Spring Waltz

Mi dedo índice es un pincel
cuando camina por su pómulo izquierdo.

Me imagino coloreando sus mejillas
de malva, púrpura y lavanda,
y emborrachando sus pestañas
de color vino.
Me veo pintando una media luna de café
en sus labios
para que completen el plenilunio
al tocar los míos
y despertar todos los días
entre sábanas blancas
y granos tostados.
Esculpiría sus contornos con un cincel
y suavizaría sus rasgos afilados
con las yemas
todos los días,
al anochecer.

Cuando mis huellas encuentran el abismo
al morir tierra lisa
en la barba incipiente,
me tiembla el pulso,
pero él siempre tiene los ojos cerrados
y no se da cuenta de que soy yo
quien le acaricia
pero es él quien marca
cada uno de mis recodos de piel.

Sitges, 28 de febrero de 2021

Hay algo trascendental
en tu manera de cerrar los ojos
frente al mar.

En ese paraje de sal, roca y pájaros,
las rocas se llenan de tu silencio,
cálido como un «te quiero»,
y todo lo que no digo
se tiende en la arena
y se mece con el viento.

Sé que me reconoces
en las palabras pronunciadas
y en el mutismo lleno,
que nos sabemos queridos
en esta ciudad que el mar asedia.

Y que mañana, al despertar,
volveré a cobijarme en este sueño
como la niña que se aferra al edredón
al despuntar el invierno.

Como el ciego nato que ve por primera vez
y atraviesa las nubes
hasta tocar la Luna con los dedos,
así, como quien no ha visto nunca la luz
y no mide las distancias,
yo te quiero.

Como quien ha derrumbado los muros
y ha encontrado la verdad erguida
en el centro,
como una crisálida a punto de quebrar,
y ha visto a la verdad volar
y posarse en tu hombro.

Como quien encuentra el descanso
entre tu barbilla y tu cuello,
como quien vive en la punta
de esos dedos
con los que pulsas el mundo.

Te querría plaza soleada
o patria sombría e inclemente.
Te querría bala aún caliente,
arma derrotada
o manos cándidas
e inmaculadas.

Te querría en una noche de perfumes,
en un baile de máscaras
y en la espuma sucia
de una orilla abandonada.

Te querría siempre,
de todas las maneras posibles,
porque has cerrados los ojos frente al mar
y he sabido que tras tus párpados
nace cada día el cielo y la tierra.
Y todo,
el cielo, las rocas, los pájaros,
el ruido, el silencio,
el abismo de mis manos frías
y hasta el propio transcurrir del tiempo,
todo se ha desvanecido
con el aleteo de una membrana fina.

Mi universo solo existe porque tú lo miras.

El velo

Mi velo pintado perdió solidez
con la primera lágrima negra.
Esta no era negra de tristeza
ni alentaba a la despedida.
Era negra como lo es
la noche profunda y límpida,
como un pozo que rebosa suciedad,
y que con el último aguacero,
se impulsa hacia el cielo
con brazos cenagosos,
y renace transparente
y opalino.
Despedí primero la fosca,
y después observé el paisaje velado
por la calina,
los colores borrosos
y la confusión levantándose del suelo,
hasta que la bruma
se desprendió por mi mejilla izquierda.

Te miré,
tan nítido y ligero,
y ahí estaba,
planeando por mi barbilla:
el vestigio de un riachuelo
que se secó de madrugada,
y dejó rocío donde solía
condensar la niebla:
en la piel
y en la memoria.
En la tuya y en la mía.
Ya nunca jamás
nos volvió a alcanzar
la lluvia sucia.

De la cúpula de Franco a la farándula de París: la increíble vida de Manuel de Lámbarri

El incomprendido pintor vasco fue el primer dibujante de Vogue París

Manuel de Lámbarri es uno de tantos grandes creadores del siglo XX cuya obra fue ensombrecida e incomprendida por sus coetáneos. Una personalidad poliédrica y por encima de todo creativa, que no fue reconocida en su justa medida por no seguir las tendencias artísticas de la época. A este esbozo del artista se le añade un vínculo estrecho con Francisco Franco, a quien sirvió como Jefe del Servicio de Prensa Extranjera, aunque Lámbarri nunca estuvo interesado en el arte de la guerra.

