Nueva York, Día 15

Crónicas de New Jersey, Prosa

Nueva York tiene el corazón gris. Lo sé igual que sé que el Hudson esconde tantas historias turbulentas como botellas rotas decoran los rincones de la ciudad. Hay una nube negra que sobrevuela nuestras cabezas y ensombrece cada calle, acentuando nuestros pasos. Aquí parece que cada bocanada de aire importa más. Tal vez por eso estoy más callada mientras caminamos a la vera del río, con el puente de Brooklyn y el de Manhattan, paralelo, erigiéndose imponentes sobre las aguas embravecidas.

Esto no es el norte, pero hay una calma sepulcral que augura muchas tormentas, y hay algo en el aire que me hace evocar a los acantilados cantábricos. Nueva York es salvaje de una forma civilizada. Tal vez es la añoranza la que me mueve a buscar similitudes donde no las hay. Echo de menos la brisa marina, la mano de Quim sobre la mía, su cuerpo envolviéndome y ahuyentando el frío. La habitación 106 sigue siendo un congelador, aunque Raúl nos preste mantas. Laura y Bea duermen con bufanda y guantes, y yo cada día me voy a dormir recordándome que al día siguiente he de volver a Marshall’s para comprar un par de calcetines gruesos y calentitos. Me acuerdo de mi abuela recordándome que no meta la chaqueta de punto en la secadora.

Txabo me explica muchas cosas sobre fotografía y escucharle es reconfortante mientras le sigo hacia Wall Street. Nunca se me ha dado bien elegir el buen camino, pero él tiene un mapa en la cabeza y me fío de su intuición. De camino a Chinatown, paramos en el jardín de Elisabeth Garden Street, que en pleno Soho parece salido de un cuento de hadas.

De vuelta, Raúl y Carlitos siempre van delante, como Zipi y Zape, y yo pienso en las tres Marías que han cogido un ferry para ver la Estatua de la Libertad. Los chicos me dicen que desde el ferry se ve diminuta. Txabo sigue fotografiando a gente por la calle, con flash, mientras yo me fijo en los periódicos chinos, las puertas, las escaleras, los templos budistas y los farolillos de colores que adornan el barrio chino. De alguna forma, nos las ingeniamos para cenar en el único restaurante coreano de Chinatown. Allí me reencuentro con un viejo amigo, que ahora estudia en Columbia University. Pienso en todas las casualidades que han dirigido mi vida, y me digo que al final elijo solo la mitad del camino. Me pregunto si Quim estaría de acuerdo, si soportaría la idea de no poder ir siempre un paso por delante.

Por el camino, una catedral ucraniana, y una iglesia que a Raúl le recuerda a Hogwarts. A mí también, pero por mucho que lo intento, no consigo recordar su nombre. A las 9pm mis pies ya andaban solos.

Nueva York tiene un olor característico, como el agua de la ducha que compartimos en Rutherford. El otro día escribí que si el tono del poema Crossing Brooklyn Ferry de Walt Whitman fuera un color, sería azul. Me equivoqué. Sería gris, como el corazón de esta ciudad que tanto entraña.

Kirby Hall, Día 8

Crónicas de New Jersey, Prosa

En Rutherford hay castores. Puede parecer un detalle absurdo, pero después de ver ardillas, conejos, insectos del tamaño del dedo gordo de mi padre (y os aseguro que lo tiene muy muy gordo, como dos del mío), me he quedado mirando a ese bicho peludo y paticorto cruzar la carretera que separa el campus del cementerio, hasta que me he girado hacia una pobre chica que no conocía de nada, con cara de susto, para soltar un nada ingenioso ‘What’s that?’, a lo que ella me ha mirado como si me hubiera salido una antena y ha contestado ‘It’s a beaver’. Después se ha dado la vuelta y se ha marchado como si en Nueva Jersey habláramos de castores todos los días.

No ha sido la primera en mirarme así. En mi defensa diré que el día ha empezado raro. He dado más vueltas que una peonza para llegar al aula Kirby 229 para mi supuesta clase de Screenwriting I. Una señora simpatiquísima me ha llevado al edificio Kirby y otras dos me han mirado como si me faltara un tornillo cuando les he dicho que no existía el aula 229. El pasillo acababa en la 227, y al final solo había una escalera de incendios. He recordado cuando Txabo dijo que esto le recordaba a los edificios que aparecen en Resident Evil, y me he quedado un rato mirando ceñuda el letrero rojo de EXIT, intentando decidir si debía arriesgarme a que un zombie mugriento se zampara mis sesos. Si hay algún sitio donde debería haber zombies, es en esas escaleras de Kirby Hall.

No he tenido que pensarlo demasiado. Una chica también simpatiquísima ( ya os dije que aquí son muy risueños, por lo de los billetes escondidos en las macetas y eso) iba al mismo sitio y estaba preguntando a las dos mujeres (las que me habían mirado como yo al castor). Al final hemos encontrado la que ha resultado ser la clase de Organic Chemistry. Así que me he sentado, a pesar de los números raros del papel que me ha dado el profesor, a pensar en qué había hecho mal para que el día se torciera tanto y acabara escuchando a un hombre con boina hablar muy rápido sobre vete tú a saber qué de Química Orgánica (¿es que hay orgánica y no orgánica?). En ese momento, mi cerebro bien podría haber sido objeto de estudio.

Por suerte, el profesor me ha echado cuando se ha dado cuenta de que mi nombre no figuraba en la lista. He mirado a la chica simpatiquísima con pena al marchar. Y vuelta a empezar.

La profesora de Screenwriting I es joven y desentona con las paredes pálidas del aula Obal 205. Se pasea mucho, por lo que cada dos por tres he de estirar el cuello para verla por encima del cacharro que tienen por ordenador, uno delante de cada alumno. He probado de quedarme quieta y mirar las instrucciones que había proyectado, pero me gusta cómo mueve las manos, como si espantara moscas.

Por la tarde, mientras paseaba por la estación Grand Central de Nueva York, he pensado en ese castor solitario que se dirigía al cementerio, y me he acordado de la estatua de Alicia en el País de las Maravillas que vimos en Central Park el primer día que visitamos la ciudad. Aquí hay una frontera muy sutil que separa la realidad de la locura, y ese castor bien podría haberse tomado el té con el Gato de Chesire.

Para ti, Quim Félix, para que lo recuerdes cuando me eches de menos: “Me he visto obligado a matar al tiempo mientras esperaba tu regreso. En fin, el tiempo se ofendió y se paró del todo. Ya no hace ni un tic.” No dejes que tu reloj se pare estos meses, mi Sombrerero Loco. Te quiero en Nueva York, en el castillo de la Reina Roja y en el palacio de los sueños.

