Nueva York, Día 15

Crónicas de New Jersey, Prosa

Nueva York tiene el corazón gris. Lo sé igual que sé que el Hudson esconde tantas historias turbulentas como botellas rotas decoran los rincones de la ciudad. Hay una nube negra que sobrevuela nuestras cabezas y ensombrece cada calle, acentuando nuestros pasos. Aquí parece que cada bocanada de aire importa más. Tal vez por eso estoy más callada mientras caminamos a la vera del río, con el puente de Brooklyn y el de Manhattan, paralelo, erigiéndose imponentes sobre las aguas embravecidas.

Esto no es el norte, pero hay una calma sepulcral que augura muchas tormentas, y hay algo en el aire que me hace evocar a los acantilados cantábricos. Nueva York es salvaje de una forma civilizada. Tal vez es la añoranza la que me mueve a buscar similitudes donde no las hay. Echo de menos la brisa marina, la mano de Quim sobre la mía, su cuerpo envolviéndome y ahuyentando el frío. La habitación 106 sigue siendo un congelador, aunque Raúl nos preste mantas. Laura y Bea duermen con bufanda y guantes, y yo cada día me voy a dormir recordándome que al día siguiente he de volver a Marshall’s para comprar un par de calcetines gruesos y calentitos. Me acuerdo de mi abuela recordándome que no meta la chaqueta de punto en la secadora.

Txabo me explica muchas cosas sobre fotografía y escucharle es reconfortante mientras le sigo hacia Wall Street. Nunca se me ha dado bien elegir el buen camino, pero él tiene un mapa en la cabeza y me fío de su intuición. De camino a Chinatown, paramos en el jardín de Elisabeth Garden Street, que en pleno Soho parece salido de un cuento de hadas.

De vuelta, Raúl y Carlitos siempre van delante, como Zipi y Zape, y yo pienso en las tres Marías que han cogido un ferry para ver la Estatua de la Libertad. Los chicos me dicen que desde el ferry se ve diminuta. Txabo sigue fotografiando a gente por la calle, con flash, mientras yo me fijo en los periódicos chinos, las puertas, las escaleras, los templos budistas y los farolillos de colores que adornan el barrio chino. De alguna forma, nos las ingeniamos para cenar en el único restaurante coreano de Chinatown. Allí me reencuentro con un viejo amigo, que ahora estudia en Columbia University. Pienso en todas las casualidades que han dirigido mi vida, y me digo que al final elijo solo la mitad del camino. Me pregunto si Quim estaría de acuerdo, si soportaría la idea de no poder ir siempre un paso por delante.

Por el camino, una catedral ucraniana, y una iglesia que a Raúl le recuerda a Hogwarts. A mí también, pero por mucho que lo intento, no consigo recordar su nombre. A las 9pm mis pies ya andaban solos.

Nueva York tiene un olor característico, como el agua de la ducha que compartimos en Rutherford. El otro día escribí que si el tono del poema Crossing Brooklyn Ferry de Walt Whitman fuera un color, sería azul. Me equivoqué. Sería gris, como el corazón de esta ciudad que tanto entraña.

Kirby Hall, Día 8

Crónicas de New Jersey, Prosa

En Rutherford hay castores. Puede parecer un detalle absurdo, pero después de ver ardillas, conejos, insectos del tamaño del dedo gordo de mi padre (y os aseguro que lo tiene muy muy gordo, como dos del mío), me he quedado mirando a ese bicho peludo y paticorto cruzar la carretera que separa el campus del cementerio, hasta que me he girado hacia una pobre chica que no conocía de nada, con cara de susto, para soltar un nada ingenioso ‘What’s that?’, a lo que ella me ha mirado como si me hubiera salido una antena y ha contestado ‘It’s a beaver’. Después se ha dado la vuelta y se ha marchado como si en Nueva Jersey habláramos de castores todos los días.

