzados.

—Al habla el capitán Detmar, a bordo del Nedlloyd Mauricio. ¿Cuál es su posición?

—No sabría decirle, señor —le respondió Moss. 

—¿Cuál es el grado de inclinación? ¿Fortalezas actuales?

—No lo sé, capitán. Lo que sé es que quedan unas doscientas personas a bordo. 

—¿Cuál es su rango?

—No tengo ningún rango. Soy el guitarrista principal. Moss Hill, capitán. No sabemos dónde están el capitán y los oficiales.

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.

—De acuerdo. Primero hemos de saber cuánto tiempo tenemos, Moss. No podemos acercarnos al MTS Oceanos con estas olas y estas corrientes. Podríamos chocar. Esperaremos cerca de su ubicación y nos acercaremos a medida que se sumerjan. Siga mis instrucciones.

Cuando Tracy, Julian y Robin se unieron a él y a Lorraine en el puente de mando, Moss salió a proa en busca del capitán Avranas. La cubierta estaba cada vez más empinada y resbaladiza. Al final, le localizó a él y a los pocos oficiales que quedaban a bordo fumando bajo una escalera. Mantenían un perfil bajo. 

—Capitán, ha de venir al puente de mando. Hemos establecido contacto con el Nedlloyd Mauricio. Vienen hacia aquí. 

—Esperaré aquí —contestó Avranas.

Moss calló unos segundos antes de volver a dirigirse al capitán del Oceanos.

—Hemos de saber cuántas horas tenemos.

—Tal vez dos o tres horas a flote. 

Moss miró una última vez a Avranas y corrió a informar al capitán Detmar. No volvió a ver a Avranas. Eran las seis de la mañana de ese infausto cuatro de agosto cuando llegaron los helicópteros para pasar a los pasajeros del MTS Oceanos al Nedlloyd Mauricio. El capitán del barco se subió en el segundo. 

En la cubierta superior, Tracy intentaba mantener la calma entre los pasajeros mientras organizaba el orden del rescate: primero mujeres, luego hombres mayores y por último los jóvenes y de mediana edad. Establecieron una estación de rescate de helicópteros en popa y otra en proa. Durante las siguientes cinco horas, a la señal de Moss, Tracy le enviaba pasajeros de dos en dos, que él vestía con el arnés, de unidad doble, para que el helicóptero les subiera al otro barco. Mientras tanto, Robin retransmitía los progresos por radio desde el puente de mando. 

Julian Butler y un buzo de la marina, Gary, se metieron en el último bote inflable para estar preparados en caso de que alguien cayera al mar. Con la cubierta tan empinada y el barco balanceándose, varios pasajeros se resbalaron y cayeron mientras Moss les ataba el arnés. 

En una de esas, cuando Moss ya había atado bien el arnés a dos ancianas y dado la señal al helicóptero para elevarse, el barco se balanceó y la barandilla golpeó a ambas en las piernas. Las ancianas se balancearon sobre el agua como un péndulo antes de volver a la nave. Los pasajeros, que miraban la escena conmocionados, contuvieron el aliento cuando las dos mujeres chocaron de nuevo contra el barco. Algunos gritaron. 

Tras el incidente, Moss, Tracy y los demás siguieron trabajando sin descanso. El Oceanos era cada vez más inestable y el temporal no daba tregua. Horas más tarde, solo quedaban quince personas a bordo del Oceanos: doce pasajeros, Robin, que permanecía en el puente de mando, Tracy y Moss. El barco empezaba a hundirse por la proa, y la tripulación del helicóptero les indicó que esperaran en popa hasta ser rescatados. 

Casi una hora después, pisaban por fin el suelo firme del Nedlloyd Mauricio. Desde allí vieron cómo las aguas se tragaban sin piedad los ciento cincuenta y tres metros de eslora del MTS Oceanos. Un gran tesoro roto que aquel verano de 1991 quedó confinado a las profundidades del fondo abisal de las costas sudafricanas. 

Cultura rusa, cultura culpable y proscrita

Para el ministro de Cultura ucraniano, Oleksandre Tkatchenko, el mundo cultural ruso está estrechamente vinculado al ejército que siembra muerte y devastación en Ucrania. En esta, como en tantas otras guerras, la cultura es víctima y a la vez cómplice de su nación madre. En este caso, con el añadido de que la batalla cultural se da entre hijos de la misma progenitora; al menos, antes de que Ucrania cogiera sus cosas, dejara la casa y se construyera un hogar propio, probablemente, ni en lo remoto lo suficientemente lejos del antaño seno familiar.