Hoboken, Día 7

Poesía

Hoboken tiene tantos letreros brillantes de colores que con un par de copas ya ves arcoíris bailando al son de ‘Gimme, gimme, gimme a man after midnight’, y con un par de chupitos más, los colores hasta te hablan de chicos que se dejan la cartera en el Uber. Solo que eso no me lo dijo ningún arcoíris parlante. Raúl tiene una sonrisa bonita y un agujero en el bolsillo, aunque él se lo toma con filosofía. Al conductor del Uber, un tal Farrouko, le ha tocado la lotería. Carlitos tiene un acento canario graciosísimo y Txabo parece pausado hasta que baila. Ayer de vuelta, en un arranque de sinceridad (de esas que me dan de tanto en tanto, cuando es de noche y me sube la sensiblería) le dije que me conformaba con llevarme de aquí una amistad de verdad, de las que no terminan. Será que tiene la mirada transparente. Me gustan las personas así.

Me imagino siempre a Quim diciéndome que no me fíe tanto de la gente, mi ángel guardián, pero es fácil encariñarse aquí, con vistas al río Hudson y al skyline de Nueva York. Estoy convencida de que ayer, en algún momento entre chupito-cerveza-bailoteo, fuimos invencibles.

Las luces de esta ciudad son infinitas, Quim, pero me pasaría la noche contándolas. ¿Te acuerdas de como se reflejaban las luces en el Sena? Como pinceladas vivas y danzantes. En Nueva York son distintas, más intensas y estáticas, pero me hacen sentir igual. La cima del mundo debe estar en alguno de esos rascacielos.

Rutherford, DÍA 1

Crónicas de New Jersey, Prosa

Queridos lectores,

Os escribo en un bus dirección a New York, aún no acostumbrada al cambio horario, para poneros un poco al día.

De momento, la aventura promete. Mi universidad se encuentra en el pintoresco pueblecito de Rutherford, en New Jersey, en un tranquilo barrio residencial lleno de casitas (y el diminutivo es por lo entrañable, no por el tamaño) de colores con jardín, porche y verja. Y muchas —muchísimas— banderas de los Estados Unidos. Todo ello muy americano y extraordinariamente pulido, aunque aún no hemos visto ningún jardinero cuidando de las plantas. No hay una sola colilla en el suelo, y a pesar de que nos encontramos a veinte minutos de la gran ciudad, los edificios del pueblo, todo negocios y terracitas, no superan los tres metros. No me extrañaría que los gnomos de jardín cobraran vida al ponerse el sol para recoger toda la suciedad.

Después del laberinto de puentes y carreteras para llegar a New Jersey desde el hotel en el que nos alojamos la primera noche (donde teníamos unas vistas espléndidas del vertedero y los colchones más cómodos de América), Rutherford es un mundo aparte, y yo tengo la fantasía de que bajo esa fachada de perfecta normalidad, hay fajos de billetes escondidos en macetas, y algún cadáver en el congelador del sótano, porque por alguna razón, siempre hay un congelador en el sótano. Me muero por picar de puerta en puerta e investigar. Probablemente me dejarían pasar, me ofrecerían galletas, me enseñarían el álbum familiar, y después me meterían en el horno cuando oyera los gritos amortiguados del desván. Aquí todos son muy risueños. He buscado si había alguna casa encantada para los turistas curiosos. Me conformaba con un incendio, un suicidio colectivo por escape de gas o un robo que termina en el homicidio de una bonita familia adinerada. Pero nada de nada. Los habitantes de Rutherford son pacifistas.

Prinkle, la dependienta de lo que en España vendría a ser un chino de toda la vida, nos vendió ayer a Spencer, nuestra cesta de la ropa sucia. Le hemos cogido un cariño especial (sobre todo porque tiene ruedas). Bea dice que “salimos más caras que un hijo tonto”, y Laura se ríe mucho, como siempre. Mi compañera de cuarto, Catherine Lopkin, resulta ser madrileña, y la mitad del equipo de fútbol es español. Nos sentimos como en casa, aunque aún no tenemos ni sábanas, ni llaves de la habitación, ni una cortina de ducha en condiciones (tiene un color amarillento muy sospechoso). Pero todo se andará. Aquí hasta los buses escolares (sí, esos amarillos de las películas americanas) y las escaleras de incendios (sí, esas por las que huyen los asesinos) nos parecen increíbles.

En Rutherford nunca pasa nada, parece, y a nosotras hasta eso nos resulta fascinante. Hasta la señora con malas pulgas que me ha prohibido coger más de una cookie en el desayuno (están para morirse tres veces), parece salida de una película de Hollywood. Daría el pego como carcelera, o como ayudante de cocina en una cárcel, o como presa de una cárcel. Como lleva la mascarilla, no puedo saberlo a ciencia cierta, pero juraría que tiene los dientes torcidos.

Os voy actualizando. Desde aquí ya veo los rascacielos. Son tan altos que me va a coger tortícolis en el cuello de tanto mirar hacia arriba. Si no alzas la vista demasiado, casi puedes imaginarte que son infinitos, y que en algún punto atraviesan el cielo y llegan a otro sitio.

Gracias siempre por leerme.

Hasta pronto,

Blanca

Periodismo de filtración, el periódico como tablero de juego del poder

Periodismo, Reportaje

La decadencia del periodismo de investigación en la prensa española: sobre como la actualidad se ha convertido en un vasto terreno vedado en el que solo se puede pasar de puntillas

Decía Gabriel García Márquez que “la investigación, como sinónimo de verificación, confrontación y profundización, es intrínseca al ejercicio del periodismo”. En épocas turbulentas, el periodismo de investigación es un freno natural a la emergencia de radicalismos y populismos. Sin embargo, desde mediados de 2014, la corrupción y el fraude representan el segundo problema más importante del país –solo aventajado por el paro y, en algunos momentos puntuales, por la independencia de Cataluña– según el barómetro del CIS (2018), y es que esta etapa de inestabilidad ha coincidido con la debilidad de la prensa española. 

El periodismo de investigación, de tradición estadounidense, no ha llegado a consolidarse nunca en España, aunque existen casos aislados de periodistas que lo ejercen. David Jiménez, exdirector de El Mundo, es rotundo en su afirmación: “En España no existe el periodismo de investigación, sino una inercia hacia un periodismo de filtración partidista y sesgado ideológicamente”. David relata que en su época como director de El Mundo, el informante de turno fue Jorge Fernández, exministro del Interior, de cuyas confidencias acabó prescindiendo durante su año en el despacho. “Los motivos para filtrar una información –explica el periodista de investigación del ABC Javier Chicote– son principalmente dos: el beneficio personal, que incluye la venganza, y el cargo de conciencia, y el más habitual es el primero”. De ahí que filtraciones no contrastadas inunden los titulares de la prensa diaria.

