José Manuel Ferrater, base y vanguardia de la fotografía de moda en España

De la rompedora década de los setenta a la era millenial, el genio creativo subyugado a las restricciones editoriales en boga

Blanca López Fiñaga

9 DIC 2020

“Jamás me he considerado un artista, sino un trabajador de la industria de la moda”. Así nos lo advierte José Manuel Ferrater (1948, Barcelona), antes de rebobinar hasta la década de los 50 para dar inicio a la historia de su vida. Historia que cuando responde a nuestra llamada está plasmando sobre el papel en un escrito autobiográfico, con Casablanca de fondo y cigarro en mano. Ha visto la película cantidad de veces, pero este icono septuagenario es, además de uno de los faros de la fotografía de moda en España, un amante del cine y la literatura. 

Creador poliédrico, ha compaginado su actividad fotográfica y de director de fashion films con la de pintor, poeta y escultor. Durante su niñez y su adolescencia, Ferrater pasó largas temporadas de soledad y retiro en el bosque, refugiándose en la libertad del monte. “Yo era un niño bastante perdido pero siempre he sido un buscador nato, un adicto a sentir”, incide. A lo largo de su juventud, se nutrió del imaginario de los libros. ‘El corazón de las tinieblas’, de Joseph Conrad, le adentró en la gran literatura y marcó una etapa de descubrimiento personal. A estas influencias tempranas se añade su etapa formativa en Eina (Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona), que coincidió con la revolución contracultural. Este movimiento tiñó esos años de un profundo sentido libertario del que, según el fotógrafo, solo quedan cenizas. Ese alejamiento de los convencionalismos de la época se unió a una actitud desafiante y quebrantadora que José Manuel Ferrater imprimió en su obra. “Era un rebelde, pero un rebelde pausado”, explica. Al mismo tiempo, era un dandi, un fashion victim

“En el año 68 cambié la escopeta por la cámara. Había una persecución, un arma que era la cámara, una óptica; apuntaba, disparaba y había una víctima. Me gustaba que la fotografía de moda fuera un arte aplicado que muere cuando se publica”. Esa visión dio lugar a una fotografía transgresora, oscura, irónica y sensual que le hizo despuntar en la década de los ochenta en una sociedad acostumbrada a “chicas con pamela y vestido blanco corriendo por campos de amapolas”. José Manuel Ferrater narra como Stephanie Huber, directora de moda junto al diseñador francés Claude Montana, reaccionó al ver sus fotos: “Me acarició la frente, me dibujó una cruz, me preguntó de dónde había salido y me dijo que eran acojonantes”. 

Sin embargo, el salto providencial que le permitió convertirse en un baluarte atemporal de la fotografía de moda se dio cuando conoció al matrimonio formado por Gisella Borioli y Flavio Lucchini, dueños de Donna y Mondo Uomo. En un contexto en el que la moda en París había quedado apolillada por completo, Milán se erigía como la nueva cuna de la moda con el resurgir de diseñadores como Armani, Versace o Gianfranco Ferrer; un renacer de la industria en Italia que propició el éxito de las dos revistas dirigidas por la pareja. 

José Manuel Ferrater ofrecía una conferencia en la universidad de Bellas Artes cuando un amigo le hizo salir y le ordenó lo siguiente: ‘Di que se te ha muerto el perro, tu madre, el canario, lo que sea, pero vete a casa y coge tu book. Tienes una cita en una hora con la mujer más importante de la moda en estos momentos’. José Manuel hizo lo propio. Cogió una caja Kodak amarilla que contenía cuarenta fotos y se dirigió al Salón Rosa, uno de los establecimientos más elegantes de Paseo de Gracia hasta que se convirtió en un fantasma más de la Ciudad Condal en 1974. En el corazón del restaurante le esperaba Gisella Borioli.