El ambiguo pintor nació en Burgos el 6 de enero de 1891, aunque su apellido procede de la más pura estirpe vasca, de los Lámbarri del vizcaíno valle de Gordejuela. Se podría aplicar al artista lo que el historiador y crítico de arte Manuel Llano Gorostiza dijo en el Museo San Telmo de San Sebastián, en 1972, al introducir la exposición 50 años de pintura vasca: “aunque los pintores vascos no llegaron a formar escuela, al menos se destacaron por vivir, en su mayoría, al margen de la pintura oficial de su época, con su quehacer mucho más cercano a los talleres parisienses que al arbitrario juego escalafonal de las primeras, segundas y terceras medallas, tan característico en la pintura de la capital de España”.

Fotografía de Lámbarri. Cedida por José Manuel Ferrater.

El aislamiento del pintor

Esta peculiar forma de ser explica muchas cosas, como su formación parisina y su ausencia del mundo oficial del arte. En París entabló amistad con muchos españoles que después serían famosos, como Buñuel, Solana, Salvador Dalí o Miró, entre otros. Sin embargo, el artista pronto se desmarcó de esta quinta, haciendo que su obra no alcanzase tanta difusión. 

A pesar de ser alabado por la crítica, su carácter solitario y su fuerte temperamento le cosecharían con el tiempo la enemistad de los críticos. Esto le sucedería con Manuel Sánchez Camargo, a quien escribiría una carta llena de reproche que terminaría así: “Creo que lo que hay en mis cuadros de pasión, poesía y densidad, no ha sido recibido por ninguno. No le culpo a Ud. ni culpo a nadie, es la eterna historia de los juicios de arte; es ley de vida”.

El crítico de arte Ramón Torres Martín escribió que “la obra de Lámbarri es un reflejo de su alma entristecida y apartada del mundo”. Describió al artista como “un ser que, a parte de su familia, encontró la razón fundamental de su vida en la gran aventura de la creación artística”. Torres, que también es Miembro correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la Asociación Española de Críticos de Arte, es autor del volumen ‘La pintura de Lámbarri’, donde se recoge gran parte de la vida del pintor. Conoció a Lámbarri al final de su vida, cuando su salud ya se resintía. “Su mente, no obstante, era clara y brillante, y su corazón albergaba la gran calidad humana de su ser”, escribe al inicio. 

De Toledo a Zaragoza, sede del ejército de tierra español

José Manuel Ferrater, el nieto del pintor, es la viva imagen de su abuelo, tanto en lo físico como en sus inquietudes artísticas. Este prestigioso fotógrafo de moda a nivel internacional cuenta que la etapa militar de Lámbarri fue circunstancial: “Él nació artista y no le importaba la armada”. 

José Manuel Ferrater en su casa, rodeado de los cuadros de su abuelo.

Lámbarri ingresó en la Academia militar de Toledo en 1910 para, siguiendo la tradición familiar y en gran parte por imposición paterna, abrazar la carrera de las armas. Cuando su padre falleció, él se hizo cargo de sus hermanos. Así partió a las Islas Chafarinas, situadas frente a la costa de Marruecos. “Al irse fuera de la península cobraba un sueldo mejor y podía alimentar a sus hermanos; tenía una responsabilidad, pero en cuanto pudo dejó el ejército”, explica Ferrater.

En 1921, Lámbarri se trasladó a Zaragoza, donde conoció a su mujer, Pilar Pardina, hija de los propietarios del piso que el artista alquiló en el Paseo Sagasta. En cuanto salía del cuartel, Lámbarri solía juntarse en el bar con un grupo de artistas y escritores que, entre argumentos y contraargumentos, bebían una copa tras otra. Ferrater recuerda la historia que su abuela tantas veces le contó: “Ella iba todos los domingos a la misa de las ocho por un hermano suyo que se había suicidado. En la escalera del edificio, él borracho y ella con una carabina, se conocieron y se enamoraron». Fruto de su matrimonio nacería en 1924 la pequeña May, futura madre de José Manuel y Carlos, su hermano mayor.

Pilar Pardina Pardina, esposa de Lámbarri. Fotografía cedida por José Manuel Ferrater.

Fue Pilar quien guardó toda la obra de Lámbarri, siguiéndole siempre en sus viajes e impulsándole a salir al mundo. “Recuerdo a mi abuela, aparentemente frágil, fumar mentolado sin parar y mirar al infinito en la ventana”, relata Ferrater, que ríe al recordar los ataques de asma que le daban a la mujer. Sigue sonriendo cuando explica que en una de las visitas guiadas que les hizo el director del Louvre por todo el museo, su abuela llegó a decir, señalando un cuadro: ‘Este quítelo, es falso’. “Y acertó. Tenía una gran sensibilidad”, reflexiona el fotógrafo.