Javier Chicote,
periodista de investigación

Javier Chicote transitó las redacciones de El Mundo, Interviú, Público y El Confidencial antes de establecerse en el ABC, lo que le otorga una visión amplia del panorama periodístico. Además, es uno de los miembros fundadores de la Asociación de Periodistas de Investigación (API). El caso Gürtel, la caja B, la tesis doctoral de Pedro Sánchez o el desvío de fondos de la Fundación Leo Messi son solo algunos de los casos en los que ha participado, si no liderado, con su labor investigativa, a pesar de ser el único periodista en el ABC que se dedica a la investigación a día de hoy. “Si la filtración es un taco de folios al que solo hay que darle formato periodístico, nunca podrá venderse como una investigación, sino como periodismo de dossier”, concluye. 

La ética de las finanzas absorbe la deontología periodística

David Jiménez lo tiene claro: “España es uno de los países “desarrollados” que ha vivido un mayor deterioro de la libertad de prensa”. Después de muchos años de corresponsalía, el antaño reportero de guerra aceptó el cargo de director del periódico a finales de 2015, y ocupó el despacho hasta mayo de 2016. Así lo explica en su libro “El Director” (2019), donde los entresijos internos de la redacción y los tejemanejes constantes de las élites por controlar el flujo de información están a la orden del día. Tras su destitución, David se convirtió en el primer director de periódico del país que se acogía a la cláusula de conciencia de la Constitución. Las manipulaciones y las presiones a las que se vio sometido, sin embargo, las viven muchos periodistas. El 33% de los contratados y el 44% de los autónomos encuestados por la Asociación de Prensa de Madrid (APM) señalan los intereses particulares de las empresas para las que trabajan como la causa primordial de las presiones.

La pérdida de la independencia se posiciona como la razón principal y, a su vez, como la consecuencia primera. Un pez que se muerde la cola. Y va a más. Según el periodista y escritor polaco Ryszard Kapuściński, “los buscadores de la verdad de antaño, a menudo idealistas, han sido sustituidos en las cimas del poder del mundo mediático por hombres de negocios que en muchos casos nada tienen que ver con el periodismo”. Javier Chicote se hace eco de sus palabras y añade que estos empresarios contratan a “grandes” periodistas para que dirijan los medios informativos en un escalón por debajo de los directivos. De esta manera, –continúa– “estos profesionales del periodismo se convierten en una prolongación de sus amos y señores, que no les consienten desarrollar su labor de acuerdo a la deontología periodística, sino según la ética de las finanzas”. Así, la actualidad queda reducida a un campo de minas, un escenario hostil al periodismo de investigación.

A todo esto, Bru Rovira, que trabajó en La Vanguardia durante 25 años hasta el despido colectivo de 2009, matiza que “en los últimos años ha habido una pelea ideológica en la prensa, no informativa”. Bru sabe de lo que habla. Ha cubierto conflictos y acontecimientos que marcaron el final de la guerra fría y es un gran conocedor de los contextos africanos. Y de la vida, en general. Cuando habla, uno sabe que debe callar y escuchar atentamente. Este veterano recibió en 2002 el Premio de Periodismo Miguel Gil y en 2004, el Ortega y Gasset. “Ahora la dificultad no es la verdad, como en la época de Franco, sino este marco de debate colectivo, en el cual la banalización y el espectáculo distraen sobre los elementos fundamentales”, explica. 

El mito de la independencia editorial: ¿El cuarto poder?

En el ideario liberal clásico, el periodismo constituye “el cuarto poder”. Sin embargo, según Noam Chomsky, en el capitalismo real esto jamás se produce: “Los periódicos, las televisiones y la radio están al servicio de los empresarios y contribuyen directamente a la dominación y al control del pensamiento de la población”. Este politólogo y filósofo judío sostiene que “no son ‘un cuarto poder’, sino parte esencial de un único poder”.

El caso de domesticación de El Mundo es un ejemplo de ello. Después de haber sido asediado durante mucho tiempo, el fuerte cayó. Para conseguirlo, dice David Jiménez, se despidió a cuatro directores (Pedro J. Ramírez, Casimiro García Abadillo, al mismo David Jiménez y a Pedro Cuartango) y a 200 periodistas en el lapso de tres años, entre 2014 y 2017. Todos ellos habían mantenido fricciones con la dirección del grupo editorial. Pedro Cuartango, muy en línea al argumentario de David Jiménez, dijo en una entrevista en El Español que había sido un periodista incómodo, no manejable: “He preferido defender mi independencia como director a mi continuidad y eso tiene un precio”. 

David, por su parte, recuerda como vivió el caso de los papeles de Panamá al frente de El Mundo. Según su relato, cuando descubrieron que el antaño Ministro de Industria, José Manuel Soria, tenía una sociedad en otro paraíso fiscal, el entonces presidente de Unidad Editorial, Antonio Fernández Galiano, se resistió a publicarlo porque guardaba amistad con el político. De todas formas, David publicó la exclusiva que hizo dimitir a Soria. “Tampoco es que uno se alegre de que alguien pierda su trabajo, pero si es un ministro que está implicado en algo turbio, te alegras como si tu equipo hubiera ganado la Champions”, explica David, mientras rememora el ambiente de orgullo que se respiró durante unos días en el periódico. Esta y otras trifulcas terminaron, como en el caso de los otros directores, en su destitución.

David Jiménez,
reportero y exdirector de El Mundo

En este continuo tira y afloja, no todos los periodistas están dispuestos a pagar las consecuencias, lo que se traduce, en muchas ocasiones, en censura. Según la Asociación de Prensa de Madrid (APM), en torno al 60% mantienen que inicialmente se oponen a la presión, pero acaban por ceder. “No podemos exigir la misma integridad y resistencia al poder a un periodista que necesita ese sueldo para llegar a fin de mes que a periodistas que se encuentran en una situación privilegiada y que siguen arrodillándose ante el poder para mantener su estatus”, opina David. 

A la crisis y la precariedad, más periodismo

Bru Rovira es uno de tantos reporteros de internacional que sufrieron en 2009 la reducción de las corresponsalías, dando por terminada una carrera de 25 años en La Vanguardia. “Yo siempre pensé que te despedían porque habías hecho algo que no les había gustado, pero no, te despedían porque en una hoja de excel ponía que salías caro”, explica. La Asociación de Prensa de Madrid refleja, en este sentido, que los profesionales que trabajan en comunicación se sienten, en general, más satisfechos que aquellos que se dedican al periodismo. 

Según la APM, la crisis de la prensa generada por la transformación digital y agravada por la crisis económica provocó, a lo largo de la última década, la salida de más de 12.000 profesionales de todo tipo de los medios. En septiembre de 2019, el número de periodistas parados ascendió a 7.003 profesionales, un 2,6 % más que el año anterior. Se rompía así una racha de descenso del número de parados, que alcanzó su punto cénit en 2013 con 10.560 periodistas en paro registrado. Por otro lado, la mala retribución del trabajo periodístico se posiciona como el principal problema de la profesión.

