Sobre Pasternak, Salinger, pantorrillas y la fórmula milagrosa para llegar a la Luna

Recomendación literaria

Cuando nos estábamos conociendo, le pregunté a Quim cuáles eran sus libros preferidos. Él me citó dos: Doctor Jivago y El guardián entre el centeno. Por aquel entonces —y lo digo así porque parece que ha pasado una eternidad, aunque apenas hace un año—, yo sabía lo mismo de Boris Pasternak y de J. D. Salinger que de patologías de pie y tobillo. Hoy he visto un folleto universitario bastante perturbador que anunciaba un máster con ese título. Andaba distraída y he pensado en lo desconsiderado —y desconcertante— que era dejar fuera a las pantorrillas. Entonces, me he propuesto usar más la palabra pantorrilla, porque es tan fea que da pena no usarla. 

Pero la cuestión que nos atañe hoy es que el bueno de Boris y el no tan bueno de Jerome eran para mí perfectos desconocidos. Igual que lo será mi pantorrilla para los alumnos del grado de patología, pero ellos se lo pierden. Yo, por descontado, decidí no perdérmelo. 

En realidad, —no quiero mentirles tan solo empezar—, fue más bien mi ego haciendo acto de presencia: “Oh, claro, si me prestas Doctor Jivago (que se mantenía en el número uno en la lista de favoritos de Quim), me lo leo en dos días. En serio. Devoro libros como ostras“. Tal vez no dijera lo de las ostras, pero debería haberlo hecho. Un señor me dijo hace poco que tenía una conocida francesa que solo se alimentaba de ostras y champagne. 

A todo esto, he de decir que cuando dejo que mi ego salga a pasear, es como una hiena, y mi humildad, un trozo de carne muy rojo. 

Ingenua de mí, me encontré con ese tocho de densa literatura rusa. Pasé las primeras quince páginas tomándomelo con filosofía, aunque ya apuntaba maneras. Me recordé mi larga lista de lecturas y mis noches sin dormir, repitiéndome que era imposible que se me resistiera. Además, había presumido de que podría leerlo en pocos días. La derrota no era una opción. Y digo derrota porque conforme iba pasando las páginas eso pasaba de conversación caldeada a discusión a gritos, para convertirse en una muchedumbre furiosa que se arma con martillos. Martillos que me taladraban la cabeza. A las 50 páginas, ya era una guerra campal. A ratos, caía en una especie de ensoñación transitoria y casi saboreaba cómo sería dejarlo en la estantería y coger otro libro. Entonces, recordaba a Quim diciéndome que era una gran historia de amor y cuánto le gustaba el nombre de Lara, y mirándome con una sonrisa resabiada de “te has pasado de chula, cariño”. Tenía razón. He de decir que el amor mueve montañas, pero aquello fue una batalla perdida desde el principio. Lo devolví a su dueño en Navidad (gracias, Félix, si me lees, por no reírte demasiado). Por eso, después ni pensé en coger El guardián entre el centeno. Una, vale, dos ya… 

Hasta ahora. Fue casualidad que hace poco dieran en televisión El rebelde entre el centeno, un biopic de Salinger, desde su juventud hasta la publicación de su famosa novela. Me paré a verla porque en un principio pensé que era una alusión muy cutre a la aclamada obra, y a mí lo horrendo me atrae como a una polilla la luz. 

Erraba, claro. Yo no sé mucho de cine. Mi compañero, que es modesto pero bastante más ducho en estos temas, parecía algo aburrido. Habíamos visto el día anterior Gattaca, que tenía un reparto impresionante (eso dijo él). La película de Salinger trataba de un joven que quería ser escritor, a pesar de tener las probabilidades en contra —esto si obviamos sus resbalones emocionales y el trauma de la guerra, que daría para otra película— y, como no podía ser de otra manera, el personaje me atrapó desde el primer momento. Imagino que a veces los sueños en común unen más que las interpretaciones estelares. Vimos la película. A ratos, me entraban ganas de ponerme a coger a notas, como si me estuvieran explicando la fórmula milagrosa para llegar a la Luna en un abrir y cerrar de ojos sin tener que subir a ese trasto que da vueltas. Tampoco querría ser astronauta. El otro día vi una fotografía de una lechuga espacial en la BBC y tenía muy mala pinta. 

A lo que iba. Basada en la biografía de Kenneth Slawenski “J. D. Salinger: una vida oculta“, la película de Strong se acerca al misterio de una personalidad inabarcable, del escritor que acabaría aislándose y convirtiéndose en un fantasma social. Interesante, ¿no?