A veces se suceden una concatenación de acontecimientos que marcan el rumbo de nuestra vida y cuando echamos la vista atrás nos cuestionamos si el destino estaba escrito en cada huella, incluso cuando acabábamos de empezar a andar. Esto lo sabe bien José Manuel. Dos días después de su curioso encuentro con Borioli, una llamada de Milán le urgió a enviar sus fotografías, justo cuando el entonces joven fotógrafo se disponía a marchar de vacaciones de Semana Santa. Con esa actitud casi despreocupada que lo caracteriza, le pasó el encargo a su madre y salió por la puerta maleta en mano. “Cuando volví, en el contestador telefónico tenía 15 llamadas. En la primera solo decían que querían verme, en la tercera ya estaban histéricos porque no llamaba y al final me encargaban directamente varios temas editoriales”. No se lo pensó demasiado: José Manuel cogió el coche, porque entonces no tenía a los aviones en gran estima, y partió hacia la capital de Lombardía. Flavio Lucchini le recibió en una enorme sala de juntas, alabó sus fotografías y le encargó cinco reportajes más para Mondo Uomo. Las huellas de José Manuel cada vez se hacían más profundas.

De esta manera, el fotógrafo empezó a viajar de forma regular entre ciudades como Barcelona, Milán, París, Londres, Nueva York y Berlín, publicando sus fotografías en revistas internacionales como Glamour, Harper’s Bazaar, Arena o Vogue. Su prestigio le permitió trabajar con modelos de la talla de Naomi Campbell, Cindy Crawford, Claudia Schiffer, Monica Bellucci o Laetitia Casta, entre otras personalidades de la época. 

José Manuel Ferrater con Naomi Campbell tras un rodaje

De la contracultura al stablishment: La era de la digitalización

“Si volviera a nacer, ahora no sería fotógrafo”, afirma contundente José Manuel Ferrater, que opina que la fotografía de moda es un cadáver en comparación a lo que fue durante sus 52 años de actividad. “Supongo que también es la reacción normal de un viejo”, apunta. No sabremos si el humo del cigarro le nubló el juicio, provocando que si en algún momento hubiera existido algún resquicio de duda, esta se evaporara entre calada y calada, o si el cariz de la conversación y su voz serena al otro lado del teléfono confirieron un tono profético a la sentencia, pero lo cierto es que el José Manuel no es el único que predice una pronta muerte del papel. Coincide en parte el fotógrafo contemporáneo Assiah Alcázar. Este sureño afincado en Madrid relega a las revistas a la categoría de reliquia: “el papel no está muerto, pero sí es algo así como el vinilo; sigue ahí, pero es para unos pocos”.

Una crónica de El País de 2009 dice así: “Lo sabe todo el mundo: el papel está acabado. Ha empezado afectando a la prensa, como todas las cosas malas, pero no se frenará aquí: un día de estos, hasta las servilletas serán digitales, cambiarán el estampado a voluntad y serán autolavables. Esto último aún no está confirmado, pero todo se andará”. Once años después, las servilletas aún no cambian de estampado a voluntad, pero la digitalización se ha extendido a todos los sectores; las redes sociales se han convertido en la mejor plataforma para sobresalir en un mundo donde todo está interconectado. En este contexto, Assiah Alcázar señala que, actualmente, el 90% del trabajo de un fotógrafo es darse a conocer. 

“Antes había pocos fotógrafos que cobraban muy bien y ahora hay miles de millones y lo habitual es publicar gratis”, advierte. Reafirmando estas palabras, Ferrater explica que, en su época, los fotógrafos eran tratados como estrellas del rock: “En Nueva York me obligaban a ir en Concorde para que no llegara cansado. Íbamos a las localizaciones en helicóptero, las limusinas que me enviaban eran de siete metros… Dudo que haya ahora un fotógrafo en España que pueda hacerse un patrimonio de entrada como el mío, que viva como yo he vivido”.

Además, haciendo alusión a la libertad editorial, Ferrater incide en que “ahora la revista tiene unos códigos, un sello particular al que se adaptan los fotógrafos”. Este agitador empedernido recuerda con nostalgia un titular que circulaba en los medios, y que define el espíritu provocador que imperaba en la época: ‘Tú encárgale a Ferrater lo que quieras, que él hará lo que le dé la gana’. 