No ha sido la primera en mirarme así. En mi defensa diré que el día ha empezado raro. He dado más vueltas que una peonza para llegar al aula Kirby 229 para mi supuesta clase de Screenwriting I. Una señora simpatiquísima me ha llevado al edificio Kirby y otras dos me han mirado como si me faltara un tornillo cuando les he dicho que no existía el aula 229. El pasillo acababa en la 227, y al final solo había una escalera de incendios. He recordado cuando Txabo dijo que esto le recordaba a los edificios que aparecen en Resident Evil, y me he quedado un rato mirando ceñuda el letrero rojo de EXIT, intentando decidir si debía arriesgarme a que un zombie mugriento se zampara mis sesos. Si hay algún sitio donde debería haber zombies, es en esas escaleras de Kirby Hall.

No he tenido que pensarlo demasiado. Una chica también simpatiquísima ( ya os dije que aquí son muy risueños, por lo de los billetes escondidos en las macetas y eso) iba al mismo sitio y estaba preguntando a las dos mujeres (las que me habían mirado como yo al castor). Al final hemos encontrado la que ha resultado ser la clase de Organic Chemistry. Así que me he sentado, a pesar de los números raros del papel que me ha dado el profesor, a pensar en qué había hecho mal para que el día se torciera tanto y acabara escuchando a un hombre con boina hablar muy rápido sobre vete tú a saber qué de Química Orgánica (¿es que hay orgánica y no orgánica?). En ese momento, mi cerebro bien podría haber sido objeto de estudio.

Por suerte, el profesor me ha echado cuando se ha dado cuenta de que mi nombre no figuraba en la lista. He mirado a la chica simpatiquísima con pena al marchar. Y vuelta a empezar.

La profesora de Screenwriting I es joven y desentona con las paredes pálidas del aula Obal 205. Se pasea mucho, por lo que cada dos por tres he de estirar el cuello para verla por encima del cacharro que tienen por ordenador, uno delante de cada alumno. He probado de quedarme quieta y mirar las instrucciones que había proyectado, pero me gusta cómo mueve las manos, como si espantara moscas.

Por la tarde, mientras paseaba por la estación Grand Central de Nueva York, he pensado en ese castor solitario que se dirigía al cementerio, y me he acordado de la estatua de Alicia en el País de las Maravillas que vimos en Central Park el primer día que visitamos la ciudad. Aquí hay una frontera muy sutil que separa la realidad de la locura, y ese castor bien podría haberse tomado el té con el Gato de Chesire.

Para ti, Quim Félix, para que lo recuerdes cuando me eches de menos: “Me he visto obligado a matar al tiempo mientras esperaba tu regreso. En fin, el tiempo se ofendió y se paró del todo. Ya no hace ni un tic.” No dejes que tu reloj se pare estos meses, mi Sombrerero Loco. Te quiero en Nueva York, en el castillo de la Reina Roja y en el palacio de los sueños.

Rutherford, DÍA 1

Crónicas de New Jersey, Prosa

Queridos lectores,

Os escribo en un bus dirección a New York, aún no acostumbrada al cambio horario, para poneros un poco al día.

De momento, la aventura promete. Mi universidad se encuentra en el pintoresco pueblecito de Rutherford, en New Jersey, en un tranquilo barrio residencial lleno de casitas (y el diminutivo es por lo entrañable, no por el tamaño) de colores con jardín, porche y verja. Y muchas —muchísimas— banderas de los Estados Unidos. Todo ello muy americano y extraordinariamente pulido, aunque aún no hemos visto ningún jardinero cuidando de las plantas. No hay una sola colilla en el suelo, y a pesar de que nos encontramos a veinte minutos de la gran ciudad, los edificios del pueblo, todo negocios y terracitas, no superan los tres metros. No me extrañaría que los gnomos de jardín cobraran vida al ponerse el sol para recoger toda la suciedad.

