Cultura rusa, cultura culpable y proscrita

Para el ministro de Cultura ucraniano, Oleksandre Tkatchenko, el mundo cultural ruso está estrechamente vinculado al ejército que siembra muerte y devastación en Ucrania. En esta, como en tantas otras guerras, la cultura es víctima y a la vez cómplice de su nación madre. En este caso, con el añadido de que la batalla cultural se da entre hijos de la misma progenitora; al menos, antes de que Ucrania cogiera sus cosas, dejara la casa y se construyera un hogar propio, probablemente, ni en lo remoto lo suficientemente lejos del antaño seno familiar.

El Kremlin sigue refiriéndose a los ucranianos como “pequeños rusos”, pero el hermano pequeño ha crecido, se ha independizado y quiere cortar todo lazo con el mayor. Ahora, Tkatchenko, que ya vino apuntando maneras cuando propuso elaborar ‘listas negras’ de autores rusos, podría decirlo más alto pero no más claro: “Lo primero es prohibir que los representantes rusos de los medios y la cultura viajen por el mundo libre». 

Tkatchenko es muy crítico con la presencia de medios rusos en el resto de espacios internacionales: «La comunidad mundial debería distanciarse de la cultura rusa para no caer bajo la influencia de los mensajes de propaganda». A su entender, las narrativas de Moscú son “bastante primitivas” y “repetitivas”, que no por ello inofensivas. “Con una amplia financiación da sus frutos, y el mundo libre sigue invirtiendo en la radiodifusión en ruso», protestaba.

Un editor de la agencia de prensa estatal Ria Novosti pidió en abril «desucranizar» a Ucrania, en línea con las declaraciones de Putin, que niega a los ucranianos su identidad e incluso su existencia como nación. Las separaciones nunca fueron agradables. 

Kevin M.F. Platt, profesor del Departamento de Estudios Rusos y de Europa del Este de la Universidad de Pensilvania y editor del libro Culturas Rusas Globales, publicaba en The New York Times “Los artistas rusos no son el problema”. Platt señala la ironía de que “aquellos que reaccionan a la guerra vetando artistas y obras de forma agresiva o indiscriminada porque son rusos están reflejando el mismo pensamiento nacionalista que impulsa la invasión”.

Platt defiende que la idea del mundo ruso es una falacia, una etiqueta política promovida por el Kremlin que se apropia de todo lo ruso incluso más allá de sus fronteras. Podría describirse a Boris Khersonsky, poeta judío de Odesa que escribe en ruso, como un poeta que “pertenece a la cultura ucraniana”, pero su poesía forma parte de la cultura rusa distintiva.

He aquí el quid de la cuestión: ¿Dónde empiezan y dónde terminan ambas culturas?