El Kremlin sigue refiriéndose a los ucranianos como “pequeños rusos”, pero el hermano pequeño ha crecido, se ha independizado y quiere cortar todo lazo con el mayor. Ahora, Tkatchenko, que ya vino apuntando maneras cuando propuso elaborar ‘listas negras’ de autores rusos, podría decirlo más alto pero no más claro: “Lo primero es prohibir que los representantes rusos de los medios y la cultura viajen por el mundo libre». 

Tkatchenko es muy crítico con la presencia de medios rusos en el resto de espacios internacionales: «La comunidad mundial debería distanciarse de la cultura rusa para no caer bajo la influencia de los mensajes de propaganda». A su entender, las narrativas de Moscú son “bastante primitivas” y “repetitivas”, que no por ello inofensivas. “Con una amplia financiación da sus frutos, y el mundo libre sigue invirtiendo en la radiodifusión en ruso», protestaba.

Un editor de la agencia de prensa estatal Ria Novosti pidió en abril «desucranizar» a Ucrania, en línea con las declaraciones de Putin, que niega a los ucranianos su identidad e incluso su existencia como nación. Las separaciones nunca fueron agradables. 

Kevin M.F. Platt, profesor del Departamento de Estudios Rusos y de Europa del Este de la Universidad de Pensilvania y editor del libro Culturas Rusas Globales, publicaba en The New York Times “Los artistas rusos no son el problema”. Platt señala la ironía de que “aquellos que reaccionan a la guerra vetando artistas y obras de forma agresiva o indiscriminada porque son rusos están reflejando el mismo pensamiento nacionalista que impulsa la invasión”.

Platt defiende que la idea del mundo ruso es una falacia, una etiqueta política promovida por el Kremlin que se apropia de todo lo ruso incluso más allá de sus fronteras. Podría describirse a Boris Khersonsky, poeta judío de Odesa que escribe en ruso, como un poeta que “pertenece a la cultura ucraniana”, pero su poesía forma parte de la cultura rusa distintiva.

He aquí el quid de la cuestión: ¿Dónde empiezan y dónde terminan ambas culturas?

A 3000 quilómetros, Ucrania

Así fue el periplo de una familia ucraniana que llega a Barcelona huyendo de la guerra con Rusia

Arina Kiryichuk, de ocho años, aprendía a tocar el himno ucraniano a piano cuando las bombas rusas sobrevolaron Chernyakhiv, un pueblecito de Zhitomir de escasos 10.000 habitantes, a 164 kilómetros al sur de Kiev. Así llegaron los días de humo y ceniza. Ahora el piano descansa en su casa, un neonato reluciente privado de su sinfonía. Si cierra los ojos, Arina puede verlo, a tan solo unos metros de su habitación. Pero cuando los vuelve a abrir, y la estela de la guerra se hace visible tras sus pasos, desaparece el espejismo, y no es su padre desde el sofá de casa quién le devuelve la mirada, sino la recepcionista del Gran Hotel Verdi, de Sabadell.

Al menos la tercera y la cuarta planta —explica la familia de la pequeña— están ocupadas por ucranianos que como ellos tuvieron que huir del ataque ruso. Allí tienen comida y cama, pero no saben hasta cuándo. Paladean el nombre del nuevo refugio —Sabadell— con la acidez de quien sabe que no le queda otra que tragárselo. Mientras la familia esté incompleta y el conflicto escale, Barcelona es un oasis no deseado, un limbo entre su vida de antes y su vida futura.

Arina toca el piano en su casa

Barcelona, ciudad refugio

Hay 3000 quilómetros entre Chernyakhiv y Barcelona. 3000 quilómetros de distancia entre Arina (2014), su hermano Yurii (2008), su madre Vita (1987) y su padre Volodymyr. 3000 quilómetros entre Olena Kasianenko (1965) —madre de Vita Kiryichuk, Anastasiia Maliarchuk y Snizhana Ruban— y el patriarca, Mykola. 3000 quilómetros entre la prima de Arina, Anastasiia Prokopchuk (2003), y su padre Ruslan. Volodymyr, Mykola y Ruslan se han quedado atrás, protegiendo el poblado, según manda la ley que prohíbe a los hombres de entre 18 y 60 años salir del país. Vita no sabe si les han dado armas, pero espera que así sea: “Han de poder defenderse”.

Olena recuerda los bombardeos, el detonante de su partida: “Cuando caían las bombas, cogíamos lo importante y bajábamos al sótano”. Todos sabían lo que tenían que hacer. “Días antes del estallido de la guerra, los maestros enseñaron a los niños que tenían que coger una mesa y ponerla delante de las ventanas —explica Vita—. “Al principio lloraban”, recuerda. El 24 de enero recibió un mensaje de la maestra de Yurii y Arina, que avisaba que la escuela cerraba temporalmente.