Después del laberinto de puentes y carreteras para llegar a New Jersey desde el hotel en el que nos alojamos la primera noche (donde teníamos unas vistas espléndidas del vertedero y los colchones más cómodos de América), Rutherford es un mundo aparte, y yo tengo la fantasía de que bajo esa fachada de perfecta normalidad, hay fajos de billetes escondidos en macetas, y algún cadáver en el congelador del sótano, porque por alguna razón, siempre hay un congelador en el sótano. Me muero por picar de puerta en puerta e investigar. Probablemente me dejarían pasar, me ofrecerían galletas, me enseñarían el álbum familiar, y después me meterían en el horno cuando oyera los gritos amortiguados del desván. Aquí todos son muy risueños. He buscado si había alguna casa encantada para los turistas curiosos. Me conformaba con un incendio, un suicidio colectivo por escape de gas o un robo que termina en el homicidio de una bonita familia adinerada. Pero nada de nada. Los habitantes de Rutherford son pacifistas.

Prinkle, la dependienta de lo que en España vendría a ser un chino de toda la vida, nos vendió ayer a Spencer, nuestra cesta de la ropa sucia. Le hemos cogido un cariño especial (sobre todo porque tiene ruedas). Bea dice que “salimos más caras que un hijo tonto”, y Laura se ríe mucho, como siempre. Mi compañera de cuarto, Catherine Lopkin, resulta ser madrileña, y la mitad del equipo de fútbol es español. Nos sentimos como en casa, aunque aún no tenemos ni sábanas, ni llaves de la habitación, ni una cortina de ducha en condiciones (tiene un color amarillento muy sospechoso). Pero todo se andará. Aquí hasta los buses escolares (sí, esos amarillos de las películas americanas) y las escaleras de incendios (sí, esas por las que huyen los asesinos) nos parecen increíbles.

En Rutherford nunca pasa nada, parece, y a nosotras hasta eso nos resulta fascinante. Hasta la señora con malas pulgas que me ha prohibido coger más de una cookie en el desayuno (están para morirse tres veces), parece salida de una película de Hollywood. Daría el pego como carcelera, o como ayudante de cocina en una cárcel, o como presa de una cárcel. Como lleva la mascarilla, no puedo saberlo a ciencia cierta, pero juraría que tiene los dientes torcidos.

Os voy actualizando. Desde aquí ya veo los rascacielos. Son tan altos que me va a coger tortícolis en el cuello de tanto mirar hacia arriba. Si no alzas la vista demasiado, casi puedes imaginarte que son infinitos, y que en algún punto atraviesan el cielo y llegan a otro sitio.

Gracias siempre por leerme.

Hasta pronto,

Blanca

“Si la cultura se ha de pagar, solo podrán acceder aquellos que ya son cultos”

crónica, Prosa
A partir de su colección, Alejandro Cuadrado Puig, propietario de el Museo “La Retirada” de Camprodón, nos guía por los recovecos de la historia de la Guerra Civil Española.

Me llamo Alejandro pero tendría que haberme llamado Diógenes, porque lo guardo todo“. Así se presenta Alejandro Cuadrado Puig, el propietario del antiguo Museo “La Retirada”, cuando nos encontramos en la esquina de la calle Valencia con Sant Antoni de Camprodón. Desde el exterior, en el escaparate, un tablón con noticias de la Guerra Civil y un maniquí con uniforme militar.

El sentido del humor de este septuagenario jubilado de memoria prodigiosa no decae durante toda la mañana que dura la visita por el museo. Una visita, curiosamente, por su propio garaje, donde ha ido almacenando armas para dar a conocer cómo fue la retirada de las tropas republicanas en el Valle de Camprodón. Dice tropas republicanas pero, advierte, en aquel momento no había republicanos ni un ejército franquista, sino nacionalistas y rojos. Nuestro guía asegura que, entonces, “no se hablaba de fascismo”. El museo pretendía ser, nos cuenta, “una exposición de recuerdos de lo que sucedió en la Guerra Civil”.