“Lo que yo hice con 24 años, que cogí la maleta y me fui de corresponsal a Asia, con los gastos totalmente pagados por el periódico, es una posibilidad que ya prácticamente no existe”, declara el exdirector de El Mundo. David recuerda los ERES que se sucedieron en 2016: “Yo llegué al periódico con la promesa de que me iban a dar medios, tiempo y recursos para transformar el periódico y al quinto mes me dijeron que tenía que despedir a un tercio de la plantilla”. Por aquel entonces, el Washington Post vivía también unos años duros para darle la vuelta a la situación, pero su plan de transformación, de inversión y de apuesta periodística a medio plazo, reflotó el buque. 

Este mismo ejemplo usó David para tratar de persuadir a los directivos de que la estrategia correcta para salir de la crisis, no solo ética sino también en cuanto al negocio, era buscar la independencia del medio. “Para salir de la situación de crisis que vivían los medios, había que apostar por más periodismo, pero en España recortaron en periodismo, lo que se tradujo en despidos masivos, precariedad de los freelance y cierre de corresponsalías”, explica. “Eso sí, -objeta- manteniendo los coches de empresa de los directivos, las comilonas y demás excesos”. Cinco años después de su destitución, los periódicos empiezan a buscar modelos de suscripción, pero no tienen la confianza de los lectores. “Hubo falta de visión”, resume David.

La publicidad como moneda de cambio

Que una investigación periodística dé beneficios económicos al medio que la promueve es casi el único motivo que puede hacer prevalecer el género investigativo frente a las represalias del poder, como bien afirma Javier Chicote en su tesis. El alemán Günter Wallraff (con obras como Cabeza de turco o El periodista indeseable) pudo seguir adelante porque vendía muchísimos libros. Pero hay pocos Günter Wallraff. 

Javier Chicote,
periodista de investigación

Si se considera el gran pilar de la industria, la inversión publicitaria, entre el inicio de la crisis económica en 2008 y 2018, cayó el 30%, de 6.517 millones a 4.558 millones de euros, según datos del estudio i2p, de la consultora Media Hotline. Este descenso en los ingresos publicitarios ha perpetuado aún más que el stablishment tenga la sartén por el mango, y los periodistas quedan subyugados a su voluntad. Según la APM, las presiones más frecuentes consisten en pedir insistentemente a periodistas y medios que alteren sus informaciones, aunque en torno al 20 % reconocen que una presión frecuente es amenazar con retirar las campañas de publicidad.

Javier Chicote ha vivido en reiteradas ocasiones los sinsabores de la profesión. “Un periodista de investigación es una figura incómoda tanto para el periódico como para el stablishment”, apunta. El periódico se ve obligado, en ocasiones, a prescindir de su principal fuente de ingresos cuando la exclusiva involucra a uno de sus anunciantes, y a costear las demandas y las querellas que se deriven. El periodista del ABC recuerda que el investigar a una empresa española del IBEX35, le costó a su periódico del orden de 200.000 a 300.000 euros. “Quienes pueden hacer periodismo de investigación son aquellos medios que tienen solvencia económica”, subraya Javier, que incide que, sin embargo, los grandes medios buscan no enemistarse con el poder de turno para preservar una situación de privilegio. 

Por otro lado, un medio pequeño no tiene esas rémoras, pero además de su incapacidad para costear un equipo de investigación, es económicamente muy frágil frente a un gigante empresarial. 

Superficialidad y sedentarismo

Bernstein y Woodward salieron incólumes de sus revelaciones porque cumplieron minuciosamente con el dictado de su director, Ben Bradlee, quien les impuso la regla de que cada información estuviera respaldada por tres fuentes distintas, e incluso cuatro en casos muy especiales. Hoy esto suena casi a ciencia-ficción.

Aunque desde finales de la década de los 2000 surgen movimientos de apoyo al slow journalism, que aboga por moderar los ritmos de producción y consumo informativos en contraste con el culto a la inmediatez,  los datos de la APM muestran que, aproximadamente, la mitad de la información que se utiliza procede de fuentes públicas, y la otra mitad, de fuentes exclusivas, con una ligera preponderancia de quienes manifiestar usar más estas últimas. Esto se traduce en una gran homogeneidad de las ofertas informativas a disposición de los ciudadanos.

La ausencia de mentores para los periodistas novatos explica en cierta forma el deficiente tratamiento de las fuentes y la falta de rigor. Los periodistas de largo recorrido son despedidos de las redacciones, por lo que los jóvenes informadores se quedan sin maestros.”Aunque todos hemos sido jóvenes y aprendido sobre la marcha, no se puede dar tanta responsabilidad a periodistas principiantes, mientras se prescinde de los veteranos, cuando la mezcla de unos y otros debe ser el único camino”, escribe Mercedes, periodista y especialista en temas de comunicación, en la revista de la Asociación de la Prensa de Madrid en 2010.

Bru Rovira, reportero especializado en internacional

Las voces de la experiencia periodística hablan de falta de identidad, de trivialización de las noticias y de pérdida de profundidad de mirada. “En este análisis del mundo, tenías tu paraguas ético, un sistema de valores bastante sólidos para analizar aquella debacle, pero ahora no hay nada sólido”, explica Bru. Este curtido reportero señala que se han cambiado las jerarquías laborales, tanto en cuanto a la pirámide de reconocimiento como a la escala de lo importante y lo secundario en las informaciones. Bru afirma que antes el periodismo se estructuraba en gente mayor y gente joven, “gente que sabía y gente que aprendía”, y que había un sistema de trabajo y debate, porque “la redacción era viva”. Bru sonríe al recordar viejos tiempos: “Las redacciones no eran asépticas como ahora: había whisky y se fumaba. Se vivía. Nos gustaba ir a trabajar porque éramos una familia”. 

Por otro lado, se muestra  atónito ante las portadas actuales, en las que abundan titulares relacionados con el fútbol. “Antes podías abrir con política nacional o local pero lo más importante era internacional, y la cultura siempre iba antes que el deporte”. A Bru le preocupa que haya más periodistas formados en la publicidad que periodistas posicionados en la independencia. “O volvemos a humanizarnos, a ser personas individuales que piensan, razonan y preguntan, o nos vamos al gregarismo total”, advierte. El corresponsal sabe que la información pura y simple se olvida: “Que han muerto quince personas en Birmania no le interesa a nadie, se ha de ir más allá y empatizar con el lector”. 

