Treinta y un años del naufragio del MTS Oceanos

Fugado el capitán y los oficiales superiores, los pasajeros del lujoso crucero se salvaron gracias a una pareja de músicos y un mago

Los primeros días de agosto de 1991, el MTS Oceanos se vestía de gala para una gran celebración. Un acaudalado hombre de negocios había alquilado todo el barco para la despedida de soltero de su hijo y para la posterior boda. El navío se prestaba a un evento fastuoso, y los pagadores no se dejaron de nada: dos sacerdotes y 400 invitados acudieron a la ceremonia, que tiñó el Oceanos de la magia propia de estos festejos. 

Al día siguiente, East London le daba la bienvenida. Era un viernes por la mañana. En el puerto de la ciudad, el único fluvial del país, desembarcaron los invitados a la despedida, y empezaron los preparativos para recibir a los invitados de la boda. Enseguida subió a bordo un pequeño ejército de decoradores, que recorrieron los salones y la zona de la recepción, dejando a su paso un rastro de flores. El guitarrista Moss Hill, que junto a su mujer Tracy, bajista, había actuado la noche anterior, se dirigió a un grupillo de decoradores. 

—Les recomiendo que guarden los arreglos más lujosos —les dijo—. No querrán que se caigan cuando nos hagamos a la mar.

Los decoradores se miraron entre ellos, poco convencidos. El cielo había empezado a oscurecerse la noche anterior, como un mal presagio de lo que estaba por venir, pero aún estaban anclados al muelle, así que el movimiento no era severo. Moss, sin embargo, había vivido suficientes tempestades en alta mar como para saber que navegarían hacia aguas más bien desalentadoras. Al rato, se zarandeaba el paquebote de tal manera que, para alivio de la tripulación, se pospusieron las nupcias y volvieron a la relativa calma del muelle. No entraba eso en los planes de la novia, que a pesar del temporal, se negó a casarse en puerto. 

De nuevo en la tormenta, la ceremonia siguió adelante. En el escenario, Moss, que preparaba el equipo de sonido, movió algunos arreglos florales para que ocultaran a la organista, cuya cabeza gacha no se separaba de un cubo. Al otro lado de los arbustos artificiales que los separaban de la multitud, los pasajeros desprendían glamour. Se balanceaban juntos, de un lado a otro, como si estuvieran en un extraño baile de nupcias. La boda acabó por completarse sin demasiados contratiempos. Mientras regresaban a puerto para continuar allí la fiesta, Moss y Tracy tocaron hasta el amanecer, entre artistas de cabaret y otras personalidades del espectáculo que se turnaban para animar la velada.

Había salido Moss a hacer algunos recados a la ciudad cuando la tormenta descargó toda su furia. Llamó a su madre desde una cabina telefónica y esperó con la esperanza de que arreciara un poco. No sucedió. El viento era tan potente que el guitarrista avanzaba hacia el muelle inclinado en ángulo agudo. 

En el Oceanos, se palpaba la incertidumbre del personal. Todos se preguntaban si zarparían en esas condiciones. Finalmente, tras varios avisos, levaron anclas. Durante la cena, los camareros hacían lo que podían para no chocarse entre sí y que las bandejas acabaran en el suelo. Tuvieron un éxito moderado. Un mal augurio, pensó Moss: “Los camareros no se caen nunca”. El guitarrista observaba cómo los pasajeros, ajenos a la tormenta que se cocía fuera, se afanaban en buscar los mejores asientos en el salón principal para el espectáculo de la noche cuando un estruendo le sobresaltó. Parte del equipo informático se había estrellado contra el suelo, a su lado. 

Empezaba a oscurecer. Moss se dirigía a su cabina cuando a medio camino vio a tres hombres de seguridad corriendo hacia la popa. Les siguió hasta la escalera de tripulación, de donde subían pasajeros de las cubiertas inferiores. Algunos estaban mojados y la mayoría llevaba un chaleco salvavidas. Moss les observó volar a sus cabinas, coger algunos enseres, meterlos a toda prisa en pequeñas bolsas y subir a las cubiertas superiores. Un par de oficiales trataban de calmarlos. Moss corrió a su camarote. 

—Cámbiate los vaqueros y las zapatillas y prepárate para abandonar el barco— apremió a Tracy. 

Volvió entonces al salón principal, donde el equipo de la banda estaba ya desperdigado por el suelo. Los pasajeros, que aguardaban el espectáculo de las diez, empezaron a alarmarse. Sillas, mesas y botellas danzaban por el aire y chocaban entre sí. Las luces se apagaron, dejándoles en penumbra. Las tenues luces de emergencia apenas iluminaban las áreas públicas. 

Moss empezó a tocar la guitarra acústica en un intento de calmar a la masa. Cantó todas las canciones que se sabía. Al poco, se le unió Tracy y Robin Boltman, otro intérprete. El ánimo decaía por momentos. Cuando se les acabó el repertorio, fueron a ver a la directora del crucero. 