Sin embargo, ya no quedan ni los vestigios de la época setentera. Alberto Van Stokkum, con una experiencia sólida a sus espaldas tras haber colaborado con Vogue, Rolling Stone, Desigual o Levi ‘s, comenta que cuando más disfruta es cuando tiene un proyecto personal, “porque no hay ningún tipo de restricción o mandato”. A pesar de ello, este fotógrafo y cineasta mallorquín, que se define partidario del menos es más, se queda in albis cuando le preguntas por algo que deteste de su profesión. En línea a su afirmación anterior también se ha pronunciado Carlos Moreno, en cuya lista de clientes aparece Carolina Herrera, Massimo Dutti, Oysho, Desigual, Vogue, Harper’s Bazaar o Vanidad: “Siempre tenemos que estar en debate entre aquello que queremos hacer nosotros y aquello que exige el cliente. No somos fotógrafos artistas”

“Si yo creo que he podido tener un mínimo éxito es por la cantidad de veces que he dicho que no. Ahora se contrata el talento para doblegarlo”, resume José Manuel Ferrater.

Las redes sociales, un nuevo paradigma

La digitalización ha supuesto un cambio drástico en el estilo de vida de los fotógrafos. “Cuando una fotografía está impresa, se intenta hacer un tipo de imagen que prevalezca durante más tiempo. En el online, al fin y al cabo, cuando estamos mirando Instagram o una página web, vamos haciendo scroll y vemos las imágenes en cuestión de segundos”, explica Carlos Moreno, que declara que el 75% de sus trabajos provienen de las redes sociales. Alberto Van Stokkum agrega que “cada vez se valora menos la calidad del trabajo entregado porque las marcas demandan muchísima cantidad de material para poder surtir todas sus redes y sus seguidores”, y es que se consumen imágenes y vídeos a una velocidad vertiginosa. 

César Segarra, otro fotógrafo de gran repercusión internacional, es consciente de los peligros que entraña Internet y advierte la importancia de ser críticos como creadores pero también como consumidores de imágenes: “Internet está tan integrado en nosotros como individuos que muchas veces nos dejamos llevar por la cultura de los likes y del who is who”. 

Otro aspecto peligroso de la sobreestimulación de la red es que dificulta el desarrollo de la esencia creativa de los creadores de contenido audiovisual, según Adriana Roslin: “Hay procesos experimentales pero son copias constantemente de lo que hacen otros artistas”. Esta joven promesa de talento perseverante acumula más de 55 mil seguidores en Instagram. Con su obra, ha retratado un nuevo paradigma avant-garde a través de personalidades de la escena como J Balvin o Bad Gyal y universos oníricos para firmas como Loewe.

José Manuel Ferrater también nota la pérdida de la capacidad de abstracción que proporciona el libro en el cine y en la música: “Leer es más difícil que mirar. Te obliga a imaginar. Si en algún momento mi fotografía ha tenido algún valor ha sido porque, ya buenas o malas, las fotografías han sido absolutamente mías”. 

Como dice el estilista madrileño Arturo Argüelles, “la moda es como cine mudo”, y cada uno se monta su propia película. Cuando le preguntas al estilista José Juan Rodríguez —o solo José Juan, pues dentro del gremio, comenta, evitan los apellidos— qué es la moda, se acuerda de Carine Roitfeld, antigua redactora jefe de Vogue París, que en un viaje de París a Milán subió al avión vestida con un suéter negro, un pantalón de chándal del mismo color y unas gafas de sol. Cuando llegó a su destino, se metió en el baño, se embutió en una falda de tubo, se calzó unos tacones, se pintó los ojos y se encaminó a una reunión.

El tándem de estilistas José Juan Rodríguez y Paco Casado

Si la moda o la fotografía de moda son un arte o no, también está abierto a discusión. Para terminar con quien nos ha acompañado hasta aquí, dice Ferrater así: “Si mi creación es una obra de arte, que hay un intento, no solamente con mi fotografía sino con la pintura, la escultura y la poesía, es el conjunto de toda esa obra; es indisociable”. “Es incierto por qué alguien hace arte —continúa—. Uno hace lo que quiere, explica cómo se siente o cómo ve el mundo, en todo caso”. Lo decía Cortázar: “Cuando yo escribo, construyo puentes, y no hay nada más desolador que un puente vacío”.