Hubo una parte que me hizo pensar especialmente. Cuando en la película el joven Salinger acude a las primeras clases de la Escuela de Escritura de Nueva York, después de superar las reticencias de su padre, el profesor le pregunta lo siguiente: ¿escribirías toda la vida aún a sabiendas de que cabe la posibilidad de que nunca te publiquen? Y sí, señores, lo hizo. Pasó la segunda mitad de su vida escribiendo en un búnquer, y esas páginas no salieron de allí. Admito que me asombró y me hizo cuestionarme mis motivaciones para escribir, que no el escribir. Supe que escribiría de todas formas, pero no sabría hasta qué punto me afectaría el sentirme fracasada en mi intento de decirle algo al mundo. Tal vez un escritor de verdad no necesita que le oigan.

Dejando de lado mi dilema existencial, decidí leer el libro de Salinger. Últimamente me obsesiona saber qué hace del genio un genio, qué hace que una obra trascienda y se convierta en un clásico de la literatura, qué ingredientes ha de tener para llegar a ese culmen… Después de una búsqueda de lo más frustrante, he acabado pensando que se trata simple y llanamente de que esas voces eran tan particulares e inconfundibles que tenían que ser universales.

Aún no he acabado El guardián entre el centeno, pero las páginas pasan volando, casi con ansia. Lejos queda Doctor Jivago. Lo siento, Boris, en otra ocasión será. Estoy segura. Tenéis que saber que no pienso hablaros más de Salinger ni de su obra. Todo lo que pueda decir será irrelevante, y suficientes tonterías he dicho ya. Solo os queda leerlo, si aún no está en vuestra estantería. 

Gracias, Quim Félix, por descubrirme obras maravillosas, aunque aún no sepa apreciarlas.

Blanca L. Fiñaga

Bohemia de Lua

Capital erótico. El poder de fascinar a los demás

Recomendación literaria

Título: Capital erótico: El poder de fascinar a los demás

Autor: Catherine Hakim. Doctora en Sociología y profesora en la London School of Economics. Como experta internacional en empleo femenino y políticas sociales y familiares, colabora con frecuencia en distintos medios de comunicación. Ha publicado más de cien artículos académicos y varios manuales.

Editorial: Debate

Año de publicación: 2012

Número de páginas: 360

Hay libros que despiertan ternura en las almas más rocosas, los hay que nos roban sonrisas e incluso alguna carcajada. Luego hay otros que nos hacen temblar de terror y nos obligan a encender la luz para asegurarnos de que ese abrigo que cuelgas detrás de la puerta no se ha convertido de repente en un espantapájaros asesino. También los hay que revelan esa faceta sensible que provoca que se nos hinchen los ojos como presas a punto de reventar, que nuestra piel tome un color rojizo y que nos sorbamos los mocos de una manera ciertamente poco atractiva.

Pero luego hay libros realmente mágicos que te redescubren una porción del mundo, como si antes lo hubieras estado observando a través de un cristal fragmentado y ahora vieras un reflejo más fiel a la realidad. Nos hacen sentir como si estuviéramos en poder de un recipiente de sabiduría y conocimiento ancestral. Es el caso de Capital erótico. Cuando lo leí despertó en mí un ansia irrefrenable de saber más. Es lo que sucede con los libros controvertidos. Si os interesa ahondar en una temática que suelen rehuir muchas facciones feministas, este es vuestro libro.

La guerra de sexos se libra parcialmente en terreno sexual y también, por lo tanto, en el capital erótico —que aúna belleza, elegancia física, estilo al vestir, gracia y encanto—, y el valor que le asignan ellos y ellas. Ni los hombres patriarcales ni las feministas se cansan de presentar, cuestionar y debatir reglas para regular la explotación de dicho capital, sin llegar nunca a conclusiones claras y abundando las tergiversaciones y los discursos ilógicos, ya que, como apunta Catherine Hakim, “no existe un equilibrio entre los intereses masculino y femenino en cuestiones de capital erótico y sexualidad”

La autora brinda una perspectiva que arroja luz sobre todos los aspectos de las relaciones. El punto de partida es que el capital erótico, mayor en las mujeres, supone una ventaja para el colectivo femenino que, reforzada por el déficit sexual masculino, de ser explotada, facilitaría el éxito de la mujer tanto en la esfera privada como en la pública. 

