Hoboken, Día 7

Poesía

Hoboken tiene tantos letreros brillantes de colores que con un par de copas ya ves arcoíris bailando al son de ‘Gimme, gimme, gimme a man after midnight’, y con un par de chupitos más, los colores hasta te hablan de chicos que se dejan la cartera en el Uber. Solo que eso no me lo dijo ningún arcoíris parlante. Raúl tiene una sonrisa bonita y un agujero en el bolsillo, aunque él se lo toma con filosofía. Al conductor del Uber, un tal Farrouko, le ha tocado la lotería. Carlitos tiene un acento canario graciosísimo y Txabo parece pausado hasta que baila. Ayer de vuelta, en un arranque de sinceridad (de esas que me dan de tanto en tanto, cuando es de noche y me sube la sensiblería) le dije que me conformaba con llevarme de aquí una amistad de verdad, de las que no terminan. Será que tiene la mirada transparente. Me gustan las personas así.

Me imagino siempre a Quim diciéndome que no me fíe tanto de la gente, mi ángel guardián, pero es fácil encariñarse aquí, con vistas al río Hudson y al skyline de Nueva York. Estoy convencida de que ayer, en algún momento entre chupito-cerveza-bailoteo, fuimos invencibles.

Las luces de esta ciudad son infinitas, Quim, pero me pasaría la noche contándolas. ¿Te acuerdas de como se reflejaban las luces en el Sena? Como pinceladas vivas y danzantes. En Nueva York son distintas, más intensas y estáticas, pero me hacen sentir igual. La cima del mundo debe estar en alguno de esos rascacielos.

Spring Waltz

Poesía

Mi dedo índice es un pincel
cuando camina por su pómulo izquierdo.

Me imagino coloreando sus mejillas
de malva, púrpura y lavanda,
y emborrachando sus pestañas
de color vino.
Me veo pintando una media luna de café
en sus labios
para que completen el plenilunio
al tocar los míos
y despertar todos los días
entre sábanas blancas
y granos tostados.
Esculpiría sus contornos con un cincel
y suavizaría sus rasgos afilados
con las yemas
todos los días,
al anochecer.

Cuando mis huellas encuentran el abismo
al morir tierra lisa
en la barba incipiente,
me tiembla el pulso,
pero él siempre tiene los ojos cerrados
y no se da cuenta de que soy yo
quien le acaricia
pero es él quien marca
cada uno de mis recodos de piel.

Sitges, 28 de febrero de 2021

Poesía

Hay algo trascendental
en tu manera de cerrar los ojos
frente al mar.

En ese paraje de sal, roca y pájaros,
las rocas se llenan de tu silencio,
cálido como un “te quiero”,
y todo lo que no digo
se tiende en la arena
y se mece con el viento.

Sé que me reconoces
en las palabras pronunciadas
y en el mutismo lleno,
que nos sabemos queridos
en esta ciudad que el mar asedia.

Y que mañana, al despertar,
volveré a cobijarme en este sueño
como la niña que se aferra al edredón
al despuntar el invierno.

Como el ciego nato que ve por primera vez
y atraviesa las nubes
hasta tocar la Luna con los dedos,
así, como quien no ha visto nunca la luz
y no mide las distancias,
yo te quiero.

Como quien ha derrumbado los muros
y ha encontrado la verdad erguida
en el centro,
como una crisálida a punto de quebrar,
y ha visto a la verdad volar
y posarse en tu hombro.

Como quien encuentra el descanso
entre tu barbilla y tu cuello,
como quien vive en la punta
de esos dedos
con los que pulsas el mundo.

Te querría plaza soleada
o patria sombría e inclemente.
Te querría bala aún caliente,
arma derrotada
o manos cándidas
e inmaculadas.

Te querría en una noche de perfumes,
en un baile de máscaras
y en la espuma sucia
de una orilla abandonada.

Te querría siempre,
de todas las maneras posibles,
porque has cerrados los ojos frente al mar
y he sabido que tras tus párpados
nace cada día el cielo y la tierra.
Y todo,
el cielo, las rocas, los pájaros,
el ruido, el silencio,
el abismo de mis manos frías
y hasta el propio transcurrir del tiempo,
todo se ha desvanecido
con el aleteo de una membrana fina.

Mi universo solo existe porque tú lo miras.