Imágenes de la destrucción del depósito de petróleo de Chernyakhiv

Mes y medio más tarde, Arina pisa España por primera vez, a diferencia de su tia Anastasiia Maliarchuk, que hace cinco años llegó a tierras españolas, y hace dos que se adapta a la vida barcelonesa. Ella es su único contacto en Europa, y la razón por la que los demás se encaminaron hacia Barcelona, al contrario de tantas otras familias que se refugian en Polonia a la espera de que el conflicto afloje. “Nadie se va muy lejos porque todo el mundo quiere creer que volverá pronto”, dice Anastasiia.

Punto de encuentro: Chelm

“Cuando vi a Arina el primer día, llevaba un peluche enorme en cada brazo”, rememora Steven Hind, un inglés jubilado y de voz pausada que lleva cuarenta y cinco años en la Ciudad Condal. Cuando estalló la guerra, decidió marchar a la frontera a echar una mano. Acudió al consulado ucraniano, relata, pero estaban desbordados y se cansó de esperar una llamada. Después de dar voces, un día le llamó el Anastasiia. “Hablé con una persona que traía gente desde la frontera, pero él solo podía trasladar a tres personas, así que me pasó el número de Steven”, narra ella.

Cuando estaba ya todo dispuesto, la noche del 7 de marzo, Steven puso rumbo a Chelm, el punto de encuentro con la familia de la Anastasiia. Lo hacía con la furgoneta hasta arriba, y es que aprovechando el viaje, llevó 300 quilos de comida y medicamentos recogidos por la Escuela Ucraniana MRIYA, hasta Trzciana —a cuatro horas de Chelm—, desde donde se distribuirían. Un viaje de 22 horas de ida y de vuelta, 5.000 kilómetros en menos de tres días. A pesar de que el gobierno y las instituciones recomiendan hacer donaciones económicas a ONG que ya se encuentren sobre el terreno, Steven cree que también hay espacio para este tipo de iniciativas.

Steven y Volodymir, a izquierda y derecha, con dos voluntarios polacos que los esperaban en un almacén de Trzciana

No empezaba solo su travesía. El asiento del copiloto lo ocupaba Volodymyr Baranetskyi, un ucraniano de 35 años oriundo de un pueblo cerca de Leopolis que lo ayudó con los trámites, y a entenderse con los polacos una vez en Chelm. Esta localidad del sudeste polaco se ha convertido en puerta de entrada de miles de ucranianos que huyen de Kiev, lo que se ha traducido en controles militares de pasaportes y una gran presencia del ejército, según explican. Allí, Polonia organiza la asistencia y el posterior traslado de los recién llegados.

De izquierda a derecha: Steven, Yurii, Anastasiia Prokopchuk, Arina, Olena y Volodymyr Baranetskyi

Antes de que salieran hacia Barcelona, la familia en los asientos traseros, los militares le dijeron al inglés cosas que hacían falta. En la lista de Steven figura lo siguiente: calcetines, sopa en sobre, productos higiénicos como jabón líquido, pasta de dientes y servilletas húmedas, cajas de primeros auxilios, medicamentos y ventas, furgonetas de ambulancia y furgones blindados.

De Chernyakhiv a Barcelona

La familia salía de Chernyakhiv el mediodía del 6 de marzo. Volodymir —padre de Arina y Yurii y marido de Vita— los llevó en coche hasta la frontera de Ucrania. Tardaron cinco horas a llegar. “Son pocas”, comenta Vita. Su hermana Snizhana estuvo conduciendo quince horas. Ella y su marido, que quedó discapacitado en la guerra del Donbass, se dirigían a la frontera, donde los recogerían los padres de él, que viven en Alemania. “Hay muchos puntos de control, y no sabes en quien puedes confiar, porque hay muy ruso infiltrado”, explica Olena.

Polideportivo de Chelm

Anduvieron dos horas hasta travesar la frontera hacia Polonia. Ya en tierras polacas, subieron a un autobús que los llevó a un polideportivo de Chelm. Durmieron allí tres días hasta que llegó Steven. Vita subraya la solidaridad polaca: “Todos los que nos atendieron eran voluntarios polacos, están haciendo un esfuerzo muy grande”. Chelm, de hecho, está desbordado. “Había tanta gente que por no quedarse fuera, a la intemperie, había que dormían a los lavabos”, recuerda. Aquel 8 de marzo, en el suelo frío de una región extraña, Vita cumplía años.

Llegaron a Barcelona el 10 de marzo por la noche, y durmieron todos juntos en la habitación que alquila Anastasiia en San Martín. El día siguiente, la chica se dirigió en la Cruz Roja y estos los derivaron al hotel de Sabadell.