Museo La Retirada, Camprodón

Un hogar repleto de historia

Mientras se dispone a abrir la puerta del garaje, Cuadrado nos hace un breve recorrido por la historia de su casa. Esta consta ya en el año 1400, cuando era propiedad de la familia Campa, unos terratenientes que poseían media comarca. En 1692, relata, un general asaltó la casa. Ya en 1840, el general Savalls, un militar de la Primera Guerra Carlista, convirtió el edificio en un depósito de prisioneros, y tres décadas después, este se transformaría, a su vez, en un hospital militar. La que fue la casa de los Campa sería en 1937 un hospital de carabineros, y durante la Retirada, la casa serviría de refugio. Al entrar las tropas nacionales, se estableció en la planta baja un cuartel de regulares, y arriba, una compañía de ingenieros. Así, esta casa repleta de historia se convertiría en el hogar de la familia Cuadrado en 1945, cuando el padre de familia la compró.

Este se llamaba Alejandro Cuadrado Blanch y tenía su propia empresa de transportes cuando el ejército republicano reclamó sus servicios en la fábrica de armamento número 15 de Olot, donde le encomendaron la misión de montar los subfusiles catalanes Labora Fontbernat. Cuadrado nos narra, orgulloso, cómo su padre los saboteó dejando los percutores más largos para que no ametrallaran: “Mi padre no quería hacer armas para matar a gente. Era un hombre católico y su moral no se lo permitía”.

Entre restos de campanas destrozadas por la guerra, fundas de pistola, insignias, medallas, instrumental médico, carteras, libros, máquinas de escribir y uniformes de la Guardia Civil, Cuadrado nos muestra, con un dejo de nostalgia, la radio de sus abuelos. “Fue requisada por la CNT, pero pudimos recuperarla porque dentro había un escrito con los nombres”, explica.

Cuadrado escribe estas historias para que no caigan en el olvido. “Cuando yo tenía 13 años, me iba al bar con los mayores, porque aprendía de todo”, puntualiza. Así, ha ido recopilando en su memoria relatos y anécdotas de guerra, preocupado porque esas vidas de interés histórico se desvanezcan en el tiempo sin antes haberlas contado. No tiene herederos, pues su hijo murió con 16 años, y ahora teme que se pierda el patrimonio histórico que durante años ha recogido.

“Un arma en aquel entonces no tenía ningún valor, pero todo tiene una explicación”

Alejandro Cuadrado

Parte de dicho patrimonio son armas, como por ejemplo la Mauser alemana, la denominada “neutral”, una Winchester de 1968 que le había regalado un piloto de aviación francés, varias pistolas de la guardia personal del presidente de la República Juan Negrín o la del maqui Quico Sabaté. Guarda, también, armas de madera que usaban los niños de la falange para su instrucción básica. Todas ellas colocadas cuidadosamente en vitrinas. Cuadrado comenta, resignado, que entonces no había conciencia de guardar lo que más adelante serían restos arqueológicos: “Un arma en aquel entonces no tenía ningún valor, pero todo tiene una explicación”.

Pistola de Quico Sabaté

Con un disco francés sonando de fondo en uno de los tocadiscos, pendiente de arreglar, Cuadrado nos detalla la historia de la muerte del comandante Casademunt mientras nos muestra la bala que lo atravesó: “Al acabar la guerra, en 1954, el comandante pasó un control y un soldado le disparó con una Sidecar alemana. La bala entró por el maletero y rebotó en un hierro. Al día siguiente, la encontré bajo el asiento”. Un caso parecido fue el de la daga alemana que su abuelo rescató de entre los asientos de un coche que fue quemado en la plaza . “La daga estaba dentro de uno de los coches que marcharon desde Coll d’Ares hacia Francia, porque cuando marchaba, la gente se llevaba todo lo de valor”, explica.