Bru recuerda que cuando escribió los artículos sobre el genocidio de Ruanda, pensó que “aquello era durísimo, que no respiraba por ningún sitio”. Entonces se vio obligado a escribir como quien crea una sonata musical, con sus adaggio y sus vivato. “También somos escritores”, recuerda y, como tal, “debemos despertar emociones y abrir puertas en la cabeza del lector” . 

Una mirada al futuro: La digitalización, un paso hacia adelante

“La filosofía de los negocios, entregada al mercantilismo y a la influencia política, es incompatible con el periodismo de investigación”, escribió Javier Chicote en su tesis doctoral, que desarrolló entre 2001 y 2005. Sin embargo, dice, ahora tendría que reescribirla, pues su publicación fue previa a la revolución digital, que ha provocado la aparición de muchos medios digitales, dificultando el control de unas élites acostumbradas a manipular a tres o cuatro grandes concentraciones empresariales. El Confidencial empezó a funcionar con apenas 300.000 euros y a día de hoy tiene 100 periodistas, cuando antes se necesitaban 60 millones de euros para poner un periódico en marcha. Además, añade Javier, la digitalización ha supuesto un salto cualitativo enorme, pues ya no hace falta personarse en algunos sitios. “Antes tenías que ir en persona al registro mercantil, hacer el encargo, pagar unas tasas y esperar a que te citaran para la semana siguiente, o tirar de hemeroteca”, recuerda. 

David Jiménez,
reportero y exdirector de El Mundo

David señala que aunque se cierran puertas al periodismo de investigación, la digitalización ha abierto la veda a nuevos formatos que permiten explorar los temas con profundidad, como libros de reportajes, documentales y podcast. “Lo nuevo es una combinación de las nuevas herramientas con la esencia del mejor periodismo de toda la vida”, asegura. Bru Rovira lleva varios libros de reportajes a sus espaldas, entre los que se encuentran “El mapa de nuestras vidas” (2017), “Solo busco un poco de belleza” (2016) o “Áfricas” (2006). “Trabajar un tema a fondo funciona”, afirma. Y es que el reporterismo literario se erige cada vez más como una salida para el “periodista escritor”.

“Yo quiero pensar que el periodismo a la larga gana”, dice David Jiménez. El autor ve la publicación de “El Director” como un gran triunfo del periodismo, pues la directiva no consiguió frenarla a pesar de los escollos iniciales y el litigio posterior, que concluyó finalmente en un acuerdo entre ambas partes tres días antes del juicio. “La verdad de lo que ocurrió ese año se ha impuesto y se va a imponer todavía más cuando el libro sea llevado a la pantalla”, argumenta. Además de “El Director” (2019), David nos traslada con sus crónicas a un mundo de paraísos perdidos, guerras improbables y lugares marcados por las luces y las sombras en “El lugar más feliz del mundo” (2017) o “Hijos del monzón” (2007). Para este contador de historias, el periodismo, igual que la literatura, sirve para explicar la condición humana y sus contradicciones: “el periodismo contribuye a descubrir que en todos nosotros hay un lado bueno, pero también hay una frontera interior y al otro lado hay algo más oscuro”. Coincide Bru, que recuerda que la guerra saca lo mejor y lo peor del ser humano. “El periodismo ha de explicar por qué se produce ese mal”, incide David, y puntualiza que “el decantarse por hacer un periodismo al servicio de los lectores o al servicio del poder, no es una cuestión periodística, sino moral”. No andaba errado Kapuściński cuando decía que para ser un buen periodista hay que ser buena persona, a pesar de lo manido de la frase.  

A pesar de las vicisitudes, ninguno de los tres periodistas cambiaría de profesión. “Para mí, el periodismo sigue siendo el mejor oficio del mundo”, concluye Bru. 


Bibliografía

JIMÉNEZ, DAVID

2019: El Director. Madrid, Libros del K.O.

Asociación de la Prensa de Madrid (APM) Informe 2019

CHICOTE LERENA, JAVIER

2006: Los enemigos del periodismo de investigación.

CHICOTE LERENA, JAVIER

2005: El Periodismo de investigación en España. Praxis: causas y efectos de su marginación.

KAPUŚCIŃSKI, RYSZARD

2002: Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. Barcelona, Anagrama.

BRADLEE, BENJAMIN

2000: La vida un periodista. Madrid, Ediciones El País.

Gabriel García Márquez (1996, octubre 20): “El mejor oficio del mundo”. El País. Sección Tribuna. (24.10.2018).

WOODWARD, BOB y BERNSTEIN, CARL

1974: El Escándalo Watergate (All the President’s Men). Barcelona, Euros.

Sobre Pasternak, Salinger, pantorrillas y la fórmula milagrosa para llegar a la Luna

Recomendación literaria

Cuando nos estábamos conociendo, le pregunté a Quim cuáles eran sus libros preferidos. Él me citó dos: Doctor Jivago y El guardián entre el centeno. Por aquel entonces —y lo digo así porque parece que ha pasado una eternidad, aunque apenas hace un año—, yo sabía lo mismo de Boris Pasternak y de J. D. Salinger que de patologías de pie y tobillo. Hoy he visto un folleto universitario bastante perturbador que anunciaba un máster con ese título. Andaba distraída y he pensado en lo desconsiderado —y desconcertante— que era dejar fuera a las pantorrillas. Entonces, me he propuesto usar más la palabra pantorrilla, porque es tan fea que da pena no usarla. 

Pero la cuestión que nos atañe hoy es que el bueno de Boris y el no tan bueno de Jerome eran para mí perfectos desconocidos. Igual que lo será mi pantorrilla para los alumnos del grado de patología, pero ellos se lo pierden. Yo, por descontado, decidí no perdérmelo. 

En realidad, —no quiero mentirles tan solo empezar—, fue más bien mi ego haciendo acto de presencia: “Oh, claro, si me prestas Doctor Jivago (que se mantenía en el número uno en la lista de favoritos de Quim), me lo leo en dos días. En serio. Devoro libros como ostras“. Tal vez no dijera lo de las ostras, pero debería haberlo hecho. Un señor me dijo hace poco que tenía una conocida francesa que solo se alimentaba de ostras y champagne. 

A todo esto, he de decir que cuando dejo que mi ego salga a pasear, es como una hiena, y mi humildad, un trozo de carne muy rojo. 