La familia llega a Barcelona y se reencuentra con Anastasiia
La familia con Steven, ya en Barcelona

Un futuro incierto

Olena tiene gesto de soldado curtido. Se le descompone cuando Steven deja caer un fajo de billetes sobre la mesa, y la Anastasiia, con voz temblorosa, le traduce las palabras del inglés: “Recaudamos 2500 euros para el viaje, pero solo hemos gastado 1100. El resto es para vosotros”. Veintitrés personas pusieron dinero en la recaudación. Olena no habla castellano, ni inglés, pero mira a Steven y con voz clara y ojos relucientes pronuncia un ‘gracias’ que resuena entre las paredes del Gran Hotel Verdi.

De izquierda a derecha: Anastasiia Maliarchuk, Yurii, Vita, Arina, Anastasiia Prokopchuk, Olena y Steven, en el recibidor del Gran Hotel Verdi

En Chernyakhiv, los hombres están gastando los pocos ahorros que les quedan. No pueden trabajar porque tienen que proteger el pueblo, así que sus ingresos son nulos, y los gastos, por pocos que sean, se acumulan. Vita apenas acababa de remodelar el piso, y se habían ido de vacaciones a Egipto semanas antes de la guerra.“ Nadie esperaba que una invasión truncara su vida: “Es como vivir en una película”. Tampoco tienen plan ‘b’. “No queremos ni pensar en la posibilidad de no volver pronto”, asevera Olena.

El mundo, como Arina, y Yurii y Vita y Olena y Anastasiia Maliarchuk y su tocaya Prokopchuk, mira hacia Ucrania. Ucrania nos duele. El combustible de Putin, señala Steven, es la distorsión y, sobre todo, la construcción de una dualidad que define nuestros tiempos: ellos y nosotros. Y esta vez, ‘ellos’ es el pueblo ucraniano, ‘ellos’ es Europa.


Esta es la versión en castellano del artículo publicado en el diario digital TOT Barcelona. Si queréis leer la versión en catalán, podéis hacerlo aquí.

Sobre imprentas y personas

Ángel tiene una imprenta en la Calle Navarra de Barcelona. Acontrafibra no tiene rótulo, así que le he de pedir que salga a buscarme porque no soy capaz de encontrarla. El hombre, de barba blanca, viste una boina gris como las de antes y un delantal negro sobre una camisa granate. Enseguida me cae bien. Las boinas me inspiran confianza.

Entrar en el local es como dar un salto en el tiempo. Máquinas centenarias que compró a peso —porque, dice, «ya no tienen ningún otro valor»—, plomo y mil tipografías diferentes.

Voy en busca de un titular. Estoy escribiendo un artículo sobre como ha afectado el encarecimiento del papel y el cartón a las pequeñas imprentas de Barcelona. Quiero porcentajes, números que reafirmen mi tesis. No puede ofrecerme gran cosa, porque el suyo es un caso particular. Me cuenta que las pequeñas imprentas no han notado la subida del precio del papel tanto como las que hacen grandes tiradas. Las editoriales son las más perjudicadas por la coyuntura. Una editorial con la que colabora Ángel ha tenido que imprimir en Croacia. El digital permite eso. «Ahora —incide—, en lugar de tardar dos semanas como sería si lo imprimieran aquí, tardan un mes». «Es un buen dato», pienso.

Lo cierto es que no tengo mucho tiempo. Mi jefa me va a pedir el artículo a fin de semana, y no me conviene, por muy frívolo que suene, perder el tiempo de charla. Pero la verdad es que eso se me olvida rápido. Porque Ángel me ha enamorado.

En una entrevista, sabes a qué vas. El objetivo último es sacar información, no expandir tu círculo de amistades. Generalmente, buscas alguna declaración y un buen titular. No suele haber intercambio de impresiones en profundidad. Vas, preguntas y te marchas con paso apremiante porque el tiempo se te viene encima y tienes un plazo que cumplir. El periodismo suele pone a prueba mi capacidad de rehacer el horario que, ingenua de mí, tenía previsto seguir a rajatabla durante la semana.

Pero Ángel responde y también escucha. Sé que le interesa lo que le cuento cuando pregunta más. Hago un amago de despido un par de veces, pero seguimos dándole a la lengua. Yo, porque hacía tiempo que no me sentía tan a gusto en una entrevista. Como la Blanca persona, no la Blanca periodista, que son indivisibles, menos cuando ha de dejar de escribir en primera persona. Entonces, Blanca solo existe a medias, tras el telón.

Tal vez sea puro narcisismo pero nunca me ha gustado que el periodista sea un ente invisible tras la noticia. La mano «neutral» que escribe y que le tiene un pavor absurdo al «yo». Me recuerda a eso de ‘si no miras, no está’.

Por eso me quedo unos minutos más.