El velo

Poesía

Mi velo pintado perdió solidez
con la primera lágrima negra.
Esta no era negra de tristeza
ni alentaba a la despedida.
Era negra como lo es
la noche profunda y límpida,
como un pozo que rebosa suciedad,
y que con el último aguacero,
se impulsa hacia el cielo
con brazos cenagosos,
y renace transparente
y opalino.
Despedí primero la fosca,
y después observé el paisaje velado
por la calina,
los colores borrosos
y la confusión levantándose del suelo,
hasta que la bruma
se desprendió por mi mejilla izquierda.

Te miré,
tan nítido y ligero,
y ahí estaba,
planeando por mi barbilla:
el vestigio de un riachuelo
que se secó de madrugada,
y dejó rocío donde solía
condensar la niebla:
en la piel
y en la memoria.
En la tuya y en la mía.
Ya nunca jamás
nos volvió a alcanzar
la lluvia sucia.

Candlelight

Poesía

La música nos elevaba
hasta el cielo de cemento.

Yo olvidé el auditorio
y volé a algún lugar lejano.

Ya no hay butacas,
solo soles encapuchados de cera
y el sonido del piano
cuando aprietas mi mano
y tus ojos se revelan
como una película
en blanco y negro.

No separas los labios
pero susurras
palabras de amor.

Te quiero.

Te quiero.

Te quiero.

A la luz de las velas
llueven mis mejillas
cuando la pianista
acaricia las teclas
y la melodía nos arrolla
como una avalancha
de nostalgia
ante un ocaso invernal.

Soy el viento entre tu pelo,
un beso en la nuca,
una serpiente de aire
surcando tu piel.

Nos envuelve,
nos vence
y nos encumbra
sobre el horizonte,
donde la luz se derrite
en un desierto de ébano
y calma profunda,
viva y serena.

Besas cada nota.

Estamos solos tú y yo.

El cielo se estremece
cuando alzo las pestañas.
Fuera también llueve.
Esta noche, amor mío,
hasta nuestros miedos nos temen.

La salida del cementerio

Poesía

Mis letras mueren en el papel
como cenizas de una voz quemada
pero siempre que vuelvo
renacen las brasas,
y así me encuentro,
a medio camino
entre el cementerio de mis palabras
y el amanecer de tu piel en mis dedos.
En ese punto,
mis mechones,
mis ojos,
mis labios,
mi cuello,
mi pecho,
mi cintura,
mis piernas,
mis pies,
todo;
todo te busca
y se desvive en tu nombre:
las letras desenterradas
dejan sus tumbas
y emigran de campo santo
para acariciar
contigo
la lumbre.

Voz de nieve y sal

Poesía

Llega a pedacitos el mundo a mi ventana,
o tal vez es mi reflejo en el cristal,
fragmentado por los ojos que lo miran.

Contemplo las luces,
las formas
y los colores
y me deslizo por el túnel obsidiana
de mis pupilas.
Me busco en los acantilados,
en un laberinto de espejos,
en la algarabía de voces que rugen,
tras los iris vidriosos,
mentiras que un día arropé
y que me hicieron tropezar.

Y entre las mil caras susurrantes,
todas ellas pálidas
y de expresión vacía,
el rumor de una voz renqueante en la lejanía
me recuerda a la delicada violencia de la nieve,
y como la espuma del mar avanza por la arena,
yo sigo su estela,
aunque me enfríen los copos
y se me llene la boca de sal.

Me reconozco en la tibieza,
en su tono íntimo y gutural,
en la debilidad tras la fortaleza,
en la elegancia de su andar,
en la duda y su promesa letal.

La carta

Poesía

Me has escrito una carta
y he pasado de puntillas por las letras,
como si cualquier sonido fuera a consumir
la magia de las líneas,
como si el papel fuera a desvanecerse
al llegar al punto final.

Así que he atrapado el ruido
de mis latidos zarrapastrosos en el pulgar
y he metido la mano en el bolsillo,
casi con miedo de que fuera a estallar
antes de que pudiera escribirlo.
Pero era importante, amor mío,
oír solo tu voz mientras leía.
Ahora, mientras te escribo,
oigo sílabas emergiendo de tus labios
como cataratas de poesía
sobre el mantel de un comensal
sediento de sensibilidad.

Siempre has sido tú.
Hombre,
Amante,
Compañero,
Numen.
En mayúsculas,
porque no sabes hacer nada en pequeño.

Tú, que dices que escuchar a Tchaikovsky
es como beber un chupito de Vodka Baykal:
“Al principio una tenue brizna de aire gélido
te pone los pelos de punta,
y en el momento álgido,
sin previo aviso,
fuego”.