Ingenua de mí, me encontré con ese tocho de densa literatura rusa. Pasé las primeras quince páginas tomándomelo con filosofía, aunque ya apuntaba maneras. Me recordé mi larga lista de lecturas y mis noches sin dormir, repitiéndome que era imposible que se me resistiera. Además, había presumido de que podría leerlo en pocos días. La derrota no era una opción. Y digo derrota porque conforme iba pasando las páginas eso pasaba de conversación caldeada a discusión a gritos, para convertirse en una muchedumbre furiosa que se arma con martillos. Martillos que me taladraban la cabeza. A las 50 páginas, ya era una guerra campal. A ratos, caía en una especie de ensoñación transitoria y casi saboreaba cómo sería dejarlo en la estantería y coger otro libro. Entonces, recordaba a Quim diciéndome que era una gran historia de amor y cuánto le gustaba el nombre de Lara, y mirándome con una sonrisa resabiada de “te has pasado de chula, cariño”. Tenía razón. He de decir que el amor mueve montañas, pero aquello fue una batalla perdida desde el principio. Lo devolví a su dueño en Navidad (gracias, Félix, si me lees, por no reírte demasiado). Por eso, después ni pensé en coger El guardián entre el centeno. Una, vale, dos ya… 

Hasta ahora. Fue casualidad que hace poco dieran en televisión El rebelde entre el centeno, un biopic de Salinger, desde su juventud hasta la publicación de su famosa novela. Me paré a verla porque en un principio pensé que era una alusión muy cutre a la aclamada obra, y a mí lo horrendo me atrae como a una polilla la luz. 

Erraba, claro. Yo no sé mucho de cine. Mi compañero, que es modesto pero bastante más ducho en estos temas, parecía algo aburrido. Habíamos visto el día anterior Gattaca, que tenía un reparto impresionante (eso dijo él). La película de Salinger trataba de un joven que quería ser escritor, a pesar de tener las probabilidades en contra —esto si obviamos sus resbalones emocionales y el trauma de la guerra, que daría para otra película— y, como no podía ser de otra manera, el personaje me atrapó desde el primer momento. Imagino que a veces los sueños en común unen más que las interpretaciones estelares. Vimos la película. A ratos, me entraban ganas de ponerme a coger a notas, como si me estuvieran explicando la fórmula milagrosa para llegar a la Luna en un abrir y cerrar de ojos sin tener que subir a ese trasto que da vueltas. Tampoco querría ser astronauta. El otro día vi una fotografía de una lechuga espacial en la BBC y tenía muy mala pinta. 

A lo que iba. Basada en la biografía de Kenneth Slawenski “J. D. Salinger: una vida oculta“, la película de Strong se acerca al misterio de una personalidad inabarcable, del escritor que acabaría aislándose y convirtiéndose en un fantasma social. Interesante, ¿no?

Hubo una parte que me hizo pensar especialmente. Cuando en la película el joven Salinger acude a las primeras clases de la Escuela de Escritura de Nueva York, después de superar las reticencias de su padre, el profesor le pregunta lo siguiente: ¿escribirías toda la vida aún a sabiendas de que cabe la posibilidad de que nunca te publiquen? Y sí, señores, lo hizo. Pasó la segunda mitad de su vida escribiendo en un búnquer, y esas páginas no salieron de allí. Admito que me asombró y me hizo cuestionarme mis motivaciones para escribir, que no el escribir. Supe que escribiría de todas formas, pero no sabría hasta qué punto me afectaría el sentirme fracasada en mi intento de decirle algo al mundo. Tal vez un escritor de verdad no necesita que le oigan.

Dejando de lado mi dilema existencial, decidí leer el libro de Salinger. Últimamente me obsesiona saber qué hace del genio un genio, qué hace que una obra trascienda y se convierta en un clásico de la literatura, qué ingredientes ha de tener para llegar a ese culmen… Después de una búsqueda de lo más frustrante, he acabado pensando que se trata simple y llanamente de que esas voces eran tan particulares e inconfundibles que tenían que ser universales.

Aún no he acabado El guardián entre el centeno, pero las páginas pasan volando, casi con ansia. Lejos queda Doctor Jivago. Lo siento, Boris, en otra ocasión será. Estoy segura. Tenéis que saber que no pienso hablaros más de Salinger ni de su obra. Todo lo que pueda decir será irrelevante, y suficientes tonterías he dicho ya. Solo os queda leerlo, si aún no está en vuestra estantería. 

Gracias, Quim Félix, por descubrirme obras maravillosas, aunque aún no sepa apreciarlas.

Blanca L. Fiñaga

Bohemia de Lua

Spring Waltz

Poesía

Mi dedo índice es un pincel
cuando camina por su pómulo izquierdo.

Me imagino coloreando sus mejillas
de malva, púrpura y lavanda,
y emborrachando sus pestañas
de color vino.
Me veo pintando una media luna de café
en sus labios
para que completen el plenilunio
al tocar los míos
y despertar todos los días
entre sábanas blancas
y granos tostados.
Esculpiría sus contornos con un cincel
y suavizaría sus rasgos afilados
con las yemas
todos los días,
al anochecer.

Cuando mis huellas encuentran el abismo
al morir tierra lisa
en la barba incipiente,
me tiembla el pulso,
pero él siempre tiene los ojos cerrados
y no se da cuenta de que soy yo
quien le acaricia
pero es él quien marca
cada uno de mis recodos de piel.

Sitges, 28 de febrero de 2021

Poesía

Hay algo trascendental
en tu manera de cerrar los ojos
frente al mar.

En ese paraje de sal, roca y pájaros,
las rocas se llenan de tu silencio,
cálido como un “te quiero”,
y todo lo que no digo
se tiende en la arena
y se mece con el viento.

Sé que me reconoces
en las palabras pronunciadas
y en el mutismo lleno,
que nos sabemos queridos
en esta ciudad que el mar asedia.

Y que mañana, al despertar,
volveré a cobijarme en este sueño
como la niña que se aferra al edredón
al despuntar el invierno.

Como el ciego nato que ve por primera vez
y atraviesa las nubes
hasta tocar la Luna con los dedos,
así, como quien no ha visto nunca la luz
y no mide las distancias,
yo te quiero.

Como quien ha derrumbado los muros
y ha encontrado la verdad erguida
en el centro,
como una crisálida a punto de quebrar,
y ha visto a la verdad volar
y posarse en tu hombro.

Como quien encuentra el descanso
entre tu barbilla y tu cuello,
como quien vive en la punta
de esos dedos
con los que pulsas el mundo.

Te querría plaza soleada
o patria sombría e inclemente.
Te querría bala aún caliente,
arma derrotada
o manos cándidas
e inmaculadas.

Te querría en una noche de perfumes,
en un baile de máscaras
y en la espuma sucia
de una orilla abandonada.

Te querría siempre,
de todas las maneras posibles,
porque has cerrados los ojos frente al mar
y he sabido que tras tus párpados
nace cada día el cielo y la tierra.
Y todo,
el cielo, las rocas, los pájaros,
el ruido, el silencio,
el abismo de mis manos frías
y hasta el propio transcurrir del tiempo,
todo se ha desvanecido
con el aleteo de una membrana fina.

Mi universo solo existe porque tú lo miras.