Ángel no vive de la imprenta. «A duras penas cubro los costes», comenta. Para él es más un hobby, una manera de conservar el oficio y no perder la ilusión. Justo antes de la pandemia, se quedó en el paro, hasta que consiguió un trabajo en un departamento de comunicación. También da clases de tipografía en la UOC.

Estudió Artes gráficas y comunicación audiovisual, pero lo que de verdad le gusta es juntar letras. Letras que son de plomo y que ahora son pequeñas reliquias que almacena en su local.

Ángel me explica que muchas imprentas han cerrado durante la pandemia. «Hoy en día tener una imprenta es una ruina» —admite—. «He intentado vivir de esto pero no he podido». Tampoco se lamenta. «Voy tirando», sonríe.

Antes de marcharme, esta vez de verdad, Ángel me recomienda un libro.:»El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital», de la filósofa Remedios Zafra. Se siente identificado en las vivencias de la autora. Yo me siento identificada con su amor por una profesión que ya no es lo que era.

A/A: Nueva York

Querida, aquí estamos otra vez. Esta vez, tú lejos, en tu gris invernal, y yo en la calidez del hogar. Siento decirte que no te echaré de menos, aunque algo me dice que volveremos a vernos. Esto siempre funciona igual.

Has sido una amiga difícil. Me he redescubierto sola y valiente entre tus edificios de luz y sombras. Allí te dejo mi fantasma, la que fui y la que no volveré a ser jamás. Sabes que lo digo sin rastro de tristeza. Cada día soy más pragmática.

He perdido cosas que en realidad no tenía y he ganado un imperio que lleva conmigo toda la vida. Se mire por donde se mire, y mi vena competitiva fijo que se congracia conmigo, he salido ganando.

Cómo es la vida de zorra que te busca vulnerable —y te encuentra, siempre— para mostrarte —o pegarte una paliza emocional, según como se mire— que nunca más serás la que fuiste, y mientras examinas tu ingenuidad medio muerta en algún banco de Central Park, te das cuenta de que no la echarás en falta. Total, solo te ha traído problemas, y de los malos, porque ambas sabemos que hay complicaciones a las que hay que sucumbir.

Y ahora que eres libre, y no te importa abandonar a esa tonta moribunda, sabes que no mirarás atrás ni para coger impulso.

No tuviste piedad y yo tampoco voy a tenerla contigo. Así funciona nuestra amistad, ¿verdad? Siempre te daré las gracias por ello.

Me despido de ti, ahora sí, que ya toca, querida. No quiero pasarme de nostálgica. Lo vivido permanecerá conmigo.

Siempre tuya,

Blanca

No culpes a la herramienta de tus carencias

Creo en la meritocracia como vía utópica para un mundo mejor. En España, sin embargo, la democratización de la mediocridad es una realidad con la que se encuentran los jóvenes y veteranos profesionales. Joan Cañete, subdirector de El Periódico de Catalunya, me decía en un correo que apure Nueva York hasta la última gota, porque aquí la meritocracia aún funciona, al menos de forma relativa. 

Y aplico su consejo. Con tristeza, porque quiero volver a casa. No quiero quedarme en este país, que aunque impresiona por la abundancia de rascacielos y pantallas brillantes de colores, mucho tiene que envidiar a nuestro patrimonio cultural -y nuestra gastronomía-. No sabemos lo que tenemos en casa. Pero el complejo de inferioridad de los españoles es otra historia. Vine a estudiar en busca de una oportunidad. Una oportunidad que mi país no me ofrece. Más me valdría ser una tonta sin ambición, porque entonces seguro que el golpe de suerte llegaría.

“La profesión (el periodismo) está como está”, “Es ingrato, porque se te acumularán correos y llamadas sin contestar, pero intenta proponer temas concretos”, “Ya no aceptamos colaboradores”… El otro día leía un artículo de David Jiménez en el que decía que “Los mejores reporteros y sus historias rara vez van ya a portada, salvo cuando los secuestran o matan”. Albert Molins, jefe de sección de La Vanguardia, me explicaba, en tono sarcástico, que “hemos descubierto que se puede hacer periodismo desde casa”. Parece una broma de mal gusto. Porque yo sigo pensando que es la profesión más bonita del mundo. Si nos dejaran ejercerla, claro está.

Las oportunidades para los periodistas jóvenes son menores. Meter la patita en un medio ya es complicado, pero después todo va rodado, dicen. A mí me cuesta creerlo. Me da la sensación de que después de toda la ilusión y el tiempo invertido, voy a parar a un vertedero. Menos corresponsalías, menos cobertura internacional, teletrabajo, falta de mentores e idiotas a tutiplén. Lo peor no es la falta de medios, ni la precariedad. Lo peor es la indiferencia. 