También en Zaragoza el pintor conoció a Franco. “Él decía que se había hecho todo lo amigo que se podía ser de Franco, que era poco”, comenta Ferrater, que revela que cuando le preguntaba a su abuelo por el dictador, este rumiaba y decía simplemente que era un hombre “muy gallego”.

Lámbarri, primer dibujante de Vogue París

Tras ganar un concurso de una academia de París, Lámbarri pidió una excedencia de un año en el ejército y, en 1925, se trasladó a la ciudad de la luz para dedicarse a la pintura. París vivía entonces el momento culminante de la creación de entreguerras. Estaba en plena efervescencia el mundo musical de Stravinsky y Prokofiev, así como el de Poulenc y de Manuel de Falla, y resplandecían brillantes las tendencias de Picasso, Braque y Derain.

Resonaban todavía los ecos de la famosa escuela de Gallé, en la que se formarían artistas tan diversos como Daum, Victor Prouvé o Wiener. “Muchos de los artistas acuden a París para conocer el ambiente, pero también para ver talleres de pintura”, explica Gregorio Díaz Ereño, historiador del arte y director de la Fundación-Museo Jorge Oteiza de Navarra.

Ese mismo año se organizó la Exposición de los Artistas Ibéricos, que pretendía reunir a artistas vinculados a las nuevas formas de crear. Sin embargo, Lámbarri nunca participó en grandes exposiciones anuales. “El que no está representado de alguna manera no es reconocido, se mueve en unos círculos mucho más pequeños y eso es un hándicap para los pintores”, puntualiza Gregorio, aunque a Lámbarri ese aspecto nunca pareció quitarle el sueño.

En 1928 el pintor firmó un contrato con la revista Vogue, la más cotizada del mundo entonces. “Le cogieron en el acto y además pagándole con el dólar oro”, apunta Ferrater. Sin embargo, tres años después, este hombre de espíritu proteico e inquieto renunció al contrato y se dedicó a aprender y pintar por Europa. En este sentido, el historiador del arte destaca que esa etapa de aprendizaje libre fue esencial para la obra del pintor: “Lámbarri no es como la mayoría porque no aprendió de una forma académica, sino acudiendo a museos y captando aquello que más le interesaba de cada artista”. Insiste, además, en el arrojo de Lámbarri al pintar siempre como él quería, a pesar de que el mercado rehuía entonces las formas más tradicionales: “Lámbarri consideraba que no tenía por qué someterse a un mercado, sino simplemente a su manera de ver la pintura”. “Este país está lleno de artistas que son totalmente desconocidos porque se negaron a adaptarse”, sostiene Gregorio.

Dibujo de Lámbarri para Vogue.
Fuente: «La pintura de Lámbarri», de Ramón Torres.

Años después, el pintor continuó su labor de ilustrador dibujando numerosas portadas del diario ABC, así como ilustraciones para la revista Blanco y Negro, lo que le dio mucha popularidad en España. En 1932, el artista trasladó su residencia a Mallorca, a la finca “Villa Pilar”, encima de Cala Mayor, donde en la década de los 50 veranearía José Manuel. “Era un lugar inhóspito, un nido de águilas en lo alto de un acantilado”, rememora.

Los años de la guerra 

En 1936, al estallar la guerra civil, Lámbarri regresó a la península. Al conocer varios idiomas, fue nombrado Jefe de Prensa y Propaganda Extranjera en el bando nacional. Su función era recibir y acompañar al frente a cuantas personalidades y periodistas de habla inglesa y francesa visitaran España. “Nadie de la familia hablaba de la guerra, pero la figura del dictador estaba ahí y hacía imposible el olvido; no recuerdo culpa ni tampoco orgullo”, comenta Ferrater.

Este era un sentimiento común durante la guerra, según el historiador Eduard Martí Fraga: “Era un juego de ajedrez, de supervivencia”. El humanista contextualiza: “Según la coyuntura política, Franco iba cambiando a sus generales pero le interesaba mantener a su lado a intelectuales como Lámbarri o Unamuno porque el discurso franquista necesita una serie de escritores que le alaben y que crean en esa línea teológica”. 