Fotografía de Harald Derp

Pero no todo son armas en este museo que el dueño abre y cierra cuando puede, según se puede leer en el rótulo de la entrada. Además de material bélico de la Guerra Civil y la posguerra, Cuadrado aún conserva artefactos más antiguos, como balas de cañón del siglo XVII o un coche Studebaker, modelo presidente, de 1926. También conserva numerosas fotografías. Entre todas ellas, una preserva un dato curioso, y Cuadrado nos revela, con mirada cómplice, que se trata del jefe de inteligencia de la legión Cóndor, Harald Derp, cuya última residencia fue, precisamente, el Valle de Camprodón.

“Si se clasificara en un álbum toda la información de cada familia de Camprodón, tendríamos la historia de todo un pueblo”

Alejandro Cuadrado

Para Cuadrado, lo más importante es la cultura. Piensa que igual que hay cementerios para guardar los restos de los difuntos, los ayuntamientos deberían disponer edificios para salvaguardar las reliquias de las casas, como las cartas, los documentos o las fotografías. “Todo eso es la historia de una familia”, explica. De esta manera, prosigue, “si se clasificara en un álbum toda la información de cada familia de Camprodón, tendríamos la historia de todo un pueblo“.

Entre anécdotas, Cuadrado nos guía por los entresijos de su museo, que ahora, admite algo avergonzado, está un poco dejado. Y es que Cuadrado es famoso en el valle, además, porque en 2015 le imputaron un depósito de explosivos y armas de guerra, todas ellas inutilizadas, lo que le costó 22 meses de prisión, aunque al no tener antecedentes, no fue encarcelado. Sin embargo, su condena fue cerrar el museo al público. Entre otras cosas, guarda carteles de Franco, recuperados del día de la victoria en 1939, y no se quiere arriesgar a que le acusen de hacer apología al fascismo. “La historia es historia y no podemos cambiarla”, reflexiona.

Cuadrado piensa que España tiene un complejo de inferioridad. Lo ejemplifica así: “Aquí he visto muchas casas de granjeros preciosas destrozadas porque las querían modernizar, y echaban a perder las vigas y el parqué de roble auténtico” y culmina agregando que “no se ha tenido respeto por lo antiguo” .

Tras dedicar gran parte de su vida a almacenar piezas que constituyen en gran medida la historia de un país, Cuadrado sostiene que los museos han de ser gratis. “Si la cultura se ha de pagar sólo podrán acceder aquellos que ya son cultos, y los incultos nunca podrán serlo“, sentencia.

Luz en polvo

Prosa

Esa noche, vi una luciérnaga en el alféizar de mi ventana. Su luz titilaba con decisión. Más tarde descubriría que las luciérnagas emiten luz para deleitar a su pareja con un espectáculo de destellos e incandescencia, pero esa luciérnaga estaba sola al otro lado del cristal. Me quedé observándola embelesada durante un largo rato. Tal vez todo sería más sencillo si fuéramos luciérnagas, pensé. Nos sabríamos vivos y centelleantes y hacer el amor se asemejaría a lanzar fuegos artificiales. 

Aún no te conocía y ya podía oírte riendo mi ocurrencia. Era una risa incontenible, como las olas que arrollan todo a su paso. Entonces aún no sabía lo dulce que podía ser el mar. 

Al nacer el día, el sol invadió generosamente cada rincón, atravesando cristal y cortinas, y la luz se reflejó en el polvo formando partículas brillantes que flotaban sobre los cajones y rebotaban en las paredes blancas. Era como luz en polvo, como diminutas estrellas vibrantes. Debí haber sabido que era una señal, porque no existió duda alguna cuando me dije, como si se tratara de cosa obvia, que si atrapaba todos los fotones en un tarro y los rociaba sobre mi cabeza echaría a volar como Campanilla. 