Cuando conocí a mi pareja, me dijo que no le gustaban los periodistas. Yo me enzarzé en una discusión defendiendo el sentido de la profesión, como si una estudiante sin prácticas, solo por su fe ciega en el buen periodismo, ya pertenciera a ese colectivo, como si hubieran atacado mi propia integridad. Es un pensar generalizado, el suyo. “Los periodistas mienten”, “están comprados por partidos políticos”, “no me creo nada de lo que salga en la prensa”…Y aún así, los medios de prensa justifican el malogro de la profesión con la pérdida de ingresos por publicidad, con el cambio de modelo que ha supuesto la irrupción de internet. 

Los idealistas que se lanzaron a descubrir el mundo se cuentan ahora a cuentagotas. Y las generaciones futuras de periodistas, mi generación, paga el pato. Al menos los que tienen algún interés, que os lo puedo asegurar, cada vez son menos. Una compañera de facultad preguntó hace unos días a la universidad si no se habían planteado ofrecer un grado de Publicidad y Periodismo. Como mezclar aceite y vinagre. Como ponerle piña a la pizza. 

¿Pero quién la puede culpar? El grado de Periodismo y Comunicación Corporativa —que no es lo mismo que publicidad, pero casi— de Blanquerna, ha tenido un gran éxito. Los jóvenes ven en la comunicación en las empresas una salida segura, mientras que los cimientos que sustentaban el periodismo viejo, el que alumbró verdades que conmovieron al mundo, caen.

Y no es por la llegada de internet, señores. Hace unos años leí un libro que se titulaba “No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas”. No recuerdo ni el argumento de la novela, pero la frase me hizo gracia. En este caso, tal vez sería más preciso decir “No culpes a la herramienta de tus carencias”.

No se mientan a ustedes mismos. Ustedes han hecho esto, y a nosotros nos va a tocar arreglarlo. Mi duda es si habrá alguien dispuesto. Porque a todos aquellos que menosprecian el trabajo de los periodistas, a todos aquellos que no responden los correos de jóvenes talentosos con ganas de trabajar, a todos aquellos que optan por la opción fácil, a ustedes debería preocuparles si en unas décadas quedarán periodistas que ignorar.

Creo en el poder de las palabras. Ojalá alguien oiga estas.

Nueva York, la dama gris

Nueva York tiene el corazón gris. Lo sé igual que sé que el Hudson esconde tantas historias turbulentas como botellas rotas decoran los rincones de la ciudad. Hay una nube negra que sobrevuela nuestras cabezas y ensombrece cada calle, acentuando nuestros pasos. Aquí parece que cada bocanada de aire importa más. Tal vez por eso estoy más callada mientras caminamos a la vera del río, con el puente de Brooklyn y el de Manhattan, paralelo, erigiéndose imponentes sobre las aguas embravecidas.

Esto no es el norte, pero hay una calma sepulcral que augura muchas tormentas, y hay algo en el aire que me hace evocar a los acantilados cantábricos. Nueva York es salvaje de una forma civilizada. Tal vez es la añoranza la que me mueve a buscar similitudes donde no las hay. Echo de menos la brisa marina, la mano de Quim sobre la mía, su cuerpo envolviéndome y ahuyentando el frío. La habitación 106 sigue siendo un congelador, aunque Raúl nos preste mantas. Laura y Bea duermen con bufanda y guantes, y yo cada día me voy a dormir recordándome que al día siguiente he de volver a Marshall’s para comprar un par de calcetines gruesos y calentitos. Me acuerdo de mi abuela recordándome que no meta la chaqueta de punto en la secadora.

Txabo me explica muchas cosas sobre fotografía y escucharle es reconfortante mientras le sigo hacia Wall Street. Nunca se me ha dado bien elegir el buen camino, pero él tiene un mapa en la cabeza y me fío de su intuición. De camino a Chinatown, paramos en el jardín de Elisabeth Garden Street, que en pleno Soho parece salido de un cuento de hadas.

De vuelta, Raúl y Carlitos siempre van delante, como Zipi y Zape, y yo pienso en las tres Marías que han cogido un ferry para ver la Estatua de la Libertad. Los chicos me dicen que desde el ferry se ve diminuta. Txabo sigue fotografiando a gente por la calle, con flash, mientras yo me fijo en los periódicos chinos, las puertas, las escaleras, los templos budistas y los farolillos de colores que adornan el barrio chino. De alguna forma, nos las ingeniamos para cenar en el único restaurante coreano de Chinatown. Allí me reencuentro con un viejo amigo, que ahora estudia en Columbia University. Pienso en todas las casualidades que han dirigido mi vida, y me digo que al final elijo solo la mitad del camino. Me pregunto si Quim estaría de acuerdo, si soportaría la idea de no poder ir siempre un paso por delante.