—Hay un problema con el motor. Vamos a abandonar el barco— corroboró Lorraine Betts.

Moss la miró incrédulo.

—¿Quieren abandonar el barco en la oscuridad, con esas olas montañosas y tan lejos de la costa? A menos que nos estemos hundiendo, probablemente sería más seguro para los pasajeros quedarse a bordo y esperar un remolcador.

—El capitán dice que no nos estamos hundiendo, que no ha entrado agua— informó Lorraine.

Moss decidió bajar a las cubiertas inferiores para cerciorarse. No quería ir solo, así que buscó a su amigo, el mago de abordo, Julian Butler —o Julian Russell, como se le conocía en círculos artísticos—. Fueron directos a la sección de popa y atravesaron las áreas de “Solo Tripulación”. Con el barco oscuro y desierto, era difícil negociar con las aceitosas escaleras de acero. Llegaron al fondo de la nave. 

Todo parecía seco, pero siguieron buscando señales de agua. Su avance se detuvo cuando llegaron a un mamparo que había sido sellado con puertas estancas. No parecía haber ninguna fuga.

Cuando volvieron a subir para explicar a Lorraine lo que habían visto, parte de la tripulación había bajado botes salvavidas a la cubierta de embarque y la directora del crucero subía a mujeres y niños. Moss vio, entre los que se sentaban en los botes, a oficiales superiores. 

—No nos estamos hundiendo —insistía el capitán. —Es solo por precaución.

Moss no le creyó. Cogió su cámara de vídeo y bajó por delante de la sala de máquinas. Mientras se acercaba a la cubierta de Dionisio, oyó el sonido del agua fluyendo. Al doblar la esquina en el rellano de la escalera, confirmó sus temores: la cubierta estaba inundada. El MTS Oceanos se hundía. 

Mientras lo filmaba todo, un tripulante se le acercó.

—¡Eh! ¿Qué hace? ¡No puede grabar aquí! —le gritó el hombre. 

Moss apartó la grabadora de su ojo, pero la dejó encendida. El tripulante le agarró del brazo y le instó a subir. 

—¿Ha visto todo el agua? —inquirió Moss.

—No sé de qué me habla. Usted no puede grabar aquí —repitió el tripulante.

Moss corrió a contárselo a los demás para organizar la evacuación. Mientras los artistas Robin Boltman y Terry Lester circulaban entre los pasajeros, calmando a los más inquietos, Tracy, Moss, Lorraine y otros miembros del personal de entretenimiento intentaban bajar los botes salvavidas. No era tarea fácil: al no estar bien asegurados, cuando se bajaban al punto de embarque los botes se balanceaban y chocaban contra el costado del barco. 

A las tres de la mañana, solo faltaba lanzar uno de los botes. Cuando varios oficiales ordenaron bajarlo, Lorraine y Moss alzaron la voz por encima del ruido del viento, las olas y el choque del bote contra el barco.

—¡No pueden bajar ese bote! ¡Caben noventa y nueve personas! ¡Apenas hay cincuenta ahí sentadas!

Los oficiales discutieron con la pareja, que los retrasó lo suficiente como para sentar a veinte personas más en el bote antes de que los tripulantes lo bajaran. En la oscuridad del barco, aún permanecían doscientas veinte personas a la intemperie.

Moss fue al comedor para ver cuánto había avanzado el agua. Bandejas, sillas y plantas flotaban sobre un metro de agua. Los muebles no eran más que escombros. No quedaba nada de los adornos de vidrio que tintineaban con gracia el día anterior. La entrada principal, resistente al fuego y al agua, estaba abierta de par en par. Moss trató de cruzar la habitación para cerrarla y ralentizar el flujo del agua, pero desistió cuando advirtió que lo más probable era que acabara aplastado por los muebles, que rodaban de un lado a otro de la sala. La mayor parte de la nave estaba inundada. 

Volvió a la cubierta superior intentando disimular su preocupación. Los pasajeros le interrogaban sobre su progreso, pero él se abstuvo de mencionar que solo un nivel les separaba del agua fría del Atlántico.

—Disculpe, hemos de bajar al piso inferior— le interrumpió un hombre. Tres personas detrás de él miraban al guitarrista con expresión suplicante. 

—Lo siento, pero nadie puede bajar. Es por seguridad —respondió Moss con suavidad.

—No hemos visto a nuestra Louise desde que empezó la evacuación —insistió el señor—. Somos su familia. Por favor, déjenos bajar. Puede que aún esté en su camarote.

Moss le miró durante unos segundos. El hombre, de mediana edad, le devolvió la mirada sin pestañear. No iba a desistir. 

—Bajaré a ver. No se muevan de aquí.

Al llegar a la cabina de Louise, Moss llamó a la puerta. Una voz respondió al otro lado.