Tú, que cantas todas las canciones
aunque no te sepas la letra,
que prefieres salirte de la carretera
que ver tu vida pasar
mientras el conductor de enfrente
se duerme en los laureles,
que has memorizado los diálogos
de tus películas preferidas
sin siquiera intentarlo.

Tú, que calaste desde el principio
a este torbellino descocado,
a la chica perdida
que se esconde dentro
de las bandas nubosas
y la actitud insolente.

Tú, que has incrustado tu risa
en mi arteria carótida,
y ahora solo me preocupa desangrarme
por si no vuelvo a escuchar esa melodía.
Tú, que ocupas mis ojos
hasta cuando duermo,
que llenas todos los huecos.
Tanto, que ya no queda vacío.

A ti te querría el doble
si en mi pecho cupieran dos corazones,
pero como no puedo darte más de lo que tengo
te doy todo lo que soy.

Inmortalidad

Poesía

Nos he imaginado solos,
taciturnos,
oscuros y delirantes,
sumidos en la tristeza
y espoleados por el odio.
Nos he imaginado distintos,
con los ojos opacos,
la risa amarga
y las palabras llanas,
con la lengua afilada,
dispuesta a combatir
en ese lenguaje
que solo entiende el amor
y el odio.

Y ni siquiera en mi imaginación
nos he encontrado divididos
porque dónde te viera
si no a mi lado,
porque tu ausencia
no cabe entre las letras
y no entiendo mi vida
en un folio en blanco.
Cada verso que habitas
me aleja de esa pesadilla
fronteriza
que no concibe la vida
sin tus ojos diáfanos;
que no entiende
de mis oídos agudizados
al oír tus latidos
en la penumbra,
de tu brazo rodeando
mi cintura,
de mi piel erizada
anhelando tus dedos,
de mi dedos
delineando tu contorno al ritmo
de una respiración acompasada
y mi silencio.

Puedes convertirte
en otra persona,
en alguien taciturno,
oscuro y delirante,
sumido en la tristeza
y espoleado por el odio,
y puedo aceptar ese remanente
ennegrecido,
pero no tu partida
ni mi destierro.
Puedes abrazar la sombra,
dejar que tus ojos
se tornen opacos,
tu risa, amarga
y las palabras, llanas,
pero nunca estarás solo
porque en mí te sobrevives,
visceral e insondable,
aunque ya no seas,
aunque ya no vivas.

La inmortalidad
no es quimera
si sigues insuflando vida
a esta Luna creciente
que descubre la plenitud
al despertar tu boca
salida del sueño.
La inmortalidad
no es ilusoria
cuando me miras
como si fuera una elección
irrevocable
e infinita.
Y si yo me pierdo,
estoy tranquila.
Ver el latir de mi corazón
en tus ojos enternecidos
cuando me contemplas desnuda
y sedienta de ti,
me recuerda que vivo
en alguien más
que en mí misma.

Para mi muso. Sic volo semper amare.

La victoria de Samotracia

Poesía

Nos hemos alzado como Niké,

con sus telas ceñidas y ondeantes 

por un viento de victorias. 

Hemos conquistado París 

mientras yo tallaba en mármol tu mirada 

al descubrir Le déluge de Girodet

y me arrimaba a ti al esbozarnos

dueños de los pasillos del Louvre

por una noche. 

Te prometo que nos retraté escondidos

entre sonrisas de asombro 

y pinceladas de felicidad. 

Nos hemos alzado como el ángel victorioso, 

tan imponente sobre la proa de su navío, 

y hemos flotado sobre los colores 

que visten el Sena 

cuando la noche encierra las luces 

en el vaivén de sus aguas.

El cielo, 

teñido de la tinta rosada

con la que lo poblamos de sueños,

se dibujaba sobre el Puente de las almas, 

que me hablaron del amor 

y de un rosedal inmenso. 

El sol nadaba altivo 

y encendido como nunca tras la Torre Eiffel 

cuando te miré el primer viernes de septiembre

y bautizaste ese rincón de la ciudad

como nuestro ángulo secreto. 

Cayó la noche

y los Campos Elíseos 

escucharon a Édith Piaf 

entonar Sous le ciel de Paris,

mientras tú me regalabas un millar de besos

que me hicieron imaginarnos

navegando sobre el firmamento. 

Lo primero que veía al despertar esos días 

era un ventanal de luz, 

y a ti, acurrucado a mi lado, 

en un sueño plácido 

que me hizo desear ralentizar el tiempo.

Envuelta en sábanas blancas

y con los párpados aún pegados, 

me invadía una certeza absoluta:

como la diosa alada, 

yo también había ganado.