El velo

Poesía

Mi velo pintado perdió solidez
con la primera lágrima negra.
Esta no era negra de tristeza
ni alentaba a la despedida.
Era negra como lo es
la noche profunda y límpida,
como un pozo que rebosa suciedad,
y que con el último aguacero,
se impulsa hacia el cielo
con brazos cenagosos,
y renace transparente
y opalino.
Despedí primero la fosca,
y después observé el paisaje velado
por la calina,
los colores borrosos
y la confusión levantándose del suelo,
hasta que la bruma
se desprendió por mi mejilla izquierda.

Te miré,
tan nítido y ligero,
y ahí estaba,
planeando por mi barbilla:
el vestigio de un riachuelo
que se secó de madrugada,
y dejó rocío donde solía
condensar la niebla:
en la piel
y en la memoria.
En la tuya y en la mía.
Ya nunca jamás
nos volvió a alcanzar
la lluvia sucia.

De la cúpula de Franco a la farándula de París: la increíble vida de Manuel de Lámbarri

Reportaje

El incomprendido pintor vasco fue el primer dibujante de Vogue París

Manuel de Lámbarri es uno de tantos grandes creadores del siglo XX cuya obra fue ensombrecida e incomprendida por sus coetáneos. Una personalidad poliédrica y por encima de todo creativa, que no fue reconocida en su justa medida por no seguir las tendencias artísticas de la época. A este esbozo del artista se le añade un vínculo estrecho con Francisco Franco, a quien sirvió como Jefe del Servicio de Prensa Extranjera, aunque Lámbarri nunca estuvo interesado en el arte de la guerra.

El ambiguo pintor nació en Burgos el 6 de enero de 1891, aunque su apellido procede de la más pura estirpe vasca, de los Lámbarri del vizcaíno valle de Gordejuela. Se podría aplicar al artista lo que el historiador y crítico de arte Manuel Llano Gorostiza dijo en el Museo San Telmo de San Sebastián, en 1972, al introducir la exposición 50 años de pintura vasca: “aunque los pintores vascos no llegaron a formar escuela, al menos se destacaron por vivir, en su mayoría, al margen de la pintura oficial de su época, con su quehacer mucho más cercano a los talleres parisienses que al arbitrario juego escalafonal de las primeras, segundas y terceras medallas, tan característico en la pintura de la capital de España”.

Fotografía de Lámbarri. Cedida por José Manuel Ferrater.

El aislamiento del pintor

Esta peculiar forma de ser explica muchas cosas, como su formación parisina y su ausencia del mundo oficial del arte. En París entabló amistad con muchos españoles que después serían famosos, como Buñuel, Solana, Salvador Dalí o Miró, entre otros. Sin embargo, el artista pronto se desmarcó de esta quinta, haciendo que su obra no alcanzase tanta difusión. 

A pesar de ser alabado por la crítica, su carácter solitario y su fuerte temperamento le cosecharían con el tiempo la enemistad de los críticos. Esto le sucedería con Manuel Sánchez Camargo, a quien escribiría una carta llena de reproche que terminaría así: “Creo que lo que hay en mis cuadros de pasión, poesía y densidad, no ha sido recibido por ninguno. No le culpo a Ud. ni culpo a nadie, es la eterna historia de los juicios de arte; es ley de vida”.

El crítico de arte Ramón Torres Martín escribió que “la obra de Lámbarri es un reflejo de su alma entristecida y apartada del mundo”. Describió al artista como “un ser que, a parte de su familia, encontró la razón fundamental de su vida en la gran aventura de la creación artística”. Torres, que también es Miembro correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la Asociación Española de Críticos de Arte, es autor del volumen ‘La pintura de Lámbarri’, donde se recoge gran parte de la vida del pintor. Conoció a Lámbarri al final de su vida, cuando su salud ya se resintía. “Su mente, no obstante, era clara y brillante, y su corazón albergaba la gran calidad humana de su ser”, escribe al inicio. 

De Toledo a Zaragoza, sede del ejército de tierra español

José Manuel Ferrater, el nieto del pintor, es la viva imagen de su abuelo, tanto en lo físico como en sus inquietudes artísticas. Este prestigioso fotógrafo de moda a nivel internacional cuenta que la etapa militar de Lámbarri fue circunstancial: “Él nació artista y no le importaba la armada”. 

José Manuel Ferrater en su casa, rodeado de los cuadros de su abuelo.

Lámbarri ingresó en la Academia militar de Toledo en 1910 para, siguiendo la tradición familiar y en gran parte por imposición paterna, abrazar la carrera de las armas. Cuando su padre falleció, él se hizo cargo de sus hermanos. Así partió a las Islas Chafarinas, situadas frente a la costa de Marruecos. “Al irse fuera de la península cobraba un sueldo mejor y podía alimentar a sus hermanos; tenía una responsabilidad, pero en cuanto pudo dejó el ejército”, explica Ferrater.

En 1921, Lámbarri se trasladó a Zaragoza, donde conoció a su mujer, Pilar Pardina, hija de los propietarios del piso que el artista alquiló en el Paseo Sagasta. En cuanto salía del cuartel, Lámbarri solía juntarse en el bar con un grupo de artistas y escritores que, entre argumentos y contraargumentos, bebían una copa tras otra. Ferrater recuerda la historia que su abuela tantas veces le contó: “Ella iba todos los domingos a la misa de las ocho por un hermano suyo que se había suicidado. En la escalera del edificio, él borracho y ella con una carabina, se conocieron y se enamoraron”. Fruto de su matrimonio nacería en 1924 la pequeña May, futura madre de José Manuel y Carlos, su hermano mayor.

Pilar Pardina Pardina, esposa de Lámbarri. Fotografía cedida por José Manuel Ferrater.

Fue Pilar quien guardó toda la obra de Lámbarri, siguiéndole siempre en sus viajes e impulsándole a salir al mundo. “Recuerdo a mi abuela, aparentemente frágil, fumar mentolado sin parar y mirar al infinito en la ventana”, relata Ferrater, que ríe al recordar los ataques de asma que le daban a la mujer. Sigue sonriendo cuando explica que en una de las visitas guiadas que les hizo el director del Louvre por todo el museo, su abuela llegó a decir, señalando un cuadro: ‘Este quítelo, es falso’. “Y acertó. Tenía una gran sensibilidad”, reflexiona el fotógrafo.

También en Zaragoza el pintor conoció a Franco. “Él decía que se había hecho todo lo amigo que se podía ser de Franco, que era poco”, comenta Ferrater, que revela que cuando le preguntaba a su abuelo por el dictador, este rumiaba y decía simplemente que era un hombre “muy gallego”.

Lámbarri, primer dibujante de Vogue París

Tras ganar un concurso de una academia de París, Lámbarri pidió una excedencia de un año en el ejército y, en 1925, se trasladó a la ciudad de la luz para dedicarse a la pintura. París vivía entonces el momento culminante de la creación de entreguerras. Estaba en plena efervescencia el mundo musical de Stravinsky y Prokofiev, así como el de Poulenc y de Manuel de Falla, y resplandecían brillantes las tendencias de Picasso, Braque y Derain.