Manuel de Lámbarri, general de Franco.

En cuanto a la obra pictórica de esos años, Gregorio Díaz señala que durante y tras la guerra, las exposiciones tendían a exacerbar el espíritu patria frente a todo lo demás con un carácter religioso, pero sobre todo ideológico. “Durante las siguientes tres décadas, el arte, a nivel internacional, está muy politizado”, apunta. 

A pesar de su vínculo inmediato con el régimen franquista, los cuadros de Lámbarri nunca fueron una oda a la patria, aunque sí tenían un profundo componente religioso. Ramón Faraldo, crítico de arte, escritor de la Generación del 36 y guionista de cine, lo calificaría de “un pintor aparte, un legítimo primitivo, autor de una mística y una pintura”. Intuitivo e individualista como era, lo que realmente le importaba, añade Ferrater, era encontrar y plasmar ‘la fuerza’ en sus lienzos. José Manuel tiene grabada en la memoria la imagen de su abuelo recorriendo la casa mientras susurraba, como si fuera un mantra: “la fuerza, la fuerza, la fuerza”. 

La posguerra en Barcelona

Al terminar la guerra, el pintor se instaló en la Calle Muntaner de Barcelona, que entonces era un hervidero cultural y concentraba gran parte de la creación artística de España. José Manuel recuerda pasar los veranos en casa de su abuelo y colarse en su taller para observarle mientras pintaba con la espátula. Lámbarri vestía un pijama siempre manchado de pintura, que sería casi su única indumentaria. Por las noches se dedicaba a leer a toda clase de autores, cuyos volúmenes atesoraba en la gran biblioteca de su estudio. Algunos días, Ferrater oía a su abuela llamar al pintor a voz en grito. “Entonces, le ayudaban a calzarse las botas, se vestía el uniforme de general encima del pijama, se ponía la gorra y las espuelas y salía corriendo para firmar los papeles que fueran y volver cuanto antes para seguir pintando”, explica el fotógrafo.

Lámbarri buscaba el origen de sus inquietudes, además de en la creación pictórica, en la filosofía y la literatura. Nietzche era una lectura recurrente. Según su hija May, la frase ‘El artista va tomando altura, altura hasta que sube tan alto que llega a encontrarse solo’ le producía gran inquietud. La soledad del artista es tan vieja como el mundo, y fue una constante en la azarosa vida de Lámbarri, que siempre se sintió incomprendido en su faceta artística. En sus últimos años, el pintor dijo lo siguiente a Ramón Torres: “Quien dice Miguel Ángel podría, del mismo modo, decir Rembrant, Mantegna o Tintoretto; ninguno de ellos abandonó este mundo con la convicción absoluta, al terminar la carrera de la vida, de que su pensamiento hubiera sido comprendido en su enorme integridad”. 

El pintor moriría el 17 de febrero de 1973 y gran parte de su obra se perdería. Actualmente, el Museo de Burgos conserva algunas de sus pinturas. José Manuel Ferrater recuerda que cuando la familia fue a Vogue a recuperar los archivos, les dijeron que los nazis los habían quemado, aunque él conserva esmaltes y cuadros de su abuelo. A pesar de que su obra no recibiera el reconocimiento deseado, su creación ha trascendido por su autenticidad y por la pasión con la que el artista forjó un arte propio, libre de las directrices de la época.

«Si la cultura se ha de pagar, solo podrán acceder aquellos que ya son cultos»

A partir de su colección, Alejandro Cuadrado Puig, propietario de el Museo “La Retirada” de Camprodón, nos guía por los recovecos de la historia de la Guerra Civil Española.

«Me llamo Alejandro pero tendría que haberme llamado Diógenes, porque lo guardo todo«. Así se presenta Alejandro Cuadrado Puig, el propietario del antiguo Museo «La Retirada», cuando nos encontramos en la esquina de la calle Valencia con Sant Antoni de Camprodón. Desde el exterior, en el escaparate, un tablón con noticias de la Guerra Civil y un maniquí con uniforme militar.

El sentido del humor de este septuagenario jubilado de memoria prodigiosa no decae durante toda la mañana que dura la visita por el museo. Una visita, curiosamente, por su propio garaje, donde ha ido almacenando armas para dar a conocer cómo fue la retirada de las tropas republicanas en el Valle de Camprodón. Dice tropas republicanas pero, advierte, en aquel momento no había republicanos ni un ejército franquista, sino nacionalistas y rojos. Nuestro guía asegura que, entonces, «no se hablaba de fascismo». El museo pretendía ser, nos cuenta, «una exposición de recuerdos de lo que sucedió en la Guerra Civil».