En la noche imaginada 
disparé el retrato de luz enrarecida 
perfil desorientado 
sometido a la presión del aire al que renuncias 
sin escudo 
bajo contraste 
aquel retrato oscuro de lamento y odio 
lleno de paciencia 
castigado por la cuerda 
silueta abandonada en el pasillo 

J. M. Ferrater

La victoria de Samotracia

Nos hemos alzado como Niké,

con sus telas ceñidas y ondeantes 

por un viento de victorias. 

Hemos conquistado París 

mientras yo tallaba en mármol tu mirada 

al descubrir Le déluge de Girodet

y me arrimaba a ti al esbozarnos

dueños de los pasillos del Louvre

por una noche. 

Te prometo que nos retraté escondidos

entre sonrisas de asombro 

y pinceladas de felicidad. 

Nos hemos alzado como el ángel victorioso, 

tan imponente sobre la proa de su navío, 

y hemos flotado sobre los colores 

que visten el Sena 

cuando la noche encierra las luces 

en el vaivén de sus aguas.

El cielo, 

teñido de la tinta rosada

con la que lo poblamos de sueños,

se dibujaba sobre el Puente de las almas, 

que me hablaron del amor 

y de un rosedal inmenso. 

El sol nadaba altivo 

y encendido como nunca tras la Torre Eiffel 

cuando te miré el primer viernes de septiembre

y bautizaste ese rincón de la ciudad

como nuestro ángulo secreto. 

Cayó la noche

y los Campos Elíseos 

escucharon a Édith Piaf 

entonar Sous le ciel de Paris,

mientras tú me regalabas un millar de besos

que me hicieron imaginarnos

navegando sobre el firmamento. 

Lo primero que veía al despertar esos días 

era un ventanal de luz, 

y a ti, acurrucado a mi lado, 

en un sueño plácido 

que me hizo desear ralentizar el tiempo.

Envuelta en sábanas blancas

y con los párpados aún pegados, 

me invadía una certeza absoluta:

como la diosa alada, 

yo también había ganado. 

Lo más parecido a un cielo

Tal vez hemos venido a ganar el amor

para después perderlo todo, 

pero desde que huir significa ir a buscarte, 

pienso menos en la pérdida 

y más en las estrellas. 

No necesito tinta para dibujar 

un reguero de versos en tu espalda. 

Quiero enzarzarme a besos con tu clavícula

y colgarme de tus hombros 

cuando me pese la pluma y el pincel.

No sabes que de mis heridas brotan lagos

y que desde que me acaricias los miedos

la tristeza ha desertado

y te reserva un oasis de pena 

para cuando tus lágrimas

necesiten un tintero

y no quieran nacer en soledad. 

Sé que con la misma rapidez con la que llegas 

y dejas tus maletas en mi puerta,

puedes empaquetar el paraíso

y volar,

que el nirvana se nos queda pequeño

desde que somos lo más parecido a un cielo

y que no te interesan mis alas

si no soy capaz de bajar a las cloacas 

para encontrarme contigo. 

Sé que el amor todo lo ocupa 

pero no siempre lo llena

y también que si las caricias deshojasen, 

perdería cada pétalo por ti

y seguiría rebosante de vida. 

Lo más parecido a un cielo

Capital erótico. El poder de fascinar a los demás

Título: Capital erótico: El poder de fascinar a los demás

Autor: Catherine Hakim. Doctora en Sociología y profesora en la London School of Economics. Como experta internacional en empleo femenino y políticas sociales y familiares, colabora con frecuencia en distintos medios de comunicación. Ha publicado más de cien artículos académicos y varios manuales.