Resonaban todavía los ecos de la famosa escuela de Gallé, en la que se formarían artistas tan diversos como Daum, Victor Prouvé o Wiener. “Muchos de los artistas acuden a París para conocer el ambiente, pero también para ver talleres de pintura”, explica Gregorio Díaz Ereño, historiador del arte y director de la Fundación-Museo Jorge Oteiza de Navarra.

Ese mismo año se organizó la Exposición de los Artistas Ibéricos, que pretendía reunir a artistas vinculados a las nuevas formas de crear. Sin embargo, Lámbarri nunca participó en grandes exposiciones anuales. “El que no está representado de alguna manera no es reconocido, se mueve en unos círculos mucho más pequeños y eso es un hándicap para los pintores”, puntualiza Gregorio, aunque a Lámbarri ese aspecto nunca pareció quitarle el sueño.

En 1928 el pintor firmó un contrato con la revista Vogue, la más cotizada del mundo entonces. “Le cogieron en el acto y además pagándole con el dólar oro”, apunta Ferrater. Sin embargo, tres años después, este hombre de espíritu proteico e inquieto renunció al contrato y se dedicó a aprender y pintar por Europa. En este sentido, el historiador del arte destaca que esa etapa de aprendizaje libre fue esencial para la obra del pintor: “Lámbarri no es como la mayoría porque no aprendió de una forma académica, sino acudiendo a museos y captando aquello que más le interesaba de cada artista”. Insiste, además, en el arrojo de Lámbarri al pintar siempre como él quería, a pesar de que el mercado rehuía entonces las formas más tradicionales: “Lámbarri consideraba que no tenía por qué someterse a un mercado, sino simplemente a su manera de ver la pintura”. “Este país está lleno de artistas que son totalmente desconocidos porque se negaron a adaptarse”, sostiene Gregorio.

Dibujo de Lámbarri para Vogue.
Fuente: “La pintura de Lámbarri”, de Ramón Torres.

Años después, el pintor continuó su labor de ilustrador dibujando numerosas portadas del diario ABC, así como ilustraciones para la revista Blanco y Negro, lo que le dio mucha popularidad en España. En 1932, el artista trasladó su residencia a Mallorca, a la finca “Villa Pilar”, encima de Cala Mayor, donde en la década de los 50 veranearía José Manuel. “Era un lugar inhóspito, un nido de águilas en lo alto de un acantilado”, rememora.

Los años de la guerra 

En 1936, al estallar la guerra civil, Lámbarri regresó a la península. Al conocer varios idiomas, fue nombrado Jefe de Prensa y Propaganda Extranjera en el bando nacional. Su función era recibir y acompañar al frente a cuantas personalidades y periodistas de habla inglesa y francesa visitaran España. “Nadie de la familia hablaba de la guerra, pero la figura del dictador estaba ahí y hacía imposible el olvido; no recuerdo culpa ni tampoco orgullo”, comenta Ferrater.

Este era un sentimiento común durante la guerra, según el historiador Eduard Martí Fraga: “Era un juego de ajedrez, de supervivencia”. El humanista contextualiza: “Según la coyuntura política, Franco iba cambiando a sus generales pero le interesaba mantener a su lado a intelectuales como Lámbarri o Unamuno porque el discurso franquista necesita una serie de escritores que le alaben y que crean en esa línea teológica”. 

Manuel de Lámbarri, general de Franco.

En cuanto a la obra pictórica de esos años, Gregorio Díaz señala que durante y tras la guerra, las exposiciones tendían a exacerbar el espíritu patria frente a todo lo demás con un carácter religioso, pero sobre todo ideológico. “Durante las siguientes tres décadas, el arte, a nivel internacional, está muy politizado”, apunta. 

A pesar de su vínculo inmediato con el régimen franquista, los cuadros de Lámbarri nunca fueron una oda a la patria, aunque sí tenían un profundo componente religioso. Ramón Faraldo, crítico de arte, escritor de la Generación del 36 y guionista de cine, lo calificaría de “un pintor aparte, un legítimo primitivo, autor de una mística y una pintura”. Intuitivo e individualista como era, lo que realmente le importaba, añade Ferrater, era encontrar y plasmar ‘la fuerza’ en sus lienzos. José Manuel tiene grabada en la memoria la imagen de su abuelo recorriendo la casa mientras susurraba, como si fuera un mantra: “la fuerza, la fuerza, la fuerza”. 

La posguerra en Barcelona

Al terminar la guerra, el pintor se instaló en la Calle Muntaner de Barcelona, que entonces era un hervidero cultural y concentraba gran parte de la creación artística de España. José Manuel recuerda pasar los veranos en casa de su abuelo y colarse en su taller para observarle mientras pintaba con la espátula. Lámbarri vestía un pijama siempre manchado de pintura, que sería casi su única indumentaria. Por las noches se dedicaba a leer a toda clase de autores, cuyos volúmenes atesoraba en la gran biblioteca de su estudio. Algunos días, Ferrater oía a su abuela llamar al pintor a voz en grito. “Entonces, le ayudaban a calzarse las botas, se vestía el uniforme de general encima del pijama, se ponía la gorra y las espuelas y salía corriendo para firmar los papeles que fueran y volver cuanto antes para seguir pintando”, explica el fotógrafo.

Lámbarri buscaba el origen de sus inquietudes, además de en la creación pictórica, en la filosofía y la literatura. Nietzche era una lectura recurrente. Según su hija May, la frase ‘El artista va tomando altura, altura hasta que sube tan alto que llega a encontrarse solo’ le producía gran inquietud. La soledad del artista es tan vieja como el mundo, y fue una constante en la azarosa vida de Lámbarri, que siempre se sintió incomprendido en su faceta artística. En sus últimos años, el pintor dijo lo siguiente a Ramón Torres: “Quien dice Miguel Ángel podría, del mismo modo, decir Rembrant, Mantegna o Tintoretto; ninguno de ellos abandonó este mundo con la convicción absoluta, al terminar la carrera de la vida, de que su pensamiento hubiera sido comprendido en su enorme integridad”. 

El pintor moriría el 17 de febrero de 1973 y gran parte de su obra se perdería. Actualmente, el Museo de Burgos conserva algunas de sus pinturas. José Manuel Ferrater recuerda que cuando la familia fue a Vogue a recuperar los archivos, les dijeron que los nazis los habían quemado, aunque él conserva esmaltes y cuadros de su abuelo. A pesar de que su obra no recibiera el reconocimiento deseado, su creación ha trascendido por su autenticidad y por la pasión con la que el artista forjó un arte propio, libre de las directrices de la época.