Museo La Retirada, Camprodón

Un hogar repleto de historia

Mientras se dispone a abrir la puerta del garaje, Cuadrado nos hace un breve recorrido por la historia de su casa. Esta consta ya en el año 1400, cuando era propiedad de la familia Campa, unos terratenientes que poseían media comarca. En 1692, relata, un general asaltó la casa. Ya en 1840, el general Savalls, un militar de la Primera Guerra Carlista, convirtió el edificio en un depósito de prisioneros, y tres décadas después, este se transformaría, a su vez, en un hospital militar. La que fue la casa de los Campa sería en 1937 un hospital de carabineros, y durante la Retirada, la casa serviría de refugio. Al entrar las tropas nacionales, se estableció en la planta baja un cuartel de regulares, y arriba, una compañía de ingenieros. Así, esta casa repleta de historia se convertiría en el hogar de la familia Cuadrado en 1945, cuando el padre de familia la compró.

Este se llamaba Alejandro Cuadrado Blanch y tenía su propia empresa de transportes cuando el ejército republicano reclamó sus servicios en la fábrica de armamento número 15 de Olot, donde le encomendaron la misión de montar los subfusiles catalanes Labora Fontbernat. Cuadrado nos narra, orgulloso, cómo su padre los saboteó dejando los percutores más largos para que no ametrallaran: “Mi padre no quería hacer armas para matar a gente. Era un hombre católico y su moral no se lo permitía”.

Entre restos de campanas destrozadas por la guerra, fundas de pistola, insignias, medallas, instrumental médico, carteras, libros, máquinas de escribir y uniformes de la Guardia Civil, Cuadrado nos muestra, con un dejo de nostalgia, la radio de sus abuelos. “Fue requisada por la CNT, pero pudimos recuperarla porque dentro había un escrito con los nombres”, explica.

Cuadrado escribe estas historias para que no caigan en el olvido. “Cuando yo tenía 13 años, me iba al bar con los mayores, porque aprendía de todo”, puntualiza. Así, ha ido recopilando en su memoria relatos y anécdotas de guerra, preocupado porque esas vidas de interés histórico se desvanezcan en el tiempo sin antes haberlas contado. No tiene herederos, pues su hijo murió con 16 años, y ahora teme que se pierda el patrimonio histórico que durante años ha recogido.

“Un arma en aquel entonces no tenía ningún valor, pero todo tiene una explicación”

Alejandro Cuadrado

Parte de dicho patrimonio son armas, como por ejemplo la Mauser alemana, la denominada “neutral”, una Winchester de 1968 que le había regalado un piloto de aviación francés, varias pistolas de la guardia personal del presidente de la República Juan Negrín o la del maqui Quico Sabaté. Guarda, también, armas de madera que usaban los niños de la falange para su instrucción básica. Todas ellas colocadas cuidadosamente en vitrinas. Cuadrado comenta, resignado, que entonces no había conciencia de guardar lo que más adelante serían restos arqueológicos: “Un arma en aquel entonces no tenía ningún valor, pero todo tiene una explicación”.

Pistola de Quico Sabaté

Con un disco francés sonando de fondo en uno de los tocadiscos, pendiente de arreglar, Cuadrado nos detalla la historia de la muerte del comandante Casademunt mientras nos muestra la bala que lo atravesó: “Al acabar la guerra, en 1954, el comandante pasó un control y un soldado le disparó con una Sidecar alemana. La bala entró por el maletero y rebotó en un hierro. Al día siguiente, la encontré bajo el asiento”. Un caso parecido fue el de la daga alemana que su abuelo rescató de entre los asientos de un coche que fue quemado en la plaza . “La daga estaba dentro de uno de los coches que marcharon desde Coll d’Ares hacia Francia, porque cuando marchaba, la gente se llevaba todo lo de valor”, explica.

Fotografía de Harald Derp

Pero no todo son armas en este museo que el dueño abre y cierra cuando puede, según se puede leer en el rótulo de la entrada. Además de material bélico de la Guerra Civil y la posguerra, Cuadrado aún conserva artefactos más antiguos, como balas de cañón del siglo XVII o un coche Studebaker, modelo presidente, de 1926. También conserva numerosas fotografías. Entre todas ellas, una preserva un dato curioso, y Cuadrado nos revela, con mirada cómplice, que se trata del jefe de inteligencia de la legión Cóndor, Harald Derp, cuya última residencia fue, precisamente, el Valle de Camprodón.