Imagínate: un restaurante bonito, un vestido acorde a la ocasión, la sonrisa cordial al disculparme un momento para ir al lavabo a espolvorearme las mejillas. Y finalizar la noche escabulléndome irreverente por la ventana, con la cola del vestido ondeando en la noche y las estrellas aplaudiendo mi huida triunfal. Tú te quedarías allí unos minutos —siempre has sido un caballero—, mirando el punto exacto en el que había desaparecido. Casi puedo palpar tu sonrisa ladeada al percatarte de la travesura. Saldrías por la puerta principal tras asentirle al maitre a modo de despedida y te adentrarías en el laberinto de calles con determinación, sin cuestionarte si podrías encontrarme. Me escondería, por supuesto, e intentaría alargar el juego un poco más, pero me sorprenderías en una esquina y yo me dejaría atrapar. 

—He ganado— dirías. Reclamarías tu recompensa, consciente de la calidez que me inunda cada vez que me encuentras. 

Yo venía de un invierno helado y el verano casi me pilló con la bufanda puesta. Prueba de eso es que solía pensar que el cristal de mi habitación era demasiado delgado. El frío se me colaba en los huesos y no se me ocurría almacenar fotones al amanecer. 

Los fotones son las partículas elementales que componen la luz. Nunca me ha interesado especialmente la física, pero una vez leí que los fotones son portadores de todas las formas de radiación electromagnética, como los microondas y las ondas de radio. De repente me entraron unas ganas tremendas de meter la radio en el microondas, a la espera de que salieran rayos y centellas en una explosión de luz. Tal vez hubieran nacido estrellas en el techo de la cocina si mi sentido común no hubiera pesado más que mi anhelo de caos y disparate. Pero aquel invierno enterró bajo la nieve las estrellas y el resplandor. La escarcha me cubrió las pestañas y la luz se apagó. 

Dicen que la luz se desplaza siempre en línea recta, a una velocidad definida y constante. Como tú, que caminas siempre hacia adelante, como si hubiera farolas iluminadas a lo largo del camino. Contigo, llegó el deshielo. Lo supe en cuanto advertí la manera en la que se reflejaba el sol en tus mejillas. Me hacía visualizar mis manos envolviendo cada partícula de luz. 

A veces pienso en aquella luciérnaga. El grosor del cristal de mi ventana sigue siendo el mismo, pero esas partículas brillantes se han quedado a vivir en las estanterías. Hay luz en polvo por todas partes, y cada mañana oigo tu risa cálida al abrir la ventana y echar a volar. 

Ritual

Prosa

Los trayectos en tren tienen algo especial.

O tal vez no. Tal vez sea mi mente, desesperada por encontrar algún resquicio de magia que convierta algo tan mundano como el transporte público en algo menos público y más individual. Voy a insistir un poco más en esto. En mis dos décadas de existencia ordinaria me he descubierto más extraordinaria cuanto menos lejos de mí estoy. Así que me siento al lado de la ventana con alguna canción nostálgica que haga latir un poco las ruinas del paisaje, rodeada de caras desconocidas y raras, y dejo que las pisadas que se arremolinan a mi alrededor se lleven el ruido a cada estación. En algún punto del trayecto, el murmullo desaparece y yo me encuentro, despejada entre la marabunta.

Qué ironía buscar —y encontrar, siempre— la soledad en los lugares más concurridos. Lo cierto es que me las doy de solitaria pero siempre he buscado el calor de la compañía para reencontrarme. Aunque sean borrones desconocidos, es reconfortante. Como el recuerdo del calor de una chimenea —digo el recuerdo porque lo que pasa por mi cabeza en esos momentos siempre es humo—. Es reconfortante como el recuerdo de tus manos buscando las mías para entrelazarlas y hacerles un hueco en el bolsillo de tu chaqueta. No tiene mucho sentido, pero solo por eso no pienso ponerme guantes en invierno. Miento. Lo cierto es que tiene todo el sentido del mundo. El mismo que tiene que haya empezado escribiendo sobre trenes y haya acabado hablándote a ti. O a mí. Cada vez los límites son más difusos.

Tal vez porque tus manos no se desvanecen en volutas de humo.

Tal vez porque siempre estás en el asiento de al lado, aunque no estés.