Por el camino, una catedral ucraniana, y una iglesia que a Raúl le recuerda a Hogwarts. A mí también, pero por mucho que lo intento, no consigo recordar su nombre. A las 9pm mis pies ya andaban solos.

Nueva York tiene un olor característico, como el agua de la ducha que compartimos en Rutherford. El otro día escribí que si el tono del poema Crossing Brooklyn Ferry de Walt Whitman fuera un color, sería azul. Me equivoqué. Sería gris, como el corazón de esta ciudad que tanto entraña.

El zoológico de Kirby Hall

En Rutherford hay castores. Puede parecer un detalle absurdo, pero después de ver ardillas, conejos, insectos del tamaño del dedo gordo de mi padre (y os aseguro que lo tiene muy muy gordo, como dos del mío), me he quedado mirando a ese bicho peludo y paticorto cruzar la carretera que separa el campus del cementerio, hasta que me he girado hacia una pobre chica que no conocía de nada, con cara de susto, para soltar un nada ingenioso ‘What’s that?’, a lo que ella me ha mirado como si me hubiera salido una antena y ha contestado ‘It’s a beaver’. Después se ha dado la vuelta y se ha marchado como si en Nueva Jersey habláramos de castores todos los días.

No ha sido la primera en mirarme así. En mi defensa diré que el día ha empezado raro. He dado más vueltas que una peonza para llegar al aula Kirby 229 para mi supuesta clase de Screenwriting I. Una señora simpatiquísima me ha llevado al edificio Kirby y otras dos me han mirado como si me faltara un tornillo cuando les he dicho que no existía el aula 229. El pasillo acababa en la 227, y al final solo había una escalera de incendios. He recordado cuando Txabo dijo que esto le recordaba a los edificios que aparecen en Resident Evil, y me he quedado un rato mirando ceñuda el letrero rojo de EXIT, intentando decidir si debía arriesgarme a que un zombie mugriento se zampara mis sesos. Si hay algún sitio donde debería haber zombies, es en esas escaleras de Kirby Hall.

No he tenido que pensarlo demasiado. Una chica también simpatiquísima ( ya os dije que aquí son muy risueños, por lo de los billetes escondidos en las macetas y eso) iba al mismo sitio y estaba preguntando a las dos mujeres (las que me habían mirado como yo al castor). Al final hemos encontrado la que ha resultado ser la clase de Organic Chemistry. Así que me he sentado, a pesar de los números raros del papel que me ha dado el profesor, a pensar en qué había hecho mal para que el día se torciera tanto y acabara escuchando a un hombre con boina hablar muy rápido sobre vete tú a saber qué de Química Orgánica (¿es que hay orgánica y no orgánica?). En ese momento, mi cerebro bien podría haber sido objeto de estudio.

Por suerte, el profesor me ha echado cuando se ha dado cuenta de que mi nombre no figuraba en la lista. He mirado a la chica simpatiquísima con pena al marchar. Y vuelta a empezar.

La profesora de Screenwriting I es joven y desentona con las paredes pálidas del aula Obal 205. Se pasea mucho, por lo que cada dos por tres he de estirar el cuello para verla por encima del cacharro que tienen por ordenador, uno delante de cada alumno. He probado de quedarme quieta y mirar las instrucciones que había proyectado, pero me gusta cómo mueve las manos, como si espantara moscas.

Por la tarde, mientras paseaba por la estación Grand Central de Nueva York, he pensado en ese castor solitario que se dirigía al cementerio, y me he acordado de la estatua de Alicia en el País de las Maravillas que vimos en Central Park el primer día que visitamos la ciudad. Aquí hay una frontera muy sutil que separa la realidad de la locura, y ese castor bien podría haberse tomado el té con el Gato de Chesire.

Para ti, Quim Félix, para que lo recuerdes cuando me eches de menos: «Me he visto obligado a matar al tiempo mientras esperaba tu regreso. En fin, el tiempo se ofendió y se paró del todo. Ya no hace ni un tic.» No dejes que tu reloj se pare estos meses, mi Sombrerero Loco. Te quiero en Nueva York, en el castillo de la Reina Roja y en el palacio de los sueños.