Es innegable que la belleza y el atractivo predisponen positivamente, y este capital erótico es, según Hakim, junto con el capital económico, el capital cultural y el capital social, un cuarto activo personal que debería valorarse. El atractivo sexual, especialmente la belleza femenina, es una creación, un arte que es posible aprender y que aporta muchos beneficios. Sin embargo, aunque el atractivo sexual y la belleza son ventajosos, no son esenciales cuando se dispone de carisma, y es que este se alimenta de la personalidad, la habilidad social, la vitalidad y la imagen pública, elementos del capital erótico. El atractivo es, por lo tanto, una baza suplementaria.

La autora afirma que el sexo puramente hedonista es practicado por muy pocas mujeres, mientras que sigue figurando entre las preferencias de una parte considerable de la población masculina y, al contrario de las proclamas feministas, no tiene tanto que ver con una imposición social del patriarcado como con un mercado heterosexual dominado por niveles desiguales de deseo. De hecho, una de las causas de la demanda masculina permanente de ocio erótico es que las mujeres tienen una libido más baja que los hombres. Para el sector femenino, generalmente, el sexo no reviste tanta importancia. 

Hakim sostiene que tanto científicos sociales como teóricos e intelectuales han ignorado dicho capital a lo largo de la historia porque, en resumidas cuentas, la mayoría de ellos eran hombres, por lo que les conviene menospreciar e ignorar un capital que está principalmente en manos femeninas. Esto demuestra que el sesgo patriarcal de las ciencias sociales es una prolongación de la hegemonía masculina en el conjunto de la sociedad. Al final, el arma más potente y eficaz a la que han recurrido los hombres para limitar el uso femenino del capital erótico es la estigmatización de las mujeres que venden servicios sexuales. 

Lo cierto es, contradice Hakim, que la monogamia y la exclusividad sexual no tienen nada de naturales, pues imponen la democracia sexual. Gran parte de la cultura, de los valores y de las costumbres sociales giran en torno al objetivo de garantizar el acceso sexual de los hombres a las mujeres en términos favorables a ellos. La pornografia, por lo general, está hecha por y para los hombres, y representa un mundo utópico en el que las mujeres disfrutan tanto el sexo como ellos, y son, además de predispuestas, jóvenes, sexys y atractivas. 

De esta manera, la ventaja negociadora de las mujeres ha sido suprimida por el colectivo masculino, al etiquetar el bajo deseo sexual femenino como una disfunción sexual y un problema médico. Así, el problema pasa de los hombres a las mujeres. El gremio de terapeutas sexuales, aunque formado también por mujeres, somete al colectivo femenino a una nueva presión para que se adecue a las preferencias masculinas. El resultado: las mujeres convertidas en chivos expiatorios del déficit sexual masculino. 

Hakim sostiene que el fracaso de la teoría feminista radica en que se ha mostrado incapaz de desligarse de la perspectiva patriarcal, estableciendo una dicotomía falsa que se extiende a los valores capitalistas meritocráticos del mundo occidental: o se valora a las mujeres por su capital humano o por su capital erótico. El máximo error del movimiento ha sido, en cierto modo, decir a las mujeres que carecen de poder y que son víctimas, inevitablemente y a perpetuidad, de la dominación masculina, lo cual no tarda en convertirse en una profecía autocumplida que incita a las mujeres jóvenes a creer que la partida está cantada y que no hay posibilidad de ganarla. La autora, por su parte, alienta a las mujeres a entender que la sexualidad y el capital erótico pueden ser fuentes de poder femenino.

Parece probable que alguna parte de esa brecha salarial entre hombres y mujeres que aún no ha sido explicada se deba a no saber recompensar el capital erótico de las mujeres en el mismo grado que el de los hombres. Lejos de ilegalizar cualquier reconocimiento y compensación  del atractivo, Hakim incide en que lo injusto es la falta de compensación equivalente para las mujeres. Consecuencia lógica de esto sería la despenalización y desestigmatización del comercio sexual y de todos los tipos de ocio erótico. 

En suma, la autora dice que ya va siendo hora de prescindir de la moralidad patriarcal y puritana que hay bajo esas leyes y políticas sexuales que siempre parecen inhibir las actividades femeninas, a la vez que dan libertad a los hombres para maximizar sus beneficios y fomentar sus intereses. Las mujeres tienen que aprender a pedir mejores condiciones, tanto en la vida pública como en la privada. Reconocer el capital social y económico del capital erótico puede desempeñar un gran papel en estas renegociaciones. 

Con una prosa ágil libre de redundancias, Hakim teje un discurso innovador y de poderosa argumentación que no dejará indiferente al lector.

5/5