«Si se clasificara en un álbum toda la información de cada familia de Camprodón, tendríamos la historia de todo un pueblo»

Alejandro Cuadrado

Para Cuadrado, lo más importante es la cultura. Piensa que igual que hay cementerios para guardar los restos de los difuntos, los ayuntamientos deberían disponer edificios para salvaguardar las reliquias de las casas, como las cartas, los documentos o las fotografías. «Todo eso es la historia de una familia», explica. De esta manera, prosigue, «si se clasificara en un álbum toda la información de cada familia de Camprodón, tendríamos la historia de todo un pueblo«.

Entre anécdotas, Cuadrado nos guía por los entresijos de su museo, que ahora, admite algo avergonzado, está un poco dejado. Y es que Cuadrado es famoso en el valle, además, porque en 2015 le imputaron un depósito de explosivos y armas de guerra, todas ellas inutilizadas, lo que le costó 22 meses de prisión, aunque al no tener antecedentes, no fue encarcelado. Sin embargo, su condena fue cerrar el museo al público. Entre otras cosas, guarda carteles de Franco, recuperados del día de la victoria en 1939, y no se quiere arriesgar a que le acusen de hacer apología al fascismo. “La historia es historia y no podemos cambiarla”, reflexiona.

Cuadrado piensa que España tiene un complejo de inferioridad. Lo ejemplifica así: “Aquí he visto muchas casas de granjeros preciosas destrozadas porque las querían modernizar, y echaban a perder las vigas y el parqué de roble auténtico” y culmina agregando que “no se ha tenido respeto por lo antiguo” .

Tras dedicar gran parte de su vida a almacenar piezas que constituyen en gran medida la historia de un país, Cuadrado sostiene que los museos han de ser gratis. «Si la cultura se ha de pagar sólo podrán acceder aquellos que ya son cultos, y los incultos nunca podrán serlo«, sentencia.

Candlelight

La música nos elevaba
hasta el cielo de cemento.

Yo olvidé el auditorio
y volé a algún lugar lejano.

Ya no hay butacas,
solo soles encapuchados de cera
y el sonido del piano
cuando aprietas mi mano
y tus ojos se revelan
como una película
en blanco y negro.

No separas los labios
pero susurras
palabras de amor.

Te quiero.

Te quiero.

Te quiero.

A la luz de las velas
llueven mis mejillas
cuando la pianista
acaricia las teclas
y la melodía nos arrolla
como una avalancha
de nostalgia
ante un ocaso invernal.

Soy el viento entre tu pelo,
un beso en la nuca,
una serpiente de aire
surcando tu piel.

Nos envuelve,
nos vence
y nos encumbra
sobre el horizonte,
donde la luz se derrite
en un desierto de ébano
y calma profunda,
viva y serena.

Besas cada nota.

Estamos solos tú y yo.

El cielo se estremece
cuando alzo las pestañas.
Fuera también llueve.
Esta noche, amor mío,
hasta nuestros miedos nos temen.

La salida del cementerio

Mis letras mueren en el papel
como cenizas de una voz quemada
pero siempre que vuelvo
renacen las brasas,
y así me encuentro,
a medio camino
entre el cementerio de mis palabras
y el amanecer de tu piel en mis dedos.
En ese punto,
mis mechones,
mis ojos,
mis labios,
mi cuello,
mi pecho,
mi cintura,
mis piernas,
mis pies,
todo;
todo te busca
y se desvive en tu nombre:
las letras desenterradas
dejan sus tumbas
y emigran de campo santo
para acariciar
contigo
la lumbre.

Voz de nieve y sal

Llega a pedacitos el mundo a mi ventana,
o tal vez es mi reflejo en el cristal,
fragmentado por los ojos que lo miran.

Contemplo las luces,
las formas
y los colores
y me deslizo por el túnel obsidiana
de mis pupilas.
Me busco en los acantilados,
en un laberinto de espejos,
en la algarabía de voces que rugen,
tras los iris vidriosos,
mentiras que un día arropé
y que me hicieron tropezar.

