Sobre imprentas y personas

Ángel tiene una imprenta en la Calle Navarra de Barcelona. Acontrafibra no tiene rótulo, así que le he de pedir que salga a buscarme porque no soy capaz de encontrarla. El hombre, de barba blanca, viste una boina gris como las de antes y un delantal negro sobre una camisa granate. Enseguida me cae bien. Las boinas me inspiran confianza.

Entrar en el local es como dar un salto en el tiempo. Máquinas centenarias que compró a peso —porque, dice, «ya no tienen ningún otro valor»—, plomo y mil tipografías diferentes.

Voy en busca de un titular. Estoy escribiendo un artículo sobre como ha afectado el encarecimiento del papel y el cartón a las pequeñas imprentas de Barcelona. Quiero porcentajes, números que reafirmen mi tesis. No puede ofrecerme gran cosa, porque el suyo es un caso particular. Me cuenta que las pequeñas imprentas no han notado la subida del precio del papel tanto como las que hacen grandes tiradas. Las editoriales son las más perjudicadas por la coyuntura. Una editorial con la que colabora Ángel ha tenido que imprimir en Croacia. El digital permite eso. «Ahora —incide—, en lugar de tardar dos semanas como sería si lo imprimieran aquí, tardan un mes». «Es un buen dato», pienso.

Lo cierto es que no tengo mucho tiempo. Mi jefa me va a pedir el artículo a fin de semana, y no me conviene, por muy frívolo que suene, perder el tiempo de charla. Pero la verdad es que eso se me olvida rápido. Porque Ángel me ha enamorado.

En una entrevista, sabes a qué vas. El objetivo último es sacar información, no expandir tu círculo de amistades. Generalmente, buscas alguna declaración y un buen titular. No suele haber intercambio de impresiones en profundidad. Vas, preguntas y te marchas con paso apremiante porque el tiempo se te viene encima y tienes un plazo que cumplir. El periodismo suele pone a prueba mi capacidad de rehacer el horario que, ingenua de mí, tenía previsto seguir a rajatabla durante la semana.

Pero Ángel responde y también escucha. Sé que le interesa lo que le cuento cuando pregunta más. Hago un amago de despido un par de veces, pero seguimos dándole a la lengua. Yo, porque hacía tiempo que no me sentía tan a gusto en una entrevista. Como la Blanca persona, no la Blanca periodista, que son indivisibles, menos cuando ha de dejar de escribir en primera persona. Entonces, Blanca solo existe a medias, tras el telón.

Tal vez sea puro narcisismo pero nunca me ha gustado que el periodista sea un ente invisible tras la noticia. La mano «neutral» que escribe y que le tiene un pavor absurdo al «yo». Me recuerda a eso de ‘si no miras, no está’.

Por eso me quedo unos minutos más.

Ángel no vive de la imprenta. «A duras penas cubro los costes», comenta. Para él es más un hobby, una manera de conservar el oficio y no perder la ilusión. Justo antes de la pandemia, se quedó en el paro, hasta que consiguió un trabajo en un departamento de comunicación. También da clases de tipografía en la UOC.

Estudió Artes gráficas y comunicación audiovisual, pero lo que de verdad le gusta es juntar letras. Letras que son de plomo y que ahora son pequeñas reliquias que almacena en su local.

Ángel me explica que muchas imprentas han cerrado durante la pandemia. «Hoy en día tener una imprenta es una ruina» —admite—. «He intentado vivir de esto pero no he podido». Tampoco se lamenta. «Voy tirando», sonríe.

Antes de marcharme, esta vez de verdad, Ángel me recomienda un libro.:»El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital», de la filósofa Remedios Zafra. Se siente identificado en las vivencias de la autora. Yo me siento identificada con su amor por una profesión que ya no es lo que era.

A/A: Nueva York

Querida, aquí estamos otra vez. Esta vez, tú lejos, en tu gris invernal, y yo en la calidez del hogar. Siento decirte que no te echaré de menos, aunque algo me dice que volveremos a vernos. Esto siempre funciona igual.

Has sido una amiga difícil. Me he redescubierto sola y valiente entre tus edificios de luz y sombras. Allí te dejo mi fantasma, la que fui y la que no volveré a ser jamás. Sabes que lo digo sin rastro de tristeza. Cada día soy más pragmática.

He perdido cosas que en realidad no tenía y he ganado un imperio que lleva conmigo toda la vida. Se mire por donde se mire, y mi vena competitiva fijo que se congracia conmigo, he salido ganando.

Cómo es la vida de zorra que te busca vulnerable —y te encuentra, siempre— para mostrarte —o pegarte una paliza emocional, según como se mire— que nunca más serás la que fuiste, y mientras examinas tu ingenuidad medio muerta en algún banco de Central Park, te das cuenta de que no la echarás en falta. Total, solo te ha traído problemas, y de los malos, porque ambas sabemos que hay complicaciones a las que hay que sucumbir.

Y ahora que eres libre, y no te importa abandonar a esa tonta moribunda, sabes que no mirarás atrás ni para coger impulso.

No tuviste piedad y yo tampoco voy a tenerla contigo. Así funciona nuestra amistad, ¿verdad? Siempre te daré las gracias por ello.

Me despido de ti, ahora sí, que ya toca, querida. No quiero pasarme de nostálgica. Lo vivido permanecerá conmigo.

Siempre tuya,

Blanca

Ritual

Los trayectos en tren tienen algo especial.

O tal vez no. Tal vez sea mi mente, desesperada por encontrar algún resquicio de magia que convierta algo tan mundano como el transporte público en algo menos público y más individual. Voy a insistir un poco más en esto. En mis dos décadas de existencia ordinaria me he descubierto más extraordinaria cuanto menos lejos de mí estoy. Así que me siento al lado de la ventana con alguna canción nostálgica que haga latir un poco las ruinas del paisaje, rodeada de caras desconocidas y raras, y dejo que las pisadas que se arremolinan a mi alrededor se lleven el ruido a cada estación. En algún punto del trayecto, el murmullo desaparece y yo me encuentro, despejada entre la marabunta.

Qué ironía buscar —y encontrar, siempre— la soledad en los lugares más concurridos. Lo cierto es que me las doy de solitaria pero siempre he buscado el calor de la compañía para reencontrarme. Aunque sean borrones desconocidos, es reconfortante. Como el recuerdo del calor de una chimenea —digo el recuerdo porque lo que pasa por mi cabeza en esos momentos siempre es humo—. Es reconfortante como el recuerdo de tus manos buscando las mías para entrelazarlas y hacerles un hueco en el bolsillo de tu chaqueta. No tiene mucho sentido, pero solo por eso no pienso ponerme guantes en invierno. Miento. Lo cierto es que tiene todo el sentido del mundo. El mismo que tiene que haya empezado escribiendo sobre trenes y haya acabado hablándote a ti. O a mí. Cada vez los límites son más difusos.

Tal vez porque tus manos no se desvanecen en volutas de humo.

Tal vez porque siempre estás en el asiento de al lado, aunque no estés.