Editorial: Debate

Año de publicación: 2012

Número de páginas: 360

Hay libros que despiertan ternura en las almas más rocosas, los hay que nos roban sonrisas e incluso alguna carcajada. Luego hay otros que nos hacen temblar de terror y nos obligan a encender la luz para asegurarnos de que ese abrigo que cuelgas detrás de la puerta no se ha convertido de repente en un espantapájaros asesino. También los hay que revelan esa faceta sensible que provoca que se nos hinchen los ojos como presas a punto de reventar, que nuestra piel tome un color rojizo y que nos sorbamos los mocos de una manera ciertamente poco atractiva.

Pero luego hay libros realmente mágicos que te redescubren una porción del mundo, como si antes lo hubieras estado observando a través de un cristal fragmentado y ahora vieras un reflejo más fiel a la realidad. Nos hacen sentir como si estuviéramos en poder de un recipiente de sabiduría y conocimiento ancestral. Es el caso de Capital erótico. Cuando lo leí despertó en mí un ansia irrefrenable de saber más. Es lo que sucede con los libros controvertidos. Si os interesa ahondar en una temática que suelen rehuir muchas facciones feministas, este es vuestro libro.

La guerra de sexos se libra parcialmente en terreno sexual y también, por lo tanto, en el capital erótico —que aúna belleza, elegancia física, estilo al vestir, gracia y encanto—, y el valor que le asignan ellos y ellas. Ni los hombres patriarcales ni las feministas se cansan de presentar, cuestionar y debatir reglas para regular la explotación de dicho capital, sin llegar nunca a conclusiones claras y abundando las tergiversaciones y los discursos ilógicos, ya que, como apunta Catherine Hakim, «no existe un equilibrio entre los intereses masculino y femenino en cuestiones de capital erótico y sexualidad»

La autora brinda una perspectiva que arroja luz sobre todos los aspectos de las relaciones. El punto de partida es que el capital erótico, mayor en las mujeres, supone una ventaja para el colectivo femenino que, reforzada por el déficit sexual masculino, de ser explotada, facilitaría el éxito de la mujer tanto en la esfera privada como en la pública. 

Es innegable que la belleza y el atractivo predisponen positivamente, y este capital erótico es, según Hakim, junto con el capital económico, el capital cultural y el capital social, un cuarto activo personal que debería valorarse. El atractivo sexual, especialmente la belleza femenina, es una creación, un arte que es posible aprender y que aporta muchos beneficios. Sin embargo, aunque el atractivo sexual y la belleza son ventajosos, no son esenciales cuando se dispone de carisma, y es que este se alimenta de la personalidad, la habilidad social, la vitalidad y la imagen pública, elementos del capital erótico. El atractivo es, por lo tanto, una baza suplementaria.

La autora afirma que el sexo puramente hedonista es practicado por muy pocas mujeres, mientras que sigue figurando entre las preferencias de una parte considerable de la población masculina y, al contrario de las proclamas feministas, no tiene tanto que ver con una imposición social del patriarcado como con un mercado heterosexual dominado por niveles desiguales de deseo. De hecho, una de las causas de la demanda masculina permanente de ocio erótico es que las mujeres tienen una libido más baja que los hombres. Para el sector femenino, generalmente, el sexo no reviste tanta importancia. 

Hakim sostiene que tanto científicos sociales como teóricos e intelectuales han ignorado dicho capital a lo largo de la historia porque, en resumidas cuentas, la mayoría de ellos eran hombres, por lo que les conviene menospreciar e ignorar un capital que está principalmente en manos femeninas. Esto demuestra que el sesgo patriarcal de las ciencias sociales es una prolongación de la hegemonía masculina en el conjunto de la sociedad. Al final, el arma más potente y eficaz a la que han recurrido los hombres para limitar el uso femenino del capital erótico es la estigmatización de las mujeres que venden servicios sexuales. 

Lo cierto es, contradice Hakim, que la monogamia y la exclusividad sexual no tienen nada de naturales, pues imponen la democracia sexual. Gran parte de la cultura, de los valores y de las costumbres sociales giran en torno al objetivo de garantizar el acceso sexual de los hombres a las mujeres en términos favorables a ellos. La pornografia, por lo general, está hecha por y para los hombres, y representa un mundo utópico en el que las mujeres disfrutan tanto el sexo como ellos, y son, además de predispuestas, jóvenes, sexys y atractivas. 

De esta manera, la ventaja negociadora de las mujeres ha sido suprimida por el colectivo masculino, al etiquetar el bajo deseo sexual femenino como una disfunción sexual y un problema médico. Así, el problema pasa de los hombres a las mujeres. El gremio de terapeutas sexuales, aunque formado también por mujeres, somete al colectivo femenino a una nueva presión para que se adecue a las preferencias masculinas. El resultado: las mujeres convertidas en chivos expiatorios del déficit sexual masculino. 

Hakim sostiene que el fracaso de la teoría feminista radica en que se ha mostrado incapaz de desligarse de la perspectiva patriarcal, estableciendo una dicotomía falsa que se extiende a los valores capitalistas meritocráticos del mundo occidental: o se valora a las mujeres por su capital humano o por su capital erótico. El máximo error del movimiento ha sido, en cierto modo, decir a las mujeres que carecen de poder y que son víctimas, inevitablemente y a perpetuidad, de la dominación masculina, lo cual no tarda en convertirse en una profecía autocumplida que incita a las mujeres jóvenes a creer que la partida está cantada y que no hay posibilidad de ganarla. La autora, por su parte, alienta a las mujeres a entender que la sexualidad y el capital erótico pueden ser fuentes de poder femenino.

Parece probable que alguna parte de esa brecha salarial entre hombres y mujeres que aún no ha sido explicada se deba a no saber recompensar el capital erótico de las mujeres en el mismo grado que el de los hombres. Lejos de ilegalizar cualquier reconocimiento y compensación  del atractivo, Hakim incide en que lo injusto es la falta de compensación equivalente para las mujeres. Consecuencia lógica de esto sería la despenalización y desestigmatización del comercio sexual y de todos los tipos de ocio erótico. 

En suma, la autora dice que ya va siendo hora de prescindir de la moralidad patriarcal y puritana que hay bajo esas leyes y políticas sexuales que siempre parecen inhibir las actividades femeninas, a la vez que dan libertad a los hombres para maximizar sus beneficios y fomentar sus intereses. Las mujeres tienen que aprender a pedir mejores condiciones, tanto en la vida pública como en la privada. Reconocer el capital social y económico del capital erótico puede desempeñar un gran papel en estas renegociaciones. 

Con una prosa ágil libre de redundancias, Hakim teje un discurso innovador y de poderosa argumentación que no dejará indiferente al lector.

5/5

Luz en polvo

Esa noche, vi una luciérnaga en el alféizar de mi ventana. Su luz titilaba con decisión. Más tarde descubriría que las luciérnagas emiten luz para deleitar a su pareja con un espectáculo de destellos e incandescencia, pero esa luciérnaga estaba sola al otro lado del cristal. Me quedé observándola embelesada durante un largo rato. Tal vez todo sería más sencillo si fuéramos luciérnagas, pensé. Nos sabríamos vivos y centelleantes y hacer el amor se asemejaría a lanzar fuegos artificiales. 

Aún no te conocía y ya podía oírte riendo mi ocurrencia. Era una risa incontenible, como las olas que arrollan todo a su paso. Entonces aún no sabía lo dulce que podía ser el mar. 

Al nacer el día, el sol invadió generosamente cada rincón, atravesando cristal y cortinas, y la luz se reflejó en el polvo formando partículas brillantes que flotaban sobre los cajones y rebotaban en las paredes blancas. Era como luz en polvo, como diminutas estrellas vibrantes. Debí haber sabido que era una señal, porque no existió duda alguna cuando me dije, como si se tratara de cosa obvia, que si atrapaba todos los fotones en un tarro y los rociaba sobre mi cabeza echaría a volar como Campanilla. 

Imagínate: un restaurante bonito, un vestido acorde a la ocasión, la sonrisa cordial al disculparme un momento para ir al lavabo a espolvorearme las mejillas. Y finalizar la noche escabulléndome irreverente por la ventana, con la cola del vestido ondeando en la noche y las estrellas aplaudiendo mi huida triunfal. Tú te quedarías allí unos minutos —siempre has sido un caballero—, mirando el punto exacto en el que había desaparecido. Casi puedo palpar tu sonrisa ladeada al percatarte de la travesura. Saldrías por la puerta principal tras asentirle al maitre a modo de despedida y te adentrarías en el laberinto de calles con determinación, sin cuestionarte si podrías encontrarme. Me escondería, por supuesto, e intentaría alargar el juego un poco más, pero me sorprenderías en una esquina y yo me dejaría atrapar. 

—He ganado— dirías. Reclamarías tu recompensa, consciente de la calidez que me inunda cada vez que me encuentras. 

Yo venía de un invierno helado y el verano casi me pilló con la bufanda puesta. Prueba de eso es que solía pensar que el cristal de mi habitación era demasiado delgado. El frío se me colaba en los huesos y no se me ocurría almacenar fotones al amanecer. 

Los fotones son las partículas elementales que componen la luz. Nunca me ha interesado especialmente la física, pero una vez leí que los fotones son portadores de todas las formas de radiación electromagnética, como los microondas y las ondas de radio. De repente me entraron unas ganas tremendas de meter la radio en el microondas, a la espera de que salieran rayos y centellas en una explosión de luz. Tal vez hubieran nacido estrellas en el techo de la cocina si mi sentido común no hubiera pesado más que mi anhelo de caos y disparate. Pero aquel invierno enterró bajo la nieve las estrellas y el resplandor. La escarcha me cubrió las pestañas y la luz se apagó. 

Dicen que la luz se desplaza siempre en línea recta, a una velocidad definida y constante. Como tú, que caminas siempre hacia adelante, como si hubiera farolas iluminadas a lo largo del camino. Contigo, llegó el deshielo. Lo supe en cuanto advertí la manera en la que se reflejaba el sol en tus mejillas. Me hacía visualizar mis manos envolviendo cada partícula de luz. 

A veces pienso en aquella luciérnaga. El grosor del cristal de mi ventana sigue siendo el mismo, pero esas partículas brillantes se han quedado a vivir en las estanterías. Hay luz en polvo por todas partes, y cada mañana oigo tu risa cálida al abrir la ventana y echar a volar. 

Ritual

Los trayectos en tren tienen algo especial.

O tal vez no. Tal vez sea mi mente, desesperada por encontrar algún resquicio de magia que convierta algo tan mundano como el transporte público en algo menos público y más individual. Voy a insistir un poco más en esto. En mis dos décadas de existencia ordinaria me he descubierto más extraordinaria cuanto menos lejos de mí estoy. Así que me siento al lado de la ventana con alguna canción nostálgica que haga latir un poco las ruinas del paisaje, rodeada de caras desconocidas y raras, y dejo que las pisadas que se arremolinan a mi alrededor se lleven el ruido a cada estación. En algún punto del trayecto, el murmullo desaparece y yo me encuentro, despejada entre la marabunta.

Qué ironía buscar —y encontrar, siempre— la soledad en los lugares más concurridos. Lo cierto es que me las doy de solitaria pero siempre he buscado el calor de la compañía para reencontrarme. Aunque sean borrones desconocidos, es reconfortante. Como el recuerdo del calor de una chimenea —digo el recuerdo porque lo que pasa por mi cabeza en esos momentos siempre es humo—. Es reconfortante como el recuerdo de tus manos buscando las mías para entrelazarlas y hacerles un hueco en el bolsillo de tu chaqueta. No tiene mucho sentido, pero solo por eso no pienso ponerme guantes en invierno. Miento. Lo cierto es que tiene todo el sentido del mundo. El mismo que tiene que haya empezado escribiendo sobre trenes y haya acabado hablándote a ti. O a mí. Cada vez los límites son más difusos.

Tal vez porque tus manos no se desvanecen en volutas de humo.

Tal vez porque siempre estás en el asiento de al lado, aunque no estés.