—¿Louise? Soy Moss Hill, del personal de entretenimiento. Tu familia me ha enviado a buscarte. ¿Me abres la puerta? 

Una chica de unos veinte años entreabrió la puerta. Estaba sola. Vestía ropa de noche y miraba a Moss con desconfianza. 

—Ha habido un problema. Debes ponerte el chaleco salvavidas. Venga, vamos. Te llevaré con tu familia. 

De vuelta a la cubierta superior, Lorraine se acercó a Moss. 

—No hemos encontrado a nadie en la sala de mando. 

—¿Y el capitán?

—Desaparecido. Hemos de pedir ayuda, Moss. 

Moss asintió y siguió a Lorraine al puente de mando. Intentaron establecer contacto. 

Mayday, mayday. El MTS Oceanos se hunde. Necesitamos ayuda —repetía Lorraine por el teléfono de radio.

Se turnaron para pedir socorro hasta que alguien les contestó. La recepción de radio era clara, y Lorraine y Moss se miraron esperanzados.

—Al habla el capitán Detmar, a bordo del Nedlloyd Mauricio. ¿Cuál es su posición?

—No sabría decirle, señor —le respondió Moss. 

—¿Cuál es el grado de inclinación? ¿Fortalezas actuales?

—No lo sé, capitán. Lo que sé es que quedan unas doscientas personas a bordo. 

—¿Cuál es su rango?

—No tengo ningún rango. Soy el guitarrista principal. Moss Hill, capitán. No sabemos dónde están el capitán y los oficiales.

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.

—De acuerdo. Primero hemos de saber cuánto tiempo tenemos, Moss. No podemos acercarnos al MTS Oceanos con estas olas y estas corrientes. Podríamos chocar. Esperaremos cerca de su ubicación y nos acercaremos a medida que se sumerjan. Siga mis instrucciones.

Cuando Tracy, Julian y Robin se unieron a él y a Lorraine en el puente de mando, Moss salió a proa en busca del capitán Avranas. La cubierta estaba cada vez más empinada y resbaladiza. Al final, le localizó a él y a los pocos oficiales que quedaban a bordo fumando bajo una escalera. Mantenían un perfil bajo. 

—Capitán, ha de venir al puente de mando. Hemos establecido contacto con el Nedlloyd Mauricio. Vienen hacia aquí. 

—Esperaré aquí —contestó Avranas.

Moss calló unos segundos antes de volver a dirigirse al capitán del Oceanos.

—Hemos de saber cuántas horas tenemos.

—Tal vez dos o tres horas a flote. 

Moss miró una última vez a Avranas y corrió a informar al capitán Detmar. No volvió a ver a Avranas. Eran las seis de la mañana de ese infausto cuatro de agosto cuando llegaron los helicópteros para pasar a los pasajeros del MTS Oceanos al Nedlloyd Mauricio. El capitán del barco se subió en el segundo. 

En la cubierta superior, Tracy intentaba mantener la calma entre los pasajeros mientras organizaba el orden del rescate: primero mujeres, luego hombres mayores y por último los jóvenes y de mediana edad. Establecieron una estación de rescate de helicópteros en popa y otra en proa. Durante las siguientes cinco horas, a la señal de Moss, Tracy le enviaba pasajeros de dos en dos, que él vestía con el arnés, de unidad doble, para que el helicóptero les subiera al otro barco. Mientras tanto, Robin retransmitía los progresos por radio desde el puente de mando. 

Julian Butler y un buzo de la marina, Gary, se metieron en el último bote inflable para estar preparados en caso de que alguien cayera al mar. Con la cubierta tan empinada y el barco balanceándose, varios pasajeros se resbalaron y cayeron mientras Moss les ataba el arnés. 

En una de esas, cuando Moss ya había atado bien el arnés a dos ancianas y dado la señal al helicóptero para elevarse, el barco se balanceó y la barandilla golpeó a ambas en las piernas. Las ancianas se balancearon sobre el agua como un péndulo antes de volver a la nave. Los pasajeros, que miraban la escena conmocionados, contuvieron el aliento cuando las dos mujeres chocaron de nuevo contra el barco. Algunos gritaron. 

Tras el incidente, Moss, Tracy y los demás siguieron trabajando sin descanso. El Oceanos era cada vez más inestable y el temporal no daba tregua. Horas más tarde, solo quedaban quince personas a bordo del Oceanos: doce pasajeros, Robin, que permanecía en el puente de mando, Tracy y Moss. El barco empezaba a hundirse por la proa, y la tripulación del helicóptero les indicó que esperaran en popa hasta ser rescatados. 

Casi una hora después, pisaban por fin el suelo firme del Nedlloyd Mauricio. Desde allí vieron cómo las aguas se tragaban sin piedad los ciento cincuenta y tres metros de eslora del MTS Oceanos. Un gran tesoro roto que aquel verano de 1991 quedó confinado a las profundidades del fondo abisal de las costas sudafricanas.