Y entre las mil caras susurrantes,
todas ellas pálidas
y de expresión vacía,
el rumor de una voz renqueante en la lejanía
me recuerda a la delicada violencia de la nieve,
y como la espuma del mar avanza por la arena,
yo sigo su estela,
aunque me enfríen los copos
y se me llene la boca de sal.

Me reconozco en la tibieza,
en su tono íntimo y gutural,
en la debilidad tras la fortaleza,
en la elegancia de su andar,
en la duda y su promesa letal.

La carta

Me has escrito una carta
y he pasado de puntillas por las letras,
como si cualquier sonido fuera a consumir
la magia de las líneas,
como si el papel fuera a desvanecerse
al llegar al punto final.

Así que he atrapado el ruido
de mis latidos zarrapastrosos en el pulgar
y he metido la mano en el bolsillo,
casi con miedo de que fuera a estallar
antes de que pudiera escribirlo.
Pero era importante, amor mío,
oír solo tu voz mientras leía.
Ahora, mientras te escribo,
oigo sílabas emergiendo de tus labios
como cataratas de poesía
sobre el mantel de un comensal
sediento de sensibilidad.

Siempre has sido tú.
Hombre,
Amante,
Compañero,
Numen.
En mayúsculas,
porque no sabes hacer nada en pequeño.

Tú, que dices que escuchar a Tchaikovsky
es como beber un chupito de Vodka Baykal:
«Al principio una tenue brizna de aire gélido
te pone los pelos de punta,
y en el momento álgido,
sin previo aviso,
fuego».

Tú, que cantas todas las canciones
aunque no te sepas la letra,
que prefieres salirte de la carretera
que ver tu vida pasar
mientras el conductor de enfrente
se duerme en los laureles,
que has memorizado los diálogos
de tus películas preferidas
sin siquiera intentarlo.

Tú, que calaste desde el principio
a este torbellino descocado,
a la chica perdida
que se esconde dentro
de las bandas nubosas
y la actitud insolente.

Tú, que has incrustado tu risa
en mi arteria carótida,
y ahora solo me preocupa desangrarme
por si no vuelvo a escuchar esa melodía.
Tú, que ocupas mis ojos
hasta cuando duermo,
que llenas todos los huecos.
Tanto, que ya no queda vacío.

A ti te querría el doble
si en mi pecho cupieran dos corazones,
pero como no puedo darte más de lo que tengo
te doy todo lo que soy.

Inmortalidad

Nos he imaginado solos,
taciturnos,
oscuros y delirantes,
sumidos en la tristeza
y espoleados por el odio.
Nos he imaginado distintos,
con los ojos opacos,
la risa amarga
y las palabras llanas,
con la lengua afilada,
dispuesta a combatir
en ese lenguaje
que solo entiende el amor
y el odio.

Y ni siquiera en mi imaginación
nos he encontrado divididos
porque dónde te viera
si no a mi lado,
porque tu ausencia
no cabe entre las letras
y no entiendo mi vida
en un folio en blanco.
Cada verso que habitas
me aleja de esa pesadilla
fronteriza
que no concibe la vida
sin tus ojos diáfanos;
que no entiende
de mis oídos agudizados
al oír tus latidos
en la penumbra,
de tu brazo rodeando
mi cintura,
de mi piel erizada
anhelando tus dedos,
de mi dedos
delineando tu contorno al ritmo
de una respiración acompasada
y mi silencio.

Puedes convertirte
en otra persona,
en alguien taciturno,
oscuro y delirante,
sumido en la tristeza
y espoleado por el odio,
y puedo aceptar ese remanente
ennegrecido,
pero no tu partida
ni mi destierro.
Puedes abrazar la sombra,
dejar que tus ojos
se tornen opacos,
tu risa, amarga
y las palabras, llanas,
pero nunca estarás solo
porque en mí te sobrevives,
visceral e insondable,
aunque ya no seas,
aunque ya no vivas.

La inmortalidad
no es quimera
si sigues insuflando vida
a esta Luna creciente
que descubre la plenitud
al despertar tu boca
salida del sueño.
La inmortalidad
no es ilusoria
cuando me miras
como si fuera una elección
irrevocable
e infinita.
Y si yo me pierdo,
estoy tranquila.
Ver el latir de mi corazón
en tus ojos enternecidos
cuando me contemplas desnuda
y sedienta de ti,
me recuerda que vivo
en alguien más
que en mí misma.

Para mi muso. Sic volo semper amare.