Hoboken y sus arcoíris

Hoboken tiene tantos letreros brillantes de colores que con un par de copas ya ves arcoíris bailando al son de ‘Gimme, gimme, gimme a man after midnight’, y con un par de chupitos más, los colores hasta te hablan de chicos que se dejan la cartera en el Uber. Solo que eso no me lo dijo ningún arcoíris parlante. Raúl tiene una sonrisa bonita y un agujero en el bolsillo, aunque él se lo toma con filosofía. Al conductor del Uber, un tal Farrouko, le ha tocado la lotería. Carlitos tiene un acento canario graciosísimo y Txabo parece pausado hasta que baila. Ayer de vuelta, en un arranque de sinceridad (de esas que me dan de tanto en tanto, cuando es de noche y me sube la sensiblería) le dije que me conformaba con llevarme de aquí una amistad de verdad, de las que no terminan. Será que tiene la mirada transparente. Me gustan las personas así.

Me imagino siempre a Quim diciéndome que no me fíe tanto de la gente, mi ángel guardián, pero es fácil encariñarse aquí, con vistas al río Hudson y al skyline de Nueva York. Estoy convencida de que ayer, en algún momento entre chupito-cerveza-bailoteo, fuimos invencibles.

Las luces de esta ciudad son infinitas, Quim, pero me pasaría la noche contándolas. ¿Te acuerdas de como se reflejaban las luces en el Sena? Como pinceladas vivas y danzantes. En Nueva York son distintas, más intensas y estáticas, pero me hacen sentir igual. La cima del mundo debe estar en alguno de esos rascacielos.

Los sótanos de Rutherford

Queridos lectores,

Os escribo en un bus dirección a New York, aún no acostumbrada al cambio horario, para poneros un poco al día.

De momento, la aventura promete. Mi universidad se encuentra en el pintoresco pueblecito de Rutherford, en New Jersey, en un tranquilo barrio residencial lleno de casitas (y el diminutivo es por lo entrañable, no por el tamaño) de colores con jardín, porche y verja. Y muchas —muchísimas— banderas de los Estados Unidos. Todo ello muy americano y extraordinariamente pulido, aunque aún no hemos visto ningún jardinero cuidando de las plantas. No hay una sola colilla en el suelo, y a pesar de que nos encontramos a veinte minutos de la gran ciudad, los edificios del pueblo, todo negocios y terracitas, no superan los tres metros. No me extrañaría que los gnomos de jardín cobraran vida al ponerse el sol para recoger toda la suciedad.

Después del laberinto de puentes y carreteras para llegar a New Jersey desde el hotel en el que nos alojamos la primera noche (donde teníamos unas vistas espléndidas del vertedero y los colchones más cómodos de América), Rutherford es un mundo aparte, y yo tengo la fantasía de que bajo esa fachada de perfecta normalidad, hay fajos de billetes escondidos en macetas, y algún cadáver en el congelador del sótano, porque por alguna razón, siempre hay un congelador en el sótano. Me muero por picar de puerta en puerta e investigar. Probablemente me dejarían pasar, me ofrecerían galletas, me enseñarían el álbum familiar, y después me meterían en el horno cuando oyera los gritos amortiguados del desván. Aquí todos son muy risueños. He buscado si había alguna casa encantada para los turistas curiosos. Me conformaba con un incendio, un suicidio colectivo por escape de gas o un robo que termina en el homicidio de una bonita familia adinerada. Pero nada de nada. Los habitantes de Rutherford son pacifistas.

Prinkle, la dependienta de lo que en España vendría a ser un chino de toda la vida, nos vendió ayer a Spencer, nuestra cesta de la ropa sucia. Le hemos cogido un cariño especial (sobre todo porque tiene ruedas). Bea dice que «salimos más caras que un hijo tonto», y Laura se ríe mucho, como siempre. Mi compañera de cuarto, Catherine Lopkin, resulta ser madrileña, y la mitad del equipo de fútbol es español. Nos sentimos como en casa, aunque aún no tenemos ni sábanas, ni llaves de la habitación, ni una cortina de ducha en condiciones (tiene un color amarillento muy sospechoso). Pero todo se andará. Aquí hasta los buses escolares (sí, esos amarillos de las películas americanas) y las escaleras de incendios (sí, esas por las que huyen los asesinos) nos parecen increíbles.

En Rutherford nunca pasa nada, parece, y a nosotras hasta eso nos resulta fascinante. Hasta la señora con malas pulgas que me ha prohibido coger más de una cookie en el desayuno (están para morirse tres veces), parece salida de una película de Hollywood. Daría el pego como carcelera, o como ayudante de cocina en una cárcel, o como presa de una cárcel. Como lleva la mascarilla, no puedo saberlo a ciencia cierta, pero juraría que tiene los dientes torcidos.

Os voy actualizando. Desde aquí ya veo los rascacielos. Son tan altos que me va a coger tortícolis en el cuello de tanto mirar hacia arriba. Si no alzas la vista demasiado, casi puedes imaginarte que son infinitos, y que en algún punto atraviesan el cielo y llegan a otro sitio.

Gracias siempre por leerme.

Hasta